5 de marzo del 2018. Escribo desde Tres Ríos, la ciudad donde vivo en Costa Rica. Un país que hasta hace algunos meses, parecía ser la más sólida democracia del continente. Decían que esta era la sociedad que más valoraba los derechos humanos y la coexistencia pacífica (relativamente).

Yo no estaba convencida de esa lectura demasiado optimista sobre Costa Rica, pero, aun así, consideraba que la fibra moderada seguía siendo mayoritaria y que, en épocas de extremismos desatados por todo el orbe, esa característica podía ser valiosa.

Las particularidades de la historia costarricense han hecho que se le considere un país excepcional, en comparación con el resto de América Latina. En una región marcada por guerras, dictaduras, golpes de Estado y altos niveles de pobreza extrema, en Costa Rica –por varias razones que no voy a comentar acá- el trayecto social, económico, cultural y político ha sido menos dramático y violento.

Algunos comentaristas, en lugar de hacer el juego al estereotipo blanqueado y al aire tonto de superioridad que rodea la conocida frase “Costa Rica es la suiza centroamericana”, han optado por decir que acá no pasa nada desde el Big Bang. No es cierto, claro está. Pero hay que aceptar que suceden cosas mucho más intensas e interesantes en los demás países de Latinoamérica.

Pues bien, a quienes se quejaban del sopor y el aburrimiento que parecía caracterizar a este diminuto país, el 2018 les demostró que siempre se puede estar peor (lo que daría yo por seguir en el estado de situación que teníamos hace una década).

Supongo que ya Uds. saben de qué estoy hablando. El mundo recién acaba de descubrir que existe Costa Rica porque se han publicado reportajes en The Economist, The New York Times, El País, entre otros grandes medios de comunicación y representantes de importantísimas organizaciones internacionales de derechos humanos, como Human Rights Watch, han publicado sendos comentarios sobre lo que acontece en mi país.

Lo que pasa, para ser honesta, no debería sorprender a nadie que tenga el hábito de prestarle atención al entorno. La noticia pareciera ser, más bien, que pocas personas tienen ese hábito. Pues bien, la noticia es que, contrario a lo que muchos creían hasta hace algunos meses, Costa Rica no es el país más feliz del mundo. En lo que sí va ganando Costa Rica es en ingenuidad política y en indiferencia social. ¿De qué otra forma podríamos explicar que el fanatismo religioso-político haya avanzado tanto, y tan velozmente, sin mayor obstáculo, hasta dar un golpe de gracia a la estructura democrática?

La desigualdad ha aumentado en el país y como resultado de las políticas complacientes con el proyecto neoliberal, el Estado de Bienestar se ha debilitado de manera sostenida durante los últimos 20 años. El resultado ha sido el retroceso en prácticamente todos los aspectos vitales para las personas que vivimos aquí. La calidad de vida y la convivencia social han desmejorado notablemente. Pero algunos han ganado con toda esta desgracia. Un sector que ha capitalizado la pobreza y desventura de muchos es el los mercaderes e industriales de la fe. El neopentecostalismo se ha extendido como moho sobre un pan viejo en una tarde húmeda de verano tropical. Ahora en Costa Rica abundan esas “mega-iglesias” que parece estadios, donde se puede pagar el diezmo con tarjeta de crédito. Con esto lo digo todo, ¿no es cierto?

Y como la ambición de estos grupos no conoce límite (ellos dicen que la fe mueve montañas, pero más montañas mueve la sed de poder), pasaron de los emporios divinos a las trincheras políticas. Los partidos políticos que surgen de esta plataforma religiosa comenzaron a obtener su cuota de poder electoral desde finales del siglo XX, podríamos decir que marcan el carácter del cambio de siglo. Un cambio de siglo que parece un viaje hacia atrás en el tiempo, con algunas gotas de distopía macabra.

El crecimiento de estos partidos ha sido sostenido y constante. Les ha ido mucho mejor que a la izquierda, que da un paso adelante y dos atrás. Hoy no solo tienen ya una mayoría en la Asamblea Legislativa que iniciará funciones el 8 de mayo, sino que están a las puertas de ganar la Presidencia de la República.

Costa Rica, aunque constitucionalmente católico, fue de los primeros en América Latina en introducir los anticonceptivos en el sistema público de salud, en facilitar la salpingectomía, en aprobar una Ley sobre el VIH-SIDA que le asegura tratamiento a través del seguro social a cualquier persona portadora del virus o que haya ya desarrollado el síndrome de inmunodeficiencia. Fue de los primeros países en preservar legalmente la posibilidad de interrumpir un embarazo para resguardar la salud o la vida de la mujer gestante (aborto terapéutico), de los primeros países en legalizar que las parejas del mismo sexo contaran con la posibilidad de asegurarse mutuamente en el Seguro Social, de los primeros países en tener legislación para promover la igualdad real entre hombres y mujeres, y en penalizar la violencia machista.

Por supuesto que faltaba mucho camino por recorrer. Pero esas conquistas no eran poca cosa y hoy están en peligro. Lo que queda demostrado en esta coyuntura es que la mentalidad patriarcal no solo no se había debilitado, sino que, al contrario, estaba rearticulándose. Nada es tan efectivo en este momento para unir a hombres de diferentes clases sociales, credos religiosos o equipos de fútbol, como mencionar al Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU). En menos de un nanosegundo se unen en un grito al cielo, aún más dramático que cuando cantan un gol de la Selección Nacional. El odio misógino contra el INAMU nutre la hermandad masculinista tóxica de un modo irracional. No en vano, cerrar el INAMU y crear un Ministerio de la Familia ha sido una de las banderas del candidato ungido de dios, Fabricio Alvarado.

Su otra bandera, la que en enero les cayó del cielo (río por no llorar), fue la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la que se le ordena a Costa Rica garantizar a las parejas del mismo sexo los derechos al matrimonio sin discriminación alguna. Veamos: es imposible que esta opinión hubiese convertido al país en un oasis homofóbico que le sirviera de plataforma electoral al salmista y candidato a la Presidencia de la ¿República?, Fabricio Alvarado. Si Alvarado obtuvo rédito político con su discurso en contra de la opinión consultiva y en contra del Sistema Interamericano de Derechos Humanos (vaya ironía, una reacción similar tuvieron algunos gobernantes “progresistas” en Suramérica, hace algunos años), fue precisamente porque sabía que la homofobia y la misoginia aceitan las alianzas patriarcales. Ya él lo había comprobado con su discurso contra el INAMU, contra la educación sexual, la inexistente “ideología de género” y contra el aborto.

Hizo lo mismo con la opinión consultiva y le funcionó tan bien que les ganó a todos los demás partidos políticos que hicieron campaña con un lenguaje conservador “a favor de la familia y los valores”.

¿Y qué tiene que ver todo este cuento que les cuento, con el 8 de marzo? Pues que el 8 de marzo es el Día Internacional de las Mujeres y si con esta triste historia no queda claro por qué son mutuamente excluyentes la ideología patriarcal y la democracia, la libertad y la justicia, pues entonces yo ya no sé cómo explicarlo.