Andrea Barrera

* Andrea Barrera

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias

Al escribir estas palabras pienso que desde hace más de un mes el estudiante de la Nacional, Mateo Gutiérrez, está en prisión. Es un pensamiento gris que se funde con el cielo lluvioso de la ciudad. Es, sobre todo, un pensamiento triste que se queda corto ante la realidad que Mateo está enfrentando y a la que ha respondido, imagino, de muchas maneras, entre las que se destaca una carta abierta que escribió desde la Modelo y que ha sido publicada hace un par de días. Es, además, un pensamiento que choca con los llamados a tener esperanza y a creer en la paz que se nos ha venido anunciando, sobre todo por los medios oficiales y los medios de comunicación, es decir, por las mismas vías, desde hace ya algún tiempo. La carta de Mateo expone con claridad las contradicciones constatables entre el discurso que nos anuncia ni siquiera días sin guerra, sino días de paz, siendo los dos, en todo caso, escenarios que resultan difíciles de imaginar y proyectar.

En su carta, el estudiante de sociología no hace una referencia explícita a esa pretendida paz que se anuncia con bombos y platillos y que, sin desconocer los avances en potencia (sobre todo en potencia) que podamos esperar en el contexto actual, podría recibir otro nombre más acorde con las realidades que vivimos en el país: pacificación no sería una mala opción. En todo caso, Mateo propone una discusión sobre la democracia en el país, una democracia que desde hace ya mucho tiempo diversos sectores de la sociedad reclaman, pues, como bien lo anota el estudiante de sociología, es (prácticamente) imposible vivir en Colombia y creerse el cuento trasnochado (y descarado) de que somos la democracia más vieja de América Latina. Me permito citar a Mateo Gutiérrez porque creo que plantea con claridad una de las aristas que compone la triste figura de esa máscara democrática que llena la boca y enorgullece a la clase dirigente del país:

Si Colombia quiere ostentar orgullosa el título de democracia debe solucionar una profunda contradicción […] Democracia traduce el gobierno del pueblo, y ahí radica el problema fundamental: en nuestro país el pueblo no gobierna. Con tan sólo salir a la calle y ver cualquier rostro común y corriente, queda claro que no están expresados los Santos, Lleras, Uribe o Pastrana el carácter, las costumbres, los modos y las vivencias de nuestra gente. Hay una desconexión entre el pueblo y sus ‘dirigentes’, de ahí esa idea extendida en el sentido común de que no importa quien gobierne ‘todo va a seguir igual’, esa nefasta idea de que la política ‘no sirve para nada’. El pueblo no ha encontrado su dirigencia, no ha podido hacerse aún dueño de la política, que no es otra cosa sino el problema del gobierno”.

Estas palabras no solo describen un fenómeno difícil de desconocer, sino que, por supuesto, son disonantes con esa idea que se han empeñado en vendernos, según la cual lo único que necesitamos como país es desarmar a las insurgencias para amanecer abrazad@s, tomando leche y comiendo miel que caerán del cielo (bueno, haciendo quizás un poquito de esfuerzo que debe, ante todo, ser contabilizado y de allí las afanosas cifras que tanto se invocan por estos días en los medios de comunicación sobre los costos del “postconflicto” (¡!)).

Mateo, una persona descrita por sus compañeros de estudios como participativo y crítico, encarna la figura de las voces que se rehúsan a aceptar sin más ni más el proyecto de país de la clase dirigente y que también encarnan los campesinos sin tierra, los sindicalistas, las gentes pobres del país que procuran su supervivencia por todos los medios posibles, los líderes y las lideresas populares, los jóvenes que participan de diversas iniciativas políticas y sociales. El suyo es (por fortuna) uno de tantos pensamientos que difieren en el país; como muchas otras que han terminado en la cárcel o en un ataúd, se trata de una postura y de una voz que no encaja (y de hecho resulta molesta) al coro unísono que lo único que anuncia (contra los hechos) y lo único que está dispuesto a escuchar es que nos esperan “días mejores llenos de paz”, en los que todos nos tenemos que sentir recogidos y regocijados, así los conflictos que han dado origen y han dinamizado la guerra que vivimos no hayan dejado de existir. Efectivamente Mateo no es el único. A él y a Stiven Buitrago, un taxista de 35 años, se los sindica de “terrorismo en Bogotá en los últimos 3 años”, según (des)informa un tuit presidencial del 24 de febrero1.

Sobre las capturas de estos dos hombres (a quienes les han atribuido los “alias” de Mateo (¡al mismo Mateo!) y “el Cojo”), que no han sido sentenciados y que no han aceptado los cargos que les imputan, los medios de comunicación con su habitual desparpajo han repetido los discursos del Ministro de Defensa, del director de la Policía, del Fiscal y de la Presidencia de la República. Han repetido irresponsablemente las acusaciones que las autoridades han venido haciendo, juzgándolos por fuera de los tribunales en una maniobra que nos recuerda tristes episodios del pasado en los que ante las cifras de inseguridad de la ciudad y de acciones que despiertan sentimientos de temor en los habitantes de la misma, se muestran supuestos resultados por medio de la captura de personas que luego quedan en libertad al no haber pruebas que den sustento a las acusaciones que se hacen en su contra pero que bastan para ocupar páginas de periódicos y notas en los noticieros.

Ante los atentados que ocurrieron en Bogotá con pocas semanas de distancia contra la Policía, uno en el norte de la ciudad y otro en La Macarena (que posteriormente fue reconocido por el ELN), salen desde el Ministro de Defensa para abajo, con tono de guerra, a anunciar la captura de dos personas como gran triunfo contra la inseguridad ciudadana y el terrorismo. Y, sin embargo, se los acusa formalmente por otros hechos sin que hayan podido probar la participación de Mateo y de Stiven en los mismos. El resultado: un gran “golpe” mediático, una espesa cortina de humo, el encierro de Mateo y de Stiven. Quién sabe cómo eso contribuye a la seguridad ciudadana y a la paz en el país.

Como si además fuera necesario, para rematar, se anuncia hace pocos días la captura de una docena de defensoras y defensores de derechos humanos, así como de líderes y de lideresas sociales, que supuestamente hacen parte de las “redes de apoyo al terrorismo” del ELN. Estas capturas vienen a engrosar esa cortina de humo que pretende demostrar la eficiencia de las fuerzas militares y de la policía, como si a punta de capturas todos los colombianos debiéramos sentirnos más seguros y tranquilos, aunque su “eficiencia” radique únicamente en los titulares estruendosos que anuncian “tremendos golpes”, sin que éstos se correspondan con las pruebas que sustentan las acusaciones hechas contra las personas capturadas y llevadas a prisión.

Lo cierto es que, como afirma el profesor Miguel Ángel Herrera, en medio de tanto discurso que pretende que la paz es el único futuro posible para el país, está aumentando de manera alarmante la inseguridad para quienes están dispuestos a disentir y a protestar. Efectivamente, en estos casos, por medio del despliegue mediático y los “grandes” anuncios de las autoridades, a las personas se las juzga fuera de los tribunales, sin asumir la presunción de inocencia, o se las persigue y asesina sin que las autoridades hagan nada o muy poco al respecto. Pareciera que a esas autoridades y a la clase dirigente le bastara con mostrar un par o una docena de rostros a los cuales endilgarles ciertos actos y atentados para proclamar que estamos ante un futuro prometedor (repleto de conflictos irresueltos, pero eso, claro, no se dice) y que no hay trabas posibles a sus aspiraciones de “paz”. Esta actitud más que ser una fuente de “seguridad” pareciera ser ante todo una amenaza para todos aquellos que están dispuestos a pensar y actuar críticamente: zanahoria o garrote.

Hace un par de días, el Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, publicó en El Espectador una columna titulada “Cinco razones para creer en la paz”. En dicha columna, Jaramillo presenta “argumentos” morales que justifican la búsqueda de la paz, a los que llama “razones”, sin que las mismas aparezcan con claridad en el texto. La zanahoria parece ser el premio para quienes acepten sin musitar palabra ni formular preguntas, o en todo caso para aquellos que le otorguen la razón pues, pareciera, esos supuestos argumentos nos deben bastar para creer a ciegas en una paz cuyos contenidos siguen siendo inciertos, cuando no contradictorios con las necesidades de la mayoría de los colombianos. El garrote parece, en cambio, ser el castigo para quienes no se acomoden a ese proyecto de país y ese discurso de pacificación. Y, sin embargo, sigue siendo necesario que se diga con claridad y se insista en que las razones para creer en la paz y, sobre todo, las vías para sembrar la paz, requieren que las gentes desposeídas y pobres del país dejen de estar por fuera del proyecto de nación y su bienestar pase a estar en el centro de las preocupaciones que lo animen, no solo de “buenas intenciones” (que de intenciones tienen más bien poco) como la de sacar “los odios y el resentimiento de las entrañas de la sociedad” o la de “restablecer” (¿?) una regla básica de cualquier democracia: “no más muertes de quienes participan en política”, como las presenta Jaramillo.

Una buena razón para creer en la paz sería la de empezar por decir, con claridad, que en el país no todos los que participan en política han muerto; que son los sectores de la oposición (que claramente no es la autoproclamada oposición del Centro Democrático) los que han puesto la mayoría de los asesinados y exiliados. Otra buena razón, quizás una de las más importantes, sería que la democracia dejara de ser una triste fachada y de estar excluida del proyecto de país y que, justamente, las posiciones y los sectores que tienen, defienden y construyen otros países diferentes a los de la clase en el poder, puedan hacer parte de la dinámica política sin ser estigmatizadas, perseguidas, encarceladas, asesinadas. Sin embargo, por como se ven las cosas, las clases dirigentes y las autoridades siguen dispuestas a acallar esas voces condenándolas y acallándolas por medio de la represión y la persecución. Esa es una de las razones por las que sigue siendo necesario que a la paz que se anuncia se la llene de contenido y se la deje de usar como la excusa que justifica lo injustificable o como la tela que cubre los atropellos que se cometen contra todos aquellos a quienes se les llama “terroristas” por pensar diferente.

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1Herrera, Miguel Angel. “Alias mateo, presidente santos y mindefensa despistados”. http://www.democraciaenlared.com/2017/03/alias-mateo-presidente-santos-y.html