Nicolás Jiménez

* Nicolás Jiménez

Estudió filosofía en la Universidad de los Andes y está realizando una Maestría en Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente en la Universidad de Manizales. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Es activista por los derechos de los animales

El Acuerdo de París existe en La La Land. Desconectado de las realidades de las personas afectadas por el cambio climático, desconectado de la ciencia”

Anjali Appadurai

Aumenta la indignación sobre las consecuencias que podría generar la decisión de Donald Trump de retirar a los Estados Unidos del Acuerdo de París. Una decisión que fue confirmada el pasado jueves 1 de junio, pero que ya había sido anunciada hace más de un año durante su campaña presidencial. Ahora bien, ¿tiene sentido indignarse por esto? Esta decisión es insignificante, entre otras cosas porque acogerse o no a los Acuerdos de París, no supone grandes diferencias en torno a las decisiones que puedan tomar las partes: el acuerdo no es vinculante.

Por lo que sí tendría sentido indignarse, es por la reacción que algunos sectores han tenido. La pregunta no debería ser, “¿qué pasará ahora que Estados Unidos tomó la decisión de abandonar el Acuerdo de París?”1, sino más bien, “¿representan los Acuerdos de París una alternativa real y efectiva para mitigar el cambio climático en el mundo?”.

Una autoridad de la ciencia del cambio climático como James Hansen ha señalado que el acuerdo es “un fraude y una farsa”. Y tiene razón: el acuerdo hace parte de las ya conocidas negociaciones que por más de 20 años solo han producido promesas incumplidas para construir y reconstruir las fachadas de un modelo intrínsecamente anti-ecológico. Recordemos la contundencia de las palabras de apertura de Anjali Appadurai en la Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático realizada en Durban en 2011:

Hablo por más de la mitad de la población mundial. Somos la mayoría silenciosa. Nos han dado un asiento en esta sala, pero nuestros intereses no están sobre la mesa. ¿Qué se necesita para poder participar en este juego? ¿Traer lobistas? ¿Tener influencia corporativa? ¿Dinero? Han estado negociando toda mi vida. Durante ese tiempo no han cumplido los compromisos, se han desviado de los objetivos y han roto las promesas. Pero todo esto ya lo han escuchado antes.2

Este espíritu crítico de legítima inconformidad también estuvo presente en las calles de París cuando se celebró la Cumbre sobre cambio climático en 2015. Y en esta ocasión el mensaje fue contundente: «nunca hacen historia quienes piden permiso». Con esta consigna no sólo se desafió la prohibición a protestar que se impuso en el marco de la Cumbre, sino la legitimidad misma de estos escenarios de negociación claramente orientados a favorecer exclusivamente los intereses corporativos de una minoría de la población mundial.

Un informe realizado por diferentes instituciones y observatorios europeos, como el Corporate Europe Observatory, el Observatoire des Multinationales, entre otros, demostró cómo las multinacionales responsables de la catástrofe ambiental, impusieron sus propios intereses en la Cumbre de Paris, incluso desde su etapa preparatoria. Como señaló Carlos Arribas de Ecologistas en Acción, a propósito de la Cumbre de París, “nos dirigimos hacia un «colapso ambiental» y ésta es la cuestión «fuerte» que se le está escondiendo al público”. El Acuerdo de París es todo, menos una oportunidad para luchar contra el cambio climático.

Lo que en estos días se ha difundido por los medios de comunicación y las redes sociales, no es más que una tensión engañosa. No cabe duda de que Donald Trump es un peligro para la humanidad y el planeta, pero no lo es menos el Acuerdo de París. Ambos acuden en defensa del mercado, el problema es que quienes defienden el Acuerdo lo consideran como el mecanismo idóneo para superar la crisis climática. Ahí es donde está el engaño.

Por eso podemos afirmar que la justicia climática no tiene asidero ni en el gobierno de Trump, ni en el Acuerdo de París. Lo que requiere ser transformado no es el clima sino el sistema, y ni el presidente de los Estados Unidos ni la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático van a avanzar en esa dirección.

Si hay una oportunidad para luchar contra el cambio climático, ésta se encuentra en las luchas urbanas y rurales de miles de comunidades que en el mundo entero resisten al modelo de desarrollo capitalista y construyen formas de organización social ajustadas a las fronteras ecológicas planetarias. No nos dejemos manipular por las “buenas intenciones” de líderes como Macron, Merkel y Gentiloni. Sin una transición socio-económica hacia otro modelo de producción y consumo, es imposible impedir que la temperatura global supere los 2ºC, lo que supone que al menos el 80 % de las reservas de combustibles fósiles deban permanecer bajo tierra. Pero esto sería un contrasentido en un Acuerdo como el de París que sigue el mismo hilo de los anteriores: contrarrestar el cambio climático, pero “sin poner en peligro” el crecimiento económico.

Esta transición no la vamos a encontrar en los pactos que realizan las élites, esto nunca ha funcionado y nunca va a funcionar. La única oportunidad con que contamos, es que transitemos por los caminos que han abierto personas como Anjali Appadurai, Berta Cáceres o Chico Mendes, y los miles de hombres y mujeres que, a lo largo y ancho del planeta, hacen historia sin pedir permiso dedicando sus vidas, como nos enseñó la Guardiana de los Ríos, a construir “sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida”.

  1. Es importante recordar que el artículo 28 del Acuerdo de París estipula que las partes que deseen retirarse del acuerdo, pueden hacerlo tres años después de que éste haya entrado en vigor, decisión que sólo podrá hacerse efectiva un año después de haber realizado la notificación.
  2. https://www.democracynow.org/2011/12/9/get_it_done_urging_climate_justice