Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

Internacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia e investigación en las ciencias sociales y políticas

En una de sus presentaciones el comediante Español Miguel Lago, quien encarna con gran veracidad a un autoproclamado hijo de puta, enaltece y además describe (según él) una de las bondades del sistema político actual. “No hay ningún problema con el sistema actual”, nos dice Lago, “si por robar poco te llevan preso y por robar mucho no te pasa nada, pues ya sabéis vosotros lo que tenéis que hacer.” Bastantes casos de corrupción en nuestro país demuestran que la clase política y empresarial de Colombia se identifica con Miguel Lago, o inclusive nos ofrecen versiones más verídicas del personaje que aquel hijo de puta.

Según el Foro Económico Mundial, más específicamente en el Índice de Competitividad Global (2015-2016), Colombia aparece en el puesto 126 (entre 140 Estados) en el indicador de Ética y Corrupción1. Mientras que, según Transparencia Colombia, “el 91 % de los empresarios percibe que se ofrecen sobornos en el entorno de los negocios, el 76 por ciento considera que en el cierre de los negocios y contratos es la opción más usada, y calculan en el 17.3 por ciento el promedio de valor que se paga de manera secreta para poder ganar una adjudicación”2. En Colombia somos corruptos hasta los tuétanos.

Para nadie es un secreto que Colombia es un país sumido en la corrupción, desde sus bases hasta los políticos que eligen esas bases. En su libro, El poder en la corrupción, el Senador Jorge Robledo hace un análisis detallado sobre cinco casos emblemáticos de corrupción en Colombia, Reficar, Isagén, Ley Urrutia-Zidres, Saludcoop, y Transmilenio y el metro (o su ausencia) de Bogotá. También se puede nombrar al escándalo Oderbrecht, Agro Ingreso Seguro, la “yidispolitica”, el magistrado Pretelt (“si me voy yo nos vamos todos”), el exprocurador Ordoñez, el carrusel de la contratación etc.

Somos un país corrompido hasta los tuétanos. Lo veo yo todos los días, desde el nivel macro económico en las altas esferas de gobierno hasta en las clases de colegio y de universidad que he cursado y he dictado. Inconveniente moral o ético no existe, el problema radica en no dejarse “pillar”. Es un fenómeno social generalizado, si bien no compartido y definitivamente no incurrido por todos, y abiertamente aborrecido por las personas honestas (si bien no perseguido por miedo a la condena social).

Precisamente debido a su incidencia y a los graves daños que causa a algo tan primordial para la sociedad como lo es la confianza en el comportamiento correcto del otro, es necesario entender muy bien la corrupción. Tarea difícil, dispendiosa y con intereses de por medio. En este artículo me limitaré a hacer unas cuantas observaciones sobre lugares comunes acerca de la corrupción que son falsos.

El primer mito que debe desmontarse sobre la corrupción es que es un fenómeno exclusivo del sector público. “La política es corrupta” y “todos los políticos son corruptos” pueden ser frases comunes, pero lo cierto es que en el sector público lo máximo que uno puede robarse de manera individual son los esferos y las resmas de papel de las oficinas3. Para que existan los desfalcos billonarios a los que estamos acostumbrados los colombianos siempre se necesita un socio del sector privado, un empresario, un hombre (o mujer) de negocios quien esté dispuesto a acompañar al funcionario público en su engaño a la sociedad.

Otra concepción errada que se debe desmontar sobre la corrupción, es que esta es necesariamente mala para la economía de un país. El Banco Mundial utiliza esta disculpa para negarles financiamiento a los países del tercer mundo. Sin embargo, si bien la corrupción causa graves problemas en el tejido social de un país, el desempeño económico no tiene que verse necesariamente afectado por los gobiernos corruptos. Es más, el economista de Cambridge Ha Joon Chang, ha demostrado que, en algunos casos, la corrupción puede beneficiar al desarrollo económico de un país.

Los gobiernos y/o gobernantes corruptos, cada vez más, son utilizados como disculpa para justificar políticas neoliberales fracasadas. Según Chang, “esas políticas han fracasado porque están equivocadas y no debido a que han sido abrumadas por factores anti-desarrollo locales como la corrupción o una cultura “inadecuada”4. Todo sería más fácil si los altos niveles de corrupción condujeran a un desempeño económico desastroso, pero la evidencia suministrada por los estudios científicos simplemente no demuestra esa afirmación5. Chang nos recuerda que, si bien algunos países han sido arrasados por la corrupción (el antiguo Zaire o Haití), otros Estados con niveles de corrupción similares como Indonesia, o muy altos como Italia, China, Japón, Corea, Taiwán, Estados Unidos (en el siglo XIX) o Francia y Gran Bretaña (en el siglo XVIII), experimentaron periodos de gran y sostenido crecimiento económico durante épocas de corrupción generalizada en sus gobiernos.

El hecho de que países africanos o negros sí sufran los efectos de la corrupción, y que otros países prosperen económicamente a pesar o inclusive gracias a ella, puede llevarnos a la conclusión errada de atribuirle a los factores culturales el desarrollo económico tan abrumadoramente diferente entre regiones y países. El sociólogo alemán Max Weber, en su libro de 1904 La ética protestante y el espíritu del capitalismo sostenía que la prosperidad y el desarrollo económico de los alemanes se debía a factores culturales – como la religión- que hacia al pueblo alemán más apto para el desarrollo capitalista. No olvidemos la historia que suele contar el politólogo Juan Carlos Monedero en sus charlas: cuando un grupo de españoles se encontró con una tribu de indígenas en la jungla de Suramérica le regalaron machetes, cuando los españoles regresaron un año después le preguntaron a los indígenas si habían cosechado el doble, los indígenas desconcertados contestaron que simplemente habían trabajado la mitad del tiempo.

¿Los países sub-desarrollados nos merecemos nuestra suerte debido a nuestra pereza o cultura “equivocada”? Según el profesor Chang, un surcoreano quien experimentó de primera mano la transformación productiva y social de su país, no existen las culturas equivocadas naturalmente corruptas o perezosas. El caso de Japón y la misma Alemania son bastante dicientes.

Los relatos de académicos occidentales en 1915 describían a los japoneses como hoy en día alguien podría describir a x o y país o área sub-desarrollada6. Los japoneses eran descritos como “perezosos e indiferentes al paso del tiempo”7, “gente alegre y sentimental libre de toda ansiedad del futuro quien vive para el presente”8. Según la líder política británica Beatrice Webb, los japoneses tenían “nociones objetables del ocio y una independencia personal bastante intolerable”9. Esos japoneses individualistas que solo piensan en sí mismos…

¿Y qué decir de los alemanes? A comienzos del siglo XIX (siglos después de la reforma protestante) los británicos describían a los alemanes como “gente aburrida y pesada”10, la escritora Británica Shelley (célebre por su obra Frankestein), decía que los alemanes “nunca se apuran” y los gerentes extranjeros de la época se quejaban de que los alemanes “trabajen cuando y como les plazca”11. Para los británicos, además, eran “gente sin agudeza o percepción […] cerrada a ideas nuevas […] individualista […] e incapaz de cooperar entre sí”12. Era mejor viajar por Italia que por Alemania debido a la incapacidad de los alemanes de construir infraestructura pública adecuada13. Además, era demasiado “sentimentales, tramposos y mentirosos”14tenían esa malicia alemana.

Ya vemos cómo las disculpas culturales para explicar la corrupción de un país o una sociedad se quedan extremadamente cortas; simplemente son insuficientes. Factores como el sistema económico, el nivel de ingresos de los ciudadanos etc. repercuten directamente en los niveles de corrupción. En un país donde la gente tiene que hacer todo tipo de artimañas poco éticas o inclusive ilegales para poder sobrevivir, la corrupción será pan de cada día, concluye el profesor Chang. El “estilo de vida relajado” y el “sentimentalismo” también son consecuencias directas de las condiciones económicas y no de una cultura específica.

Sería conveniente analizar la obsesión con la transparencia como solución contra la corrupción, como lo hace de manera magistral el filósofo coreano Byung-Chul Han, quien sostiene que la actitud generalizada a favor de la transparencia actual constituye un fenómeno neurótico de control donde es necesario saber y mostrarlo todo en todo momento, dejando espacio nulo para la negatividad necesaria en la vida. Independientemente de lo que diga Han, podemos estar seguros de que la transparencia absoluta constituye la desconfianza total (y por ende la corrupción total en el ambiente) ya que, precisamente solamente se vigila cuando se desconfía. En Colombia es necesario un celador en cada portería debido precisamente a la inseguridad rampante.

Por último, no estaría de más ver qué tan “ambidiestra” es la corrupción en el mundo y específicamente en América Latina. Ya es común que la gente de derecha que no ha salido del closet de su propia ideología acuse a todos los políticos, partidos e ideologías de ser igual de corruptos. Sin embargo, Rafael Correa ha dicho, por ejemplo, que en los Panama Papers no aparece ningún expresidente o líder político de izquierda pero sí muchos de derecha. Habría que analizar la veracidad, falsedad, y en dado caso la proporción, de la supuesta corrupción ambidiestra.

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1Robledo, Jorge Enrique. La Corrupción en el poder y el poder de la corrupción en Colombia (Bogotá: Penguin Random House, 2016).

2Ibid.

3Robledo, Jorge Enrique. La Corrupción en el poder y el poder de la corrupción en Colombia (Bogotá: Penguin Random House, 2016).

4Chang, Ha-Joon. Bad Samaritans the Myth of Free Trade and the Secret History of Capitalism. (Bloomsbury Press, 2007).

5Ibid.

6Chang, Ha-Joon. Bad Samaritans the Myth of Free Trade and the Secret History of Capitalism. (Bloomsbury Press, 2007).

7Ibid.

8Ibid.

9Ibid.

10Ibid.

11Ibid.

12Ibid.

13Ibid.

14Ibid.