Omar Ramírez

* Omar Ramírez

Ingeniero Ambiental y Sanitario, Especialista en Evaluación del Impacto Ambiental para Proyectos, Magíster en Sistemas Ambientales Humanos, Magíster en Tecnología Ambiental y estudiante de doctorado. Actualmente es docente universitario y consultor ambiental. Sus áreas de investigación son ecología política, impactos ambientales, percepción ambiental y calidad del aire.

Desde 1973 se celebra, año tras año, el día mundial del medio ambiente. Hemos recorrido más de cuatro décadas sensibilizándonos acerca de las trágicas consecuencias derivadas de nuestro modo de intervenir e irrumpir sobre el planeta. Análisis, propuestas y reflexiones de todo tipo se han formulado para entender esta crisis. Los más optimistas señalan la existencia de avances de tipo técnico, normativo e institucional, y depositan su fe en estas vías para reversar el escenario actual. Los más pesimistas se refugian en nihilismos y perspectivas misantrópicas desde las cuales auguran un turbio porvenir del que no hay escapatoria. Lo cierto es que las críticas condiciones que animaron a las Naciones Unidas a definir el 05 de junio como el día mundial del medio ambiente siguen vigentes y no se avizora un cambio de rumbo, por lo menos en el mediano plazo.

Hacer referencia al mediano plazo en temáticas ambientales es recurrir a una expresión indefinida, carente de precisión. Pero apelar a ella resulta útil para denotar la existencia de algo más cercano, de un periodo que la antecede: el corto plazo. Pese a ser conceptos ambiguos, pareciera que en la última mitad de siglo nos hemos movido en los terrenos del corto plazo y no logramos salir de sus fronteras. Por lo menos así lo evidencian los alcances de las soluciones a la problemática ambiental contemporánea propuestas en los últimos años tanto por instituciones internacionales, como nacionales.

La incapacidad de ir más allá del corto plazo es justamente una de las causas del actual desequilibrio ecosistémico que deteriora la calidad de vida de las grandes mayorías y pone en riesgo las condiciones de supervivencia de vastas poblaciones. La prevalencia de la perspectiva cortoplacista revela, por un lado, la orilla desde la cual se formulan las soluciones ambientales a nivel institucional y empresarial. De esta forma queda al descubierto cómo la racionalidad económica, la dinámica financiera, los ritmos de los mercados y la métrica de acumulación de capital y poder, todos ellos grandes exponentes del inmediatismo, actúan no solo como detonantes de la degradación ambiental, sino también como marcos condicionantes al imponer su temporalidad a la gestión ambiental.

Por otro lado, la perspectiva cortoplacista acentúa la miopía del accionar social a temporalidades que no guardan relación con los tiempos de la naturaleza. De esta forma, parece existir un desfase (o un choque temporal en palabras del español Jorge Riechmann) entre los ritmos de extracción de recursos naturales, de generación de residuos sólidos, de emisión de contaminantes atmosféricos, de vertimientos de aguas residuales, de liberación de gases de efecto de invernadero y de aprovechamiento de la biodiversidad, y la temporalidad propia de los ecosistemas para recuperarse de tales intervenciones. En otras palabras, la capacidad del entorno de mantener cierto equilibrio (por lo menos el que conocemos y el que nos permite unas condiciones favorables de vida) se ve amenazada por la temporalidad cortoplacista del metabolismo social predominante, que no puede parar ni darse el lujo de reducir su velocidad en nombre del crecimiento económico.

La rapidez con que se llevan a cabo las transformaciones del entorno, incluyendo el acelerado vertimiento de sustancias contaminantes al ambiente, es de tal magnitud que no alcanzamos a evaluar los impactos generados, ni logramos conocer a fondo las especies extintas ni las enfermedades desatadas. Cuando reaccionamos, cuando queremos hacer una pausa, dar vuelta atrás y mirar el camino recorrido, podemos llegar a ser conscientes de algunos de los errores cometidos, pero el mareo y el vértigo que nos provoca este escenario nos paraliza. Algunas veces es tarde, el daño es irreversible. Pero otras veces hay margen de maniobra, hay espacio para aventurarse por otros senderos, siempre y cuando se quiera avanzar a otro ritmo. El cortoplacismo, en este sentido, no solo limita la capacidad de conocer la magnitud de nuestras intervenciones, sino también entorpece la posibilidad de delinear estrategias de adaptación pertinentes y efectivas para los cambios venideros, incluyendo el cambio climático. Muestra de dicha torpeza es la reciente salida de EE.UU. del Acuerdo de París.

Somos presos del corto plazo, no hay duda, lo que nos ha impedido considerar dentro del ámbito político y económico los tiempos de resiliencia de los ecosistemas. Estamos cautivos del inmediatismo, lo que nos ha dificultado privilegiar políticas ambientales y territoriales más allá de un par de gobiernos de turno. Es tan limitado nuestro alcance de mira que consideramos poco relevante privilegiar iniciativas que buscan garantizar unas óptimas condiciones de vida en el mediano y largo plazo, pero nos fascinamos ante los avances de la tecnociencia, aunque su propio funcionamiento amenace nuestro bienestar.

Por décadas, ambientalistas, académicos, científicos y líderes populares han invertido grandes esfuerzos en desmitificar la idea económica de inagotabilidad de los recursos naturales. Hoy, de forma paralela, es necesario desmontar la creencia de que el tiempo socioeconómico de extracción, uso, aprovechamiento y descarte de materiales, es compatible con el tiempo de renovación y depuración de los mismos. No lo es, hay un desfase con balance negativo que aporta a este gran malestar (en palabras del escritor colombiano William Ospina), por lo que todo proceso de adaptación social está llamado a acoplar la temporalidad social a la temporalidad ecológica.

El día mundial del medio ambiente llega una vez más y con él la oportunidad de resaltar la importancia de la variable temporal en la actual crisis. Hay algo entre los tiempos económicos y los tiempos ecológicos que no concuerda, Einstein tenía razón: el tiempo es relativo, pero lo cierto es que avanzamos a un ritmo sin saber cuál es el nivel seguro de exposición a contaminantes atmosféricos, cuánta radiación electromagnética somos capaces de soportar, cuántas especies deben desaparecer antes de colapsar los ecosistemas, y cuál es la concentración de gases de efecto de invernadero que desatará efectos climáticos a grandes proporciones. El tiempo es oro, dicen por ahí, pero el oro, al igual que el tiempo, son cada vez más escasos.