Libardo Sarmiento Anzola

* Libardo Sarmiento Anzola

Economista político, filósofo humanista, analista existencial. Investigador, consultor y escritor independiente.

1. Población y economía mundial

En las sociedades modernas capitalistas, el denso crecimiento poblacional y la vertiginosa producción de bienes y servicios están correlacionados. Desde 1750, el núcleo de la evolución de la humanidad está constituido por la imparable acumulación de capital global y el crecimiento poblacional en proporciones geométricas. El incremento acelerado de la población (la velocidad de crecimiento es proporcional a la población existente, a los nacimientos, a las muertes y a la esperanza de vida) impone una expansión de la producción y una tecnología agresiva. A la vez, el capitalismo conduce al extremo la expoliación de la naturaleza y agudiza el antagonismo entre clases sociales.

En el año 1800 la población mundial comenzó a acercarse a la cifra de mil millones; un siglo después, en 1900, los habitantes del planeta sumaban 1.600 millones; en el año 2000 la especie humana se disparó a 6.071 millones. Para el año 2030 el número de individuos humanos vivos se estima en 8.514 millones (Gráfico 1). La tasa de crecimiento poblacional promedio durante estos 230 años es de 2 por ciento; ésta medida es un factor que determina la magnitud de las demandas que la sociedad debe satisfacer por la evolución de las necesidades de sus habitantes en cuestión de infraestructura, recursos ambientales, alimentos, energía, ropa, transporte, comunicación, vivienda, servicios sociales, empleo e ingresos (actualmente es de 1,2% la tasa anual acumulativa). En el período 1800-2030 la población mundial se multiplica por 8,7 veces.

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Fuente: Naciones Unidas, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional

Respecto al crecimiento económico, el valor global de la producción de bienes y servicios sumaba USD$ 463.320 millones en el año 1800. En 1900 el PIB mundial fue de USD$ 3,4 billones y en 2000 llegó a la cifra de USD$ 43,5 billones. Para el año 2030 el valor del PIB mundial se estima en USD$ 96,6 billones (millones de millones). En promedio, durante toda la historia del capitalismo, la tasa de crecimiento compuesto fluctúa alrededor de 2,3 por ciento anual (negativa durante los períodos de crisis financiera y económica: 1825; 1847-1848; 1873-1896; 1929-1939; 1974-1982; 2007-2009; entre los años 1945-1973 el ritmo se aceleró a 5% y actualmente crece al 2%, con tendencia a crecer durante la década de 2020 al 3%). Para resumir, en el período 1800-2030 el valor del PIB mundial se multiplica 208,5 veces; una velocidad 24 veces superior al crecimiento poblacional (Gráfico 1).

En menos de tres siglos, hay una clara tendencia mundial hacia la sobrepoblación, el crecimiento insostenible, la concentración y centralización del capital y la destrucción de la naturaleza. El imparable aumento de las fuerzas productivas, de la producción y el consumo, en un marco de profundas iniquidades e injusticia social hace cada vez más evidentes y violentos los conflictos sociales, los impactos ambientales negativos y las tensiones bélicas entre naciones. Ninguna otra especie biológica se ha multiplicado tanto ni somete a su entorno vital a tensiones, riesgos y crisis como el animal humano.

Hasta la década de 1960, los movimientos social y sindical de clase organizado alcanzaron importantes victorias reflejadas en políticas sociales, democracia, estabilidad laboral y mejoras salariales. La alianza clasista Capital-Estado tomo la revancha y contraofensiva a partir de la década de 1970 con la intensión de incrementar la tasa de ganancia o plusvalía. Con este fin, transformó radicalmente el espíritu capitalista, el cual se materializó a través de cinco dinámicas: i) expansión global de la fuerza del capital; ii) financiarización: desregulación y dominio del capital financiero sobre el productivo; iii) ideología y política neoliberal: individualismo económico, privatización y desnacionalización de la estructura económica, colapso del Estado de Bienestar, mercadocentrismo como eje de organización social; iv) destrucción del “sujeto histórico” del cambio, eliminación del movimiento sindical de clase, rompimiento del tejido social, flexibilización y precarización laboral; v) implementación de la tercera (1970 a 2000) y cuarta (a partir de 2015) revoluciones industriales (caracterizadas por la introducción de la cibernética, la automatización de la producción, TICs, “fabricas inteligentes”, robotización, androides, digitalización, internet de las cosas, blockchain, coordinación en redes de las unidades productivas a escala mundial) que han elevado la productividad del trabajo, destruido empleos e impulsado la caída de los salarios. El resultado de este “nuevo espíritu del capital” durante el último medio siglo es el desempleo estructural (según la OIT, en 2017, el desempleo mundial supera los 200 millones de personas, 30 millones más que el nivel anterior a la crisis de 2007; para 2020 se estima que se habrán perdido 8 millones de puestos de trabajo adicionales), el incremento de la explotación de la fuerza laboral y la caída de la participación de los ingresos salariales en el PIB.

En efecto, a partir de 1970, la plusvalía extraída y la tasa de explotación de la fuerza laboral vienen incrementándose en el sistema mundo capitalista. El capital continúa su tendencia imparable de concentrar más riqueza e ingreso, mientras la fuerza laboral pierde participación en el ingreso nacional. La proporción del ingreso nacional que perciben los trabajadores remunerados es menor y desde los años 1980 disminuye a mayor velocidad. Según el informe del Fondo Monetario Internacional “Perspectivas de la economía mundial” (abril de 2017), esta tendencia obedece al rápido progreso de la tecnología y la globalización o integración mundial. La participación de la fuerza laboral en el ingreso se reduce cuando los salarios crecen a un ritmo más lento que la productividad, es decir, la cantidad de producto generado por trabajo. El resultado es que una proporción cada vez mayor de las mejoras de la productividad ha estado beneficiando al capital. Y como el capital tiende a concentrarse en los extremos superiores de la distribución del ingreso, las participaciones más reducidas de la fuerza laboral en el ingreso tienden a elevar la desigualdad del ingreso.

En las economías avanzadas, las participaciones de la fuerza laboral en el ingreso iniciaron una tendencia descendente en la década de 1980, y alcanzaron su nivel más bajo del último medio siglo justo antes de la crisis financiera mundial de 2007–2009; desde entonces no se han recuperado sustancialmente, y ahora están en un nivel casi 4 puntos porcentuales más bajo que en 1970. En los países capitalistas que concentran el poder económico mundial, la proporción del ingreso que perciben los trabajadores cayó de 55 a 51 por ciento, entre 1970 y 2015. En los países periféricos la situación es aún más lamentable, entre 1990 y 2015 la evolución de la participación de la fuerza laboral en el ingreso descendió de 39,5 a 37,1 por ciento.

2. Explotación de la fuerza laboral en Colombia

En Colombia, la clase trabajadora no escapa a esta participación decreciente de los salarios en el ingreso nacional. Esta tendencia se mantiene desde la segunda mitad del siglo XX: Entre 1962 y 2016 descendió la participación de los trabajadores de 44,3 a 36,7 por ciento del ingreso. El mayor pedazo de la torta la engulle el Excedente Bruto de Explotación (EBE) al concentrar el 61,1 por ciento del valor agregado nacional; los impuestos aumentan de manera sostenida su participación y actualmente el aparato burocrático-militar y la clase política se quedan con el 2,2 por ciento del valor producido por la clase trabajadora.

Históricamente, la sociedad colombiana hace parte de los diez países del mundo con niveles intolerables de injusticia social y peor distribución del ingreso y la riqueza (concentrados en África y América Latina). Entre 1960-2017 en valor promedio del índice que mide la desigualdad (Gini) se mantiene en 0,536, registrando un drástico deterioro a partir de la década de 1990 (de acuerdo con Naciones Unidas, un coeficiente de Gini superior a 0,40 es alarmante, indica una realidad de polarización entre ricos y pobres, siendo caldo de cultivo para el antagonismo entre las distintas clases sociales), mientras el crecimiento económico registra un promedio anual de 4,1 por ciento. Sin importar el momento del ciclo por el que la economía atraviese, la oligarquía siempre gana (Gráfico 2): durante el auge, el producto del trabajo social es privatizado en manos de los dueños del capital y los controladores del Estado Corporativista y patrimonialista. En la crisis, las consecuencias y medidas adversas para reanimar la actividad económica se descargan sobre la clase trabajadora (desempleo, caída salarial, recortes al gasto social, mayores impuestos al consumo, informalidad).

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Fuente: DANE

La estructura económica colombiana ha privilegiado las actividades extractivas y rentistas (extensivas e intensivas) y la especulación financiera, poco generadoras de empleo y con altas tasas de explotación de la fuerza laboral. Durante el último siglo, el capital productivo pierde importancia en favor de la financiarización de la economía y el sector minero-energético. En 1925 el sector agropecuario contribuía con el 59 por ciento del PIB, en 2016 su participación cayó a 6 por ciento; el sector industrial aportó una cuarta parte del PIB en 1976 y en 2016 sólo contribuye con el 11 por ciento; en contraste, el sector financiero representaba el 2,6 por ciento del valor económico en 1925, ahora concentra el 19,7 por ciento; la explotación minero-energética paso de representar el 1,5 por ciento del PIB a 10,1 por ciento en el período 1925-2016.

Al finalizar 2016, el número de ocupados en Colombia sumaba 22.836.522 trabajadores. Cuatro de las 10 ramas, según la clasificación de las actividades económicas hecha por el DANE, concentran el 75,4 por ciento de los ocupados: agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca (16,3%), industria manufacturera (12,1%), comercio, hoteles y restaurantes (27,8%) y servicios comunales, sociales y personales (19,2%). La rama de actividades minero energéticas ocupa a 129.657 trabajadores, esto es, el 0,6 por ciento de la clase trabajadora ocupada; la intermediación financiera genera 332.106 empleos, el 1,5 por ciento de la población ocupada (Gráfico 3).

El número de sindicalizados supera ligeramente el millón de trabajadores (4,4% del total), con una amplia concentración de los afiliados en los sectores de la educación (más de 300.000), industria (90.000), agroalimentario (36.000), minero energético (42.500), suministro de servicios públicos (26.000) e intermediación financiera (28.000). Adicional al problema de la baja densidad, el sindicalismo colombiano padece otra grave dificultad que le resta aún mayor eficacia: su alta fragmentación (el número de sindicatos es cercano a los 5.000).

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Fuente: DANE

Por ramas de actividad, la participación relativa más alta por parte de los asalariados en el PIB corresponde a “Actividades de servicios sociales, comunales y personales” con el 76,1 por ciento (Gráfico 4). La proporción porcentual más baja que perciben los trabajadores es en la “Extracción de petróleo y gas natural” con el 12,5 por ciento; además, en este sector los impuestos son bajos (1,4%) comparativamente; en consecuencia, el valor agregado concentrado por el capital es de los más altos en el conjunto de la economía nacional (86,1%). En la intermediación financiera el 30,1 por ciento del valor agregado es apropiado por los trabajadores, el 66,6 por ciento por los dueños del capital financiero y el 3,3 por ciento restante por el Estado.

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Fuente: DANE

En 2016, el promedio de valor agregado mensual generado por trabajador en Colombia es de COP$ 2,8 millones (Gráfico 5). Por ramas de actividad, tres registran el más alto producto por trabajador: “Explotación de Minas y Canteras” (COP$ 31,4 millones mensuales), “Suministro de Electricidad Gas y Agua” (COP$ 18,5 millones mensuales) e “Intermediación financiera” (COP$ 10.9 millones mensuales).

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Fuente: DANE

El salario promedio mensual por trabajador, en 2016, fue COP$ 844.000. En tres sectores económicos los salarios promedio mensuales superan los tres millones de pesos: “Explotación de Minas y Canteras” (COP$ 4,5 millones), “Suministro de Electricidad Gas y Agua” (COP$ 3,2 millones) e “Intermediación financiera” (COP$ 3,4 millones). Los trabajadores con ingresos más precarios (inferiores a COP$ 1 millón mensual) se encuentran en las ramas de actividad “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca”, “Comercio, hoteles y restaurantes”, “Transporte, almacenamiento y comunicaciones” y “Servicios comunales, sociales y personales”.

La relación entre valor agregado y salarios es de 3 veces en el conjunto de la economía nacional. En cinco ramas de actividad económica esta proporción es superior al promedio nacional: “Explotación de Minas y Canteras” (7), “Suministro de Electricidad Gas y Agua” (6), “Construcción” (5), “Transporte, almacenamiento y comunicaciones” (4) y “Actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler” (4).

Corresponde al movimiento sindical de clase organizado en alianza con los sectores populares enfrentar la crisis estructural generada por el sistema mundo capitalista. Es la presencia organizada y consciente de la subjetividad de la clase trabajadora y del “poder popular” que tienen el potencial de encaminarse por los senderos reales de la transformación que demanda la dignidad humana, individual y colectiva, para sobrevivir.