El 25 de mayo fue declarado por el Decreto 1480 de 2014 como el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual en el marco del conflicto armado interno. Esta iniciativa ─que reconoce, de manera parcial y limitada, la existencia de este fenómeno en el contexto del conflicto armado y que, a su vez, busca dignificar a las miles de mujeres víctimas de esta violencia que ha dejado (y sigue dejando) la guerra en Colombia─, surgió como respuesta y medida de reparación frente al caso emblemático de la periodista Jineth Bedoya, quien un 25 de mayo del año 2000 fue secuestrada, torturada y violada por tres paramilitares del Bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). A propósito de este día, resulta pertinente esbozar algunas reflexiones que permitan develar la racionalidad que subyace a estos crímenes.

Decir que las mujeres han sido (y son) afectadas por el conflicto armado de manera específica y desproporcionada (y por todos sus actores involucrados incluyendo a la fuerza pública) no es algo nuevo. Por años las organizaciones feministas y de mujeres, así como voces desde la academia, han alzado su voz y han demostrado cómo las mujeres, en el marco del conflicto armado, son víctimas de múltiples violencias relacionadas con las discriminaciones fundadas en su género (“por el hecho de ser mujer”) ─aunque desafortunadamente hay que decir que estos esfuerzos han sido significativamente menores a la hora de comprender la experiencia de  personas lesbianas, gays, bisexuales y personas trans que se apartan de las normas de género o de la heteronormatividad─. El concepto tan sonado de continuum les ha permitido a las feministas comprender que la violencia contra las mujeres, fundada en los arreglos desiguales de género, se expresa en todos los espacios de su vida, aunque en tiempos de guerra y militarización esta se exacerba y adquiere nuevas manifestaciones.

En el caso de la violencia sexual (violaciones, acoso sexual, desnudez forzada, esclavitud sexual y aborto forzados), no se trata solamente de que los hombres se atribuyan el derecho a acceder y apropiarse de los cuerpos de las mujeres; esta relación de apropiación con respecto al hombre ─que está en la base del patriarcado y que se expresa en y a través del cuerpo de la mujer─, se da por fuera y dentro de los contextos de guerra, y podría entenderse como una de las muchas maneras en que la “clase de las mujeres” es apropiada por la “clase de los hombres” siguiendo los planteamientos de la feminista materialista Monique Wittig. Se trata también de comprender que, en contextos de guerra, los estereotipos de género ─lo que “debe ser” una mujer y un hombre─ se refuerzan, lo que lleva a que la violencia adquiera características cualitativamente diferentes. Al respecto, Donny Meertens (citada por Guzmán & Prieto, p. 21-22) ha identificado 3 elementos generales: i) el nivel de sevicia o destrucción sobre los cuerpos feminizados; ii) su carácter sistemático y organizado y iii) su dimensión estratégica que remite a la idea del cuerpo de la mujer como “arma de guerra”, en la medida en que la batalla entre enemigos se libra a través de este y como afrenta al tejido social y comunitario en el que se inscribe dicho cuerpo feminizado (leído como parte de la jurisdicción enemiga). En esta misma línea, y siguiendo a la antropóloga Rita Segato (2014), el cuerpo de las mujeres no es un efecto colateral de la guerra, sino que es escrito a través de la violencia ejecutada por medios sexuales afirmando o escenificando la destrucción moral del enemigo.

Pero más allá de la idea del continuum de violencia, que predomina en los análisis sobre la violencia sexual en contextos de guerra, me gustaría detenerme acá en otro tipo de reflexión más general a partir de lo que me sugiere la siguiente pregunta a propósito de la conferencia dictada por la antropóloga y feminista Rita Laura Segato en la Universidad Nacional de Colombia el pasado 10 de mayo1: ¿qué tipo de racionalidad está detrás de la violencia sexual, o de las violencias “de baja inteligibilidad” ─como las denomina Segato (2014) para hacer referencia a las violencias de género─?

Con esta pregunta quiero de entrada sugerir que, en efecto, la violencia de género, y los crímenes sexuales de manera particular, no pueden ser leídos como excepción o anomalía o como hechos aislados perpetrados por sujetos enfermos o desadaptados (quienes además se presentan como si supuestamente no pudieran ejercer control sobre su desenfrenado “instinto sexual”) (¿será esta interpretación ─la violencia como excepción─ un coletazo o reactualización del mito etiológico constitutivo de la sociedad moderna en donde la razón triunfa sobre las “pasiones destructivas”, y por esta vía, ubica a la violencia como exterioridad de la sociedad civil?). Esta afirmación pareciera una obviedad a la luz de las lecturas feministas sobre las violencias contra las mujeres, no obstante, esta obviedad se relativiza cuando vemos cómo esta mirada se suele privilegiar en los medios de comunicación y también permea y se reproduce constantemente en espacios institucionales. Recordemos, por ejemplo, el polémico concepto jurídico emitido por la Secretaría de Gobierno de Bogotá hace un año sobre el caso emblemático de Rosa Elvira Cely el cual no solo patologizaba al victimario al describirlo como un sujeto con “comportamientos raros”2, sino que además, le trasladaba la culpa a la víctima su propia violación, empalamiento y asesinato3.

Por el contrario, las violencias de género, como afirma la antropóloga Rita Segato (2013), por su sistematicidad, deben entenderse como “expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiera inteligibilidad. En otras palabras: el agresor y la colectividad comparten el imaginario de género, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse” (p. 19). Estas palabras también hacen eco de manera contundente y sintética en la siguiente consigna del movimiento feminista: “Un violador no es un enfermo, es un hijo sano del patriarcado”. Esta consigna nos indica que el violador ha interiorizado determinados valores y representaciones sobre los géneros, que están presentes en la sociedad; de allí que a través de su accionar, en realidad la protagonista principal de la violencia sea la sociedad misma. Lo anterior, nos lleva entonces a afirmar que la violencia, en general y la violencia de género en particular, no puede ser entendida como un fenómeno carente de racionalidad en tanto está arraigada al orden social; es estructurada y estructura este orden constituido por relaciones de subordinación y opresión de género, raza, clase, etc., que se imbrican y co-constituyen. 

Ahora bien, ¿cómo podríamos entender de manera más concreta esta racionalidad difícil de asir? La hipótesis de Rita Segato, al estudiar concretamente los llamados crímenes sexuales y la subjetividad del violador, es que el crimen sexual es un crimen de poder y dominación (de exhibición) con una clara dimensión moralizante. Esto quiere decir que la violencia sexual no se define necesariamente desde una racionalidad instrumental (no se busca obtener un beneficio particular claramente discernible), sino que se trata de un crimen fundamentalmente expresivo que enuncia ¿Y qué es lo que se escribe o se expresa en los cuerpos? Al menos dos cosas de acuerdo con Segato: primero, en relación con la víctima, el castigo infringido en los cuerpos como consecuencia del desacato a una ley patriarcal. En este sentido, la antropóloga afirma que quien comete el acto de violencia no siente que actuó en contra de la ley “sino a favor de una ley que es una ley moral” (2017).

Este desacato a la norma que prescribe el “deber” ser de la “mujer” y el “hombre” resulta interesante ilustrarlo a la luz de las múltiples violaciones a los derechos humanos que sufren quienes se apartan de la norma heterocentrada (lesbianas, gays, bisexuales, personas trans de manera más evidente) en contextos de conflicto armado. Para los grupos armados, el ejercicio de las violencias no siempre se relaciona con fines ligados a la economía política de la guerra, sino que tiene que ver con la consolidación de un orden moral que tiene marcas de género, raza y clase favorable a sus intereses (CNMH, 2015, p. 25). En palabras de Albarracín y Rincón (2013), citados en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, titulado Aniquilar la diferencia, “[l]a violencia es producida para establecer un orden social, por ello, tiene el efecto de eliminar al marginal y disciplinar a la sociedad” (énfasis propio).

Se trata entonces, de refundar un orden social moral y político a partir del ejercicio de las violencias (que llevan incluso al aniquilamiento) sobre cuerpos portadores de la nuda vida (Agamben), es decir, las vidas políticamente desprotegidas y expuestas permanentemente a la muerte 4. En esta misma línea, para Rita Laura Segato, quien también estudia los feminicidios en Ciudad Juárez, estos cuerpos de mujeres asesinadas, pero también de las mujeres violadas, pueden entenderse como vidas nudas a partir del ejercicio de soberanía (entendida acá no desde la perspectiva de la bio-política sino de la tanato-política) que se escribe sobre sus vidas y sus cuerpos en función de la “ley pariarcal” que se refunda en cada acto de violencia; no solamente se aniquila la voluntad de la víctima, quien pierde el control sobre su espacio-cuerpo, sino que su misma existencia puede terminarse sin consecuencias para la ley (Segato, 2013, p. 20;33). En el caso de Colombia, y en relación a los crímenes sexuales, resulta escandalosa la cifra del último informe sobre la Mesa de seguimiento del Auto 092/2008 5, que indica que la impunidad de los casos de violencia sexual alcanza a ser del 97%, lo que hace pensar que precisamente estas vidas no detentan status de humanidad.

En segundo lugar, Segato identifica otro eje de análisis en su comprensión de la violencia sexual, y de la violación en particular (y de lo que se enuncia con estos hechos), que tiene que ver con que el victimario, aunque actúe “solo”, en realidad siempre está acompañado y en un diálogo permanente con otros o con el Otro sobre su masculinidad (que al parecer es constantemente puesta a prueba). En otros términos, las violencias contra las mujeres como actos de dominación, expresan también, desde el punto de vista de Segato, el mandato de la masculinidad que recae sobre los hombres, y que lleva a comprender la violencia como un acto de exhibicionismo de la “potencia masculina” frente a otros hombres (cómplices que exigen prueba de la virilidad6).

A la luz de estos planteamientos, erradicar las violencias de género en todas sus manifestaciones resulta ser una apuesta urgente (¡una cuestión de vida o muerte!) pero también una apuesta compleja, puesto que implica ir más allá del enfoque y las medidas punitivas, que en el caso colombiano han tenido un amplio desarrollo (a propósito de nuestra insistencia con este enfoque, ahora está empezando a caminar una nueva iniciativa para penalizar a los violadores de menores con cadena perpetua), pero que lastimosamente no se han traducido en unas mejora de las condiciones de vida y seguridad para las mujeres; en Colombia, de acuerdo con el último Boletín informativo de Sisma Mujer, cada media hora, una mujer es agredida sexualmente; y cada dos días, al menos una mujer es agredida por alguno de los actores involucrados en la violencia sociopolítica. Si lo que se buscan son medidas eficaces, se hace necesario atacar y transformar aquellos mandatos del género que construyen cuerpos para ejercer soberanía sobre otros (mandato de la masculinidad) y cuerpos desechables o despreciables que encarnan la nuda vida.

Esta urgencia resulta más evidente teniendo en cuenta el actual momento de transicionalidad que estamos viviendo en Colombia y lo que otras experiencias nos pueden decir con respecto al comportamiento de las violencias contra las mujeres. Como afirman Génica Mazzoldi e Isabela Marín (2016), “la experiencia internacional ha mostrado que las mujeres siguen siendo vulnerables a hechos de violencia después de un conflicto armado. En países que han experimentado procesos de transición hacia la paz se han identificado incrementos en violencia doméstica, abuso sexual, trata de personas con fines de explotación sexual y prostitución forzada en las zonas de postconflicto, lo que ha socavado sus procesos de construcción de paz”. Uno de los desafíos más grandes del mal llamo “postconflicto”, será entonces la transformación, en el mediano y largo plazo, del mandato de masculinidad que se exacerba en contextos de guerra y militarización, pero que también se ubica en las causas del mismo conflicto y su reproducción. Siguiendo los planteamientos de Rita Segato, se trata de transformar y desestructurar la pedagogía de la crueldad que soporta el ejercicio de violencia contra las mujeres, y que implica una enseñanza de la mirada exterior-colonial con respecto a la naturaleza y los cuerpos; “un producirse como seres externos a la vida para desde esa exterioridad dominar, colonizar, expoliar y rapiñar” (2014).[end]

Referencias:

Durán Ñúñe, D. (14 de mayo de 2016) “Secretaría de Gobierno de Bogotá culpa a Rosa Elvira Cely de su propio ataque Judicial”. El Espectador Recuperado de: http://www.elespectador.com/noticias/judicial/secretaria-de-gobierno-de-bogota-culpa-rosa-elvira-cely-articulo-632350

Guzmán Rodríguez, D. E. & Prieto Dávila, S. C (2013). Acceso a la justicia Mujeres, conflicto armado  y justicia. Bogota: DeJusticia

Múnera, Leopoldo (Editor) (2008). Normalidad y Excepcionalidad en la política. Bogotá: TEOPOCO. Universidad Nacional de Colombia.

Segato, R. L. (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado. Buenos Aires: Tinta Limón

── (2014) “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres”. En, Soc.estado, 29(2), mayo-agosto. Recuperado de: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0102-69922014000200003

Sietecase, R. (2017) Rita Segato: “La violación es un acto de poder y de dominación”. Entrevista, La Vanguardia, 14 de abril de 2017. Recuperado de: http://www.lavanguardiadigital.com.ar/index.php/2017/04/14/rita-segato-la-violacion-es-un-acto-de-poder-y-de-dominacion/

Mazzoldi, G. & Carvajal, I. M. (2016). “La violencia sexual y de género: el continuum entre la guerra y la paz”.    31 de marzo de 2016. Recuperado de: http://www.ideaspaz.org/publications/posts/1308

  1.  La conferencia organizada en el marco de la Cátedra Jorge Eliécer Gaitán se tituló “Controlar la libertad de expresión, el cuerpo y el morir de las mujeres en América Latina.
  2. “En el concepto se lee ‘Todos sabían que (Javier Velasco y Mauricio Ariza, este último exculpado en el proceso) tenían comportamientos raros y los tildaban de malosos. No obstante lo anterior, Rosa Elvira Cely salió a departir con ellos, se tomaron unos tragos’” (El Espectador, 2016)
  3. “Si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”. Con esa frase la abogada Luz Stella Boada cerró sus argumentos y radicó el documento el pasado 11 de abril ante el Juzgado 37 Administrativo de Oralidad” (El Espectador, 2016)
  4. “La nuda vida es la “vida sin valor” o “indigna de ser vivida”, la vida que deja de ser política y jurídicamente relevante, la vida a la que se le puede dar muerte sin cometer homicidio (se puede dar muerte con impunidad)” (Agamben 2003: 172-177; En Múnera, 2008, p. 17).
  5. El Auto 092 de 2008 de la Corte Constitucional reconoció que la violencia sexual (derivada de las acciones de los actores armados o como parte de los impactos del desplazamiento forzado) es una práctica habitual, extendida, sistemática e invisible en el contexto del conflicto armado colombiano. A partir de este reconocimiento, se instó a la Fiscalía para que adoptara medidas necesarias y eficaces para que los casos avanzaran y se iniciaran las investigaciones de los que aún no hubieran sido investigados.
  6. “El violador es el sujeto más vulnerable, más castrado de todos, que se rinde a un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo, un gesto aniquilador de otro ser, para poder verse como un hombre, para poder sentirse potente y verse al espejo y pensar que merece el título de la hombría” 8Segato, 2017).