El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, remite a diferentes orígenes que tienen en común experiencias de organización y movilización colectiva de las mujeres alrededor de la defensa de derechos laborales, sociales y de su reconocimiento como sujetos políticos.

En esta vía, las organizaciones feministas de diferentes países realizan un llamado global para sumarse al Paro Internacional de Mujeres, el cual propone situar la mirada en el trabajo de cuidado, históricamente invisibilizado y realizado mayoritariamente por mujeres, así como denunciar y plantar un alto a las violencias machistas de índole estructural que operan de manera diferencial y agudizada sobre las mujeres.

A continuación, propongo comprender la actualidad de las condiciones de trabajo de las mujeres colombianas, situando las demandas que permiten vislumbrar la relevancia de una huelga de mujeres, la cual adquiere sentido más allá de la esfera laboral.

Los trabajos de las mujeres y la situación de las colombianas

La división sexual del trabajo en sociedades capitalistas condiciona la vinculación de las mujeres en al menos dos niveles: uno, su sobrerrepresentación en el trabajo de cuidado no remunerado; dos, la segmentación vertical (techos que impiden encontrar mujeres en altos cargos) y horizontal (feminización de ciertos sectores, especialmente de servicios).

En Colombia las brechas a nivel laboral en materia de género se mantienen. Según análisis realizados por la Escuela Nacional Sindical, para 2016 sólo el 48% de las mujeres se encontraban ocupadas, frente al 70% de los hombres. En materia de ingresos laborales, las mujeres recibían en promedio el 71% de los ingresos percibidos por los varones (854.328 pesos). En cuanto a los trabajos desempeñados por mujeres, la mayor parte se encontraba en los sectores de servicios, fundamentalmente los de educación y salud. En contraste, sólo el 2,7% de las mujeres vinculadas al mercado laboral ocupaban cargos directivos1.

Según la primera Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2012-2013, los trabajos de cuidado y trabajo doméstico no remunerado representan el 18,2% del PIB.  En relación con las mujeres que realizan estos trabajos, se concluye que sus horas de trabajo remunerado decaen al entrar a sus veinte años y no se recuperan luego2, afectando directamente sus ingresos. El trabajo de cuidado no remunerado ancla su invisibilización histórica a lo que han subrayado las investigadoras Pascale Molinier y Luz Gabriela Arango en el sentido de que “éste debe borrarse como trabajo, anticipar la demanda, disimular los esfuerzos realizados para obtener el resultado. En esto reside el ‘saber- hacer discreto’ que caracteriza al trabajo de cuidado, trabajo que solo se ve cuando falla”.3

Dicho trabajo invisibilizado hace parte de la cotidianidad de la mayoría de colombianas, especialmente las de sectores populares. En este sentido cobra importancia el reconocimiento social y político del mismo, en tanto el trabajo juega un papel relevante en la configuración de identidades como portador de sentido de dignidad, autoestima, entre otros.

Las demandas de reconocimiento del trabajo de cuidado no refieren exclusivamente a la remuneración del mismo, a pagarles a nuestras madres y abuelas, por quienes hemos logrado llegar a la universidad y tener el tiempo de sentarnos a reflexionar sobre estas cuestiones. Obedece principalmente a concebir mecanismos de organización corresponsable con la respectiva planeación institucional desde el Estado, en articulación con las familias, que permitan desfosilizar los roles tradicionales de género sobre los cuales estos trabajos -remunerados y no remunerados-, son realizados de manera mayoritaria por mujeres.

Otras articulaciones alrededor del paro

La convocatoria del paro se ha salido de lo laboral para abordar las violencias que operan de manera diferencial y agudizada sobre las mujeres, en conjunción con matrices de opresión como la etnia, la raza, la clase y la sexualidad. En relación al primer mes de 2018, cada 18 horas ocurrió un feminicidio en Colombia4. Si recordamos que la impunidad asciende a 96% en los casos de violencias basadas en género, es claro que hablamos de un sistema judicial que protege a los agresores.

Al respecto no hay que olvidar que las violencias machistas están en estrecha articulación con una estructura económica de dominación patriarcal que coloca en situación de vulnerabilidad a las mujeres de origen popular, lo cual disminuye sustancialmente sus capacidades de resistir ante las agresiones por causas como la dependencia económica, la precariedad laboral, las barreras de acceso al sistema educativo, entre otras.

Caminos posibles

En relación a la cita de movilización y de paro que ha sido convocada, quisiera remitir una reflexión en el sentido de no asignar todo el peso de la efectividad de la jornada hacia las que podamos asistir ese día a los puntos de encuentro que hay convocados en nuestra ciudad. Pensar en un 8 de marzo para sembrar transformación, significa construir procesos colectivos de reflexión y resistencia desde los lugares en los que a diario nos encontramos con otras mujeres. Allí donde nos impacta el sistema económico en coordinación con lógicas patriarcales de dominación, allí donde las mujeres han demostrado capacidad de organización y resistencia comunitaria ante las adversidades. En palabras de Silvia Federici: “Parar no significa únicamente interrumpir actividades laborales también puede ser comprometernos en actividades que tengan una dimensión transformadora, que nos saquen de nuestras tareas rutinarias y que en sí mismas pueden engendrar otras posibilidades”5.

Finalmente, parar también es comprender que el trabajo es una esfera como otras en la vida, no nos debemos dedicar únicamente a esa dimensión. Ponerle freno a la doble jornada o jornada circular de las mujeres pasa también por concebirnos desde otros espacios y relaciones: el ocio, la familia, la amistad.  Decirle al mundo que sin nosotras no se mueve, pues no produce ni se reproduce, es un llamado a visibilizar, denunciar y transformar, el cual nos debe permitir fortalecernos a nivel político. El paro y los procesos reivindicativos que emprendamos son escenarios de construcción colectiva, la historia nos ha demostrado que juntas y organizadas podemos hacer frente a las múltiples opresiones, dando espacio a la creación de otros mundos posibles en clave feminista.

  1. Informe de Trabajo Decente Colombia. 2007-2017. Escuela Nacional Sindical.
  2. Time use and Gender in Colombia. Urdinola y Tovar (2018). Disponible en: https://www.ntaccounts.org
  3. El cuidado como ética y como trabajo. En: El trabajo y la ética del cuidado. Molinier y Arango (2011).
  4. Tomado de: https://www.sismamujer.org/wp-content/uploads/2018/03/23-02-2018-Nota-de-alerta_-feminicidios_-Enero-de-2018-1.pdf
  5. In solidarity: March 8 – The call for a day without women’s work. Disponible en: http://autonomies.org/2018/02/in-solidarity-march-8-the-call-for-a-day-without-womens-work/