Este 25 de mayo estamos conmemorando El día nacional por la dignidad de víctimas de la violencia sexual. La fecha, que se rememora desde el 2014 y que está estipulada en el Decreto 1480 del mismo año, hace referencia al día en el cual la periodista Jineth Bedoya fue secuestrada, torturada y violada por tres miembros de grupos paramilitares, hechos que sucedieron ya hace 17 años. Aunque el caso de Jineth es uno de los más recordados, en nuestro país la violencia sexual sigue siendo una práctica impune tanto en los escenarios cotidianos como institucionalizados en nuestros tejidos sociales. Dicha impunidad ha sido sostenida por un escenario de conflicto armado y de silenciamiento, con poco reconocimiento de este tipo de violencias, así como de sus víctimas.

A pesar de que la violencia sexual es padecida y ejercida tanto por hombres como por mujeres, estas últimas han sido sus principales víctimas, mientras que los hombres se han constituido como los principales perpetradores. El Boletín del 2016 de la Corporación Sisma Mujer estipula que para el 2015 entre el 85% y el 86% de las víctimas de la violencia sexual en Colombia fueron mujeres y niñas, y que en los casos ocurridos en el marco del conflicto armado el 91% de las víctimas fueron cuerpos sexuados como femeninos (Sisma Mujer, 2016, p.4). Estos datos, más que retratar la profundidad de la problemática, que ha sido denominada por algunas personas como una epidemia, demuestran que la violencia sexual ha sido usada en el conflicto armado como un repertorio de guerra.

Sin embargo, a pesar de las particularidades de nuestro contexto, caracterizado por un conflicto armado profundamente degradado, el uso de la violencia sexual no es algo novedoso dentro de las guerras. Podemos encontrar en nuestra historia numerosos caso en los cuales la violencia sexual ha sido usada como arma y estrategia. No es posible olvidar la violación de miles de indígenas en el marco de la conquista española, siglos atrás, y el uso de la violación como una de las técnicas de la cacería de brujas en Europa y en el Nuevo mundo (Federici, 2010).

Las feministas hemos reflexionado sobre los diferentes significados de estas violencias, particularmente en términos de las implicaciones que tienen en los cuerpos de las mujeres violentadas, sus efectos en la ruptura de las comunidades y los tejidos sociales, y las diferentes formas de resistencia que se le han opuesto. Aunque estas reflexiones son de gran importancia en la medida en que nos permiten entender algo que a menudo es para nosotras incomprensible, nos hemos concentrado muy poco en la figura del perpetrador y los perpetradores. En este sentido, quisiera plantear una breve discusión sobre las masculinidades de los victimarios y de los hombres cercanos a las víctimas para pensar cómo la transformación de estas ideas puede cambiar la manera en que entendemos la violencia sexual, sus usos estratégicos en el marco de diferentes contextos de violencia y combatirlas.

¿Quién es el victimario?

A menudo la discusión sobre la violencia sexual nos ha hecho recrear la idea de los hombres como potenciales violadores en cualquier contexto. Esto es el resultado de la articulación de dos ideales de la masculinidad hegemónica: el primero hace referencia a los hombres como poseedores de una sexualidad insaciable; el segundo al nexo que históricamente se ha establecido entre los hombres y la violencia. Si bien es cierto que las identidades masculinas a menudo ponen en juego ambos valores, tal como ha señalado Rita Laura Segato en varias ocasiones, la violencia sexual no se encuentra tan íntimamente ligada a un deseo sexual insaciable por parte de los hombres, sino que se encuentra más bien ligada a sus prácticas de violencia, aún cuando es una violencia fundamentalmente ejercida sobre los cuerpos de las mujeres y su significado trasciende los límites de dichos cuerpos.

Lo que se pone en juego en las violaciones, así como en otras formas de violencia sexual, es una identidad masculina que apela a la virilidad como un atributo de poder y dominación. Así, la violencia sexual de los hombres hacia las mujeres tiene una doble dimensión en la mayoría de los casos: por un lado, tiene como objetivo ejercer una violencia particular sobre el cuerpo de las mujeres, que no necesariamente termina con la muerte; por otro lado, establece un vínculo particular con los demás hombres, cuyas masculinidades no sólo están construidas de forma relacional con las mujeres, sino y de forma enfática en sus relaciones con los demás hombres.

En este sentido, un elemento fundamental de las formas en que tradicionalmente hemos entendido la violencia sexual tiene que ver con el cuestionamiento de la masculinidad de los hombres de la comunidad, grupo, sociedad, o nación a la que pertenecen las mujeres violadas. Esta preocupación, que apela sobre todo a la virilidad masculina, termina por ubicar en el centro de los repertorios de guerra a los cuerpos de las mujeres, víctimas de situaciones en las cuales el poder y la dominación masculina pasan por la “capacidad” o no de defender a “sus” mujeres.

A pesar de estos significados y efectos de la violencia sexual para las masculinidades y la forma en que en sus diferentes registros, ya sea hegemónicas, subordinadas, cómplices o marginalizadas, se relacionan (Connell 2013 [2005]), quisiera proponer una forma alternativa para comprender estas violencias, tratando de desplazar del centro del problema los valores que le adjudicamos a la masculinidad hegemónica, y a la noción individualizante de dichas formas de violencia. Para ello es fundamental retomar la noción del cuerpo anclada en el territorio y la comunidad, que ha sido propuesta por los feminismos indígenas y comunitarios.

La violación es siempre una violación del territorio cuerpo-tierra

A menudo el feminismo occidental ha planteado la idea del cuerpo como un lugar de violencia y de resistencia, en este sentido se ha tratado de denunciar que sobre los cuerpos individuales de las mujeres recaen diferentes formas de violencia, una de las cuales es la violencia sexual. Sin embargo esta noción del cuerpo genera a menudo una noción individualizante de los cuerpos sexuados, ensancha el grueso de la piel que nos separa a cada una de nosotras. La apuesta del feminismo comunitario desde Abya Yala nos plantea una noción del territorio cuerpo-tierra que implica una relectura del cuerpo como algo mucho menos individual, siempre ligado a la comunidad y a la tierra (Cabnal, 2010, p. 22).

Esta idea del cuerpo no sólo nos permite entender y denunciar la violencia sexual, de tal manera que ya no se fundamente en la idea de hombres incapaces de defender a “sus” mujeres, y pone en el centro las formas en que estas violencias son capaces de destruir relaciones de la comunidad y la tierra. Esto puede evidenciarse en la forma en que las mujeres colombianas fueron y son violadas por grupos paramilitares como estrategia aleccionadora, particularmente de aquellas mujeres que han resistido y defendido los tejidos sociales, amenazados por la violencia. La presencia frecuente de la violencia sexual padecida actualmente por las lideresas boavarenses es un ejemplo escalofriante de cómo la violencia sexual se inscribe en los repertorios de los grupos armados.

A pesar del miedo y el temor que las mujeres en muy diferentes contextos sentimos en nuestros cuerpos, la apuesta de los feminismos comunitarios nos invita a repensarnos las formas en que, como hombres y mujeres, estamos entendiendo la violencia sexual y la estamos resistiendo. El llamado que nos hacen estos feminismos, y que en mi opinión deberíamos retomar, supone un nexo profundo entre la violencia que atraviesa el cuerpo de una mujer y el cuerpo de una comunidad: “Al someter a la mujer se somete a la comunidad, porque mujer es la mitad de la comunidad y al someter a una parte de la comunidad, los hombres se someten a sí mismos porque ellos también son la comunidad” (Paredes, 2008, p. 10).

Estas reflexiones no suponen olvidar ni negar la experiencia individual encarnada de las mujeres que son víctimas de esta violencia. Tampoco asume destacar como eje central de la preocupación la negación de la virilidad de los hombres. Por el contrario, nos invitan a pensar que cuando una mujer es víctima de violencia sexual, no solo es ella la afectada, sino que los lazos sociales construidos que nos unen como hombres y mujeres de una misma sociedad son a su vez violentados. Al lado de Jineth Bedoya, hay cientos de miles de mujeres y hombres colombianos, pero al reconocer la complejidad de las formas de violencia, debemos movernos a reflexionar sobre las maneras en que nos encontramos a su lado, ligados por los lazos de la comunidad y territorio.

Referencias

Cabnal, Lorena (2010) “Acercamiento a la construcción del pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala” en Feminismos diversos: El feminismo comunitario. Segovia: Asociación para la cooperación con el sur. pp. 10-25

Connell, Raewyn, (2013 [2005]). “The social organization of masculinity”, in Carole MacCann y Kim Seung’Kyung, en Feminist Theory Reader Local and Global Perspectives, Pp 252-264

Federici, Silvia (2010) El calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de sueños.

Paredes, Julieta (2008) . Hilando fino. Desde el feminismo comunitario. Consultado online en: http://mujeresdelmundobabel.org/files/2013/11/Julieta-Paredes-Hilando-Fino-desde-el-Fem-Comunitario.pdf

Sisma Mujer (2016) “La erradicación de la violencia sexual contra las mujeres y las niñas: un paso definitivo hacia la paz. Situación 2015” Consultado online en: http://www.sismamujer.org/wp-content/uploads/2016/11/Boletin-No.-10.-25-de-mayo.-Dia-Nacional-por-la-Dignidad-de-las-Victimas-de-Violencia-Sexual.pdf