* Palabras al Margen

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De inmediato surge la tentación de comparar la reflexión de Gramsci con los contornos actuales sobre la guerra y la paz en Colombia, pero los demonios tentadores pueden ser conjurados, pues el conflicto armado colombiano no se ajusta ni a la destrucción de uno de los ejércitos, ni a su dispersión controlada. Por otro lado, el reciente desarrollo de la guerra tampoco parece ajustarse a la tesis del “empate militar”, que afirma que ninguno de los bandos en conflicto tiene la capacidad militar como para vencer a su adversario; tesis recurrente en los tiempos del gobierno Betancur, a propósito del primer intento de diálogos entre gobierno e insurgencia. 

Por lo anterior, las actuales negociaciones de paz entre las FARC-EP y el gobierno nacional, así como el eventual proceso con el ELN, muestran una situación particular. Hoy las fuerzas en conflicto no dialogan en medio del empate militar (como ocurrió en los ochenta o en los tiempos del Caguán) pues la insurgencia ha recibido fuertes golpes que la han debilitado. También parece improbable que las fuerzas militares puedan aniquilar completamente a la guerrilla, pues ésta aún tiene alta capacidad operativa e incluso muestra control territorial en varias zonas del país, como el Norte del Cauca, Arauca, Catatumbo o algunas zonas de Nariño y Caquetá, para citar algunos ejemplos.

¿Cómo entender entonces los contornos de la paz y la guerra ante los diálogos? A nuestro juicio, esa realidad permite tres concepciones sobre la paz.

La paz como reglas de juego para la acción política

Para la primera concepción el proceso de paz radica en discutir sobre las condiciones para que la insurgencia participe con garantías como expresión política desarmada. Así los diálogos se reducen a la posibilidad de generar un diseño institucional que permita una democratización de la vida política que incluya condiciones para la participación de los movimientos políticos surgidos de la negociación.

Aquí los demonios y sus tentaciones vuelven. Uno de los signos saludables de los actuales diálogos de paz radica en el retorno de la política, así que el segundo escenario planteado por Gramsci pareciera pertinente: hoy el proceso de paz podría fundar la posibilidad de la dispersión y el desarme de una insurgencia que tras la firma de un acuerdo de paz se vincularía a la actividad política civil y a la lucha democrática por el poder.

Pero nuestros demonios se vuelven a alejar. Valga al respecto una reflexión de Enzo Traverso a propósito del pensamiento político de entreguerras en Europa:

“[El concepto de guerra civil] apareció ya entre las dos guerras [mundiales] y fue tan usado que creo que es pertinente para captar algunos aspectos fundamentales de la violencia, política y cultura en los años entre 1914 y 1945. El concepto de guerra civil, en términos de teoría política y de derecho público, es de un enfrentamiento interno a una comunidad nacional que rompe el monopolio estatal de la violencia y que desemboca en un conflicto sin normas y reglas compartidas entre los contendientes… No es posible interpretar la guerra civil… con los conceptos de la acción comunicativa de Habermas o de democracia como norma de Bobbio y Kelsen. Porque es una época que no produce a Habermas, sino a Gramsci, Benjamin o Schmitt. Produce una cultura política derivada de intelectuales que piensan el conflicto, la guerra, la militarización de la política3.

Tal vez por eso parece que Gramsci no se ajusta tan bien al caso colombiano. Aunque vivamos en un estado de guerra permanente y recrudecimiento del conflicto, el régimen político tiende a pensarse en clave de democracia deliberativa. Así que en Colombia tenemos una actitud híbrida donde la adoración por las instituciones constitucionales, coexiste con el avance de la guerra. En suma, el formalismo jurídico de Kelsen convive sin problemas con la visión de la política como eliminación física del enemigo propugnada por su rival Schmitt. El proceso de paz de inicios de los noventa nos trajo una nueva constitución, pero ese proceso convivió con la eliminación masiva de integrantes de la UP, de la AD-M19, del movimiento sindical y el movimiento campesino.

La paz como consolidación de la inversión

Unos meses antes de la posesión de Juan Manuel Santos como presidente, la revista Newsweek afirmó que Colombia es la “nueva estrella del sur” gracias al crecimiento de la inversión extranjera, que se ha multiplicado por cinco pasando de 2.000 millones a 10.000 millones de dólares por año, y gracias a los avances en materia de seguridad y defensa4.

En atención a esta situación el gobierno nacional ha generado un diseño institucional para darle garantías a los grandes inversionistas. El teórico de este enfoque es Douglas North, quien afirma que las instituciones pueden comprenderse como reglas formales e informales que establecen límites a la interacción humana y establecen posibilidades de cooperación en pos de utilidades mutuas. Las instituciones formales, aquellas que son definidas por el Estado, permiten a los agentes económicos reducir la incertidumbre pues definen cuál es el grado de estabilidad con el que cuentan para hacer transacciones. La reducción de incertidumbre permite a su vez reducir los costos de transacción y por esa vía aumentar los niveles de ganancia.

La mejor exposición de esta tesis se encuentra en la página web del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, donde se afirma que la cooperación militar reflejada en el Plan Colombia pretende asistir a las fuerzas militares con equipamiento y entrenamiento militar, y con asistencia para avanzar en objetivos de desarrollo económico de largo plazo5. De eso se trata el Plan Nacional de Consolidación, de impulsar al tiempo la guerra y la inversión, promoviendo instituciones que reduzcan los costos de transacción.

En ese orden, la mejor garantía para la inversión sería la firma de un acuerdo de paz que diera confianza a los inversionistas y que incluso le entregara a algunos sectores de la insurgencia la participación en los grandes negocios extractivos que se desarrollarán en el país. No hay que olvidar que ex militantes del Congreso Nacional Africano hoy son accionistas de grandes empresas mineras surafricanas, o que el ex guerillero Francisco Galán afirmó en un entrevista que: “Este tipo de medidas económicas para el campo [las promovidas por el actual gobierno] serían el espacio propicio para que la guerrilla dijera ‘dejamos estas armas y nos incorporamos a este proceso de desarrollo del campo”4.

La paz como reflejo de la agenda social del movimiento popular

El tercer proyecto es el defendido por buena parte de las organizaciones populares que se movilizan buscando consolidar la unidad del movimiento popular por la paz, que vienen construyendo una agenda social de paz que refleja las reivindicaciones de los diversos sectores sociales, y que exigen la participación en los actuales diálogos de paz.

Este proyecto se diferencia del primero en que no busca postergar la participación política a una posible firma de acuerdos de paz, sino que busca una participación efectiva inmediata en el proceso. Además, considera que la solución al conflicto no puede discutirse a puerta cerrada, que debe contar con la participación autónoma del movimiento social, y que debe incluir transformaciones importantes en la vida social y económica del país para generar una paz duradera. Este es el proyecto defendido por el Congreso de los Pueblos, por la propuesta del Congreso para la paz, y por la Ruta Social Común para la Paz.

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Y los demonios regresan para quedarse, pues el punto clave de la reflexión de Gramsci es la posibilidad de entender la lucha política como un terreno donde no se separan la batalla de ideas, la comprensión de la vida económica y la organización político/jurídica del Estado, pues todos ellos son terrenos de lucha política que se imbrican mutuamente. También nos enseña que las grandes transformaciones no se decretan, sino que son el resultado de esfuerzos producidos en medio del antagonismo social. Valiosas lecciones para la lucha por la paz impulsada por un movimiento popular que busca una nueva sociedad con una verdadera paz, que vaya más allá del fin de la confrontación armada.

1 Ver el fragmento “Lucha política y guerra militar” incluido en Antonio Gramsci, “La política y el Estado moderno”, Barcelona, Planeta, 1985, p 129 a 137.
2 Gramsci, obra citada, p 129.
3 “Historia, memoria y política”, Entrevista a Enzo Traverso por Massimo Modonesi, en Revista El Viejo Topo n.o 245, junio de 2008, p 51 y ss.
4 “Colombia Becomes the New Star of the South”, disponible en: http://www.newsweek.com/2010/07/16/colombia-becomes-the-new-star-of-the-south.html
5 U.S. Southern Command’s role in supporting the execution of Plan Colombia and its corresponding programs and initiatives involved:

  • Helping equip and train the Colombian armed forces
  • Assisting with the development of long-term strategies
  • Sharing of technical and operational expertise

The facilitation of technology transfers.
Ver “U.S. Military Support to Colombia”, disponible en: http://www.southcom.mil/ourmissions/Pages/US-Military-Support-to-Colombia.aspx (consultada el 29 de noviembre de 2012).

6 “Este es el mejor momento para hacer la paz”. Revista Semana, 25 de febrero de 2012, disponible en: http://www.semana.com/wf_ImprimirArticulo.aspx?IdArt=172717.