Joseph Martínez

* Joseph Martínez

Profesional en estudios culturales, politólogo y máster en ciencia política de la Universidad de los Andes. Completó una maestría en estudios de guerra y desarrollo en el departamento de estudios de guerra del King's College London. Ha realizado tareas de docencia en la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad de los Andes, y tiene experiencia de investigación en Colombia, Jordania y el Reino Unido. Su trabajo se concentra en pensar las experiencias concretas que dan forma y realidad a las politicas anticorrupción, las políticas rurales, y las políticas de seguridad y de atención humanitaria en Latinoamérica y el medio oriente, desde las perspectivas de la antropología, la geografía crítica, el nuevo materialismo y los estudios críticos de seguridad

Luego de que la Contraloría General de la Nación anunciara que investigaría la propiedad de la familia de Álvaro Uribe en una de sus fincas ubicadas el Ubérrimo, el expresidente afirmó que las investigaciones no tenían ningún sustento legal. El argumento de Uribe consideraba que las adquisiciones de los predios en la región se habían hecho legalmente, por medio de transacciones financieras con terceros que de manera voluntaria habían vendido sus tierras. Uribe además justificaba que la acumulación ilegal de baldíos a la que refería la investigación de la contraloría solo era aplicable para adquisiciones posteriores al año 1994.

A la defensa de Uribe se suman sus palabras durante una declaración suya después de que se hiciera público el comunicado de la contraloría, según las cuales la empresa del Ubérrimo tenía un sentido social. Sin ofrecer más detalles sobre el carácter social de la inversión de su familia, el expresidente agrega que la investigación no es más que parte de la estrategia de consolidación del “castro-chavismo” en Colombia.

Más allá de los argumentos jurídicos que pondrían la posesión de Uribe sobre esos terrenos en aprietos, su defensa, higienizada bajo la legalidad del carácter de su propiedad, nos da luces sobre las formaciones de clase que se presentan cuando se encuentran en un mismo espacio el régimen jurídico de protección de la propiedad privada, la figura del crecimiento económico basado en la agricultura de gran escala y las formas en la que el Estado entra a la ecuación cuando el neoliberalismo sirve como el lenguaje para comprender la vida cotidiana.

El Ubérrimo, como otros espacios en Colombia, sirve como el punto de encuentro de procesos de acumulación de tierras e inversiones importantes por parte del Estado para garantizar la productividad agrícola. Las inversiones son justificadas como arreglos que producirán un bienestar social general basado en el mantra del crecimiento económico, reemplazando otro tipo de preocupaciones como la de la creación de condiciones concretas que produzcan bienestar. Esta operación que es propia de la experiencia neoliberal y su correlato, la consolidación de la economía como la ciencia más válida para entender las relaciones políticas y sociales, reemplaza la lucha política por la construcción de fórmulas de política pública basadas en “evidencia”.

Esta versión del neoliberalismo pone de manifiesto algo que en lo que David Harvey ha insistido repetidamente: es un proyecto político avanzado por una clase capitalista específica en contra de las reivindicaciones de los trabajadores. Sin embargo, los alcances de ese proyecto y sus apariciones en distintas latitudes no están inmediatamente relacionadas con el proyecto de clase que lo originó. El arreglo del discurso de Uribe y la defensa de la legitimidad de su propiedad son más bien indicativos de la forma en la que la legalización de títulos de propiedad de la tierra por medio de una transacción de mercado y los espacios que abre para la acumulación pueden dar pistas para entender un tipo específico de formación de clase en Colombia.

En una crítica a Georg Lukacs, Stuart Hall alegaba que la conciencia de clase no se corresponde automáticamente con una cierta formación de clase. Por el contrario, la conciencia de clase y la ideología se derivan de las condiciones materiales en las que un grupo social o una clase existe. Las condiciones históricas, sin embargo, podrían producir un encuentro fortuito entre una forma ideológica y una clase en particular. La clase es un proceso histórico que, dando cuenta de una relación material concreta, puede ser dispuesta y organizada por un proyecto político particular. El tipo de proyecto no siempre es previsible.

En este punto resuenan la defensa del expresidente y el proyecto social de la acumulación de tierras. La acumulación de tierras al igual que las reivindicaciones por justicia en la distribución de la tierra en el país son procesos de lucha y conflicto que sirven para darle tangibilidad a ciertas formaciones de clase, dependiendo de la posición desde la que se observe. La defensa de la gran propiedad no es menos que una forma de reivindicación de la existencia de una clase terrateniente en el país y el establecimiento de tipo de propiedad privada como más legítima que otras.

Cuando los títulos de propiedad formalizados por el Estado para facilitar las transacciones comerciales son puestos en duda, hay un ataque directo a la misma existencia del terrateniente que no sólo ha adquirido el derecho de posesión sobre el terreno, sino que en muchos casos recibe beneficios por la infraestructura instalada por estado con el fin de potenciar el crecimiento económico del sector agropecuario. El caso del Ubérrimo es indicativo al respecto; los predios de la familia Uribe Vélez, por ejemplo, se beneficiaron de las inversiones en el distrito de riego Mocarí que recibió financiación del INCODER.

El aterrizaje que hace el neoliberalismo y su encaje en las formas de acumulación en Colombia ponen de relieve una escena poco usual. La fe irremediable en el mercado usualmente lleva a que se traspasen con facilidad los límites entre lo legal y lo ilegal establecidos por el Estado. Al fin de cuentas las transacciones comerciales son el único límite moral cuando todas las relaciones sociales tienen que ser mediadas por el mercado. Sin embargo, la defensa de la gran propiedad está sustentada precisamente en la calidad indefectible de la ley que asegura los títulos sobre la tierra. Si se nota en el discurso de Uribe, su ataque no está dirigido en contra del Estado en sus distintas formas sino a los sujetos que están verbalizando las supuestas irregularidades, y sus relaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos que es presentado como uno de los tantos antagonistas de turno de la clase terrateniente.

Ahora bien, el llamado “sentido social del Ubérrimo” es el resultado directo de la exaltación del aumento de la productividad y, de paso, el crecimiento económico como fórmula única para lograr el bienestar social. Claro que la explotación de grandes extensiones es más barata por sus economías de escala y esa “evidencia” ha justificado por varias décadas en Colombia la asignación de grandes extensiones de baldíos a un número limitado de individuos. La aproximación neoliberal le da validez moral a este tipo de propiedad privada sobre otra como la de campesinos a los que sus condiciones materiales los obligaron a vender sus tierras, entregarlas a precios de ganga o sencillamente dejarlas abandonadas. Lo interesante aquí es que los reclamos de Uribe sólo son posibles dentro del Estado, un espacio que es fundamental para que su formación de clase exista.

Si bien es cierto que el neoliberalismo avanza como un proyecto de clase, sus apariciones han servido para consolidar de maneras novedosas los procesos históricos que explican diferentes formaciones de clase en Colombia. También han servido para resaltar que, aun creyendo en la fe irresoluta en el mercado, el Estado es un espacio de disputa importante. Aquí, se puede jugar el sentido común que le da mayor validez y valor moral a unas formaciones de clase sobre otras y desmontar los mitos que indican que la protección de unos intereses de clase nos benefician a todos. Aquí, se pueden consolidar otras formaciones de clase basadas en las experiencias comunes de explotación y escasez que conectan la experiencia de sujetos diversos tanto en el campo como en la ciudad, en las fábricas, los call-centers, las consultorías freelance, las escuelas y universidades y las plantaciones de palma de aceite y azúcar.