Contrario a lo que afirma Hernando Gómez Buendía en su columna de El Espectador del 23 de junio de 20171, considero que el país va por buen camino y tiene un rumbo claro.

La teoría económica marginalista o moderna que domina el mundo académico y las ideas de mucha gente, plantea que la economía existe para satisfacer las necesidades humanas. Para Samuelson, premio Nobel de Economía, por ejemplo, la economía es el estudio de cómo las sociedades usan recursos escasos para producir bienes y distribuir entre diferentes personas. Y enfatiza que el propósito final de la ciencia económica es mejorar las condiciones de vida de la gente en su vida cotidiana (p. 6)2. La idea subyacente es que existe una economía que busca satisfacer las necesidades de sus habitantes, que existe una sociedad con propósitos comunes. Esta idea es similar al lugar común sobre el papel del Estado, que consiste en señalar que es el representante o garante de los intereses comunes de la sociedad. Es evidente que en estas perspectivas se ignora, u omite intencionalmente, la existencia de diferentes intereses en conflicto y también, por tanto, la existencia de clases sociales que obtienen resultados muy diferentes en el proceso económico.

Gómez Buendía señala en su artículo sobre las perspectivas con el proceso de paz que las encuestas muestran que el 79% de los entrevistados cree que el país va por mal camino pero concluye señalando, después de examinar las perspectivas del postconflicto, que “por todo lo anterior hay que decir que el país no va ‘por mal camino”: en realidad no va para ninguna parte”. Refiriéndose al Acuerdo con las FARC destaca como un logro el fin del conflicto armado pero afirma que “no hay razones objetivas para esperar ningún cambio adicional.”

Cuando se refiere al país parecería que Gómez Buendía piensa como los economistas modernos, que efectivamente puede hablarse de propósitos de país, lo cual, en mi opinión, es partir de un supuesto equivocado e ignorar que dentro del mismo país les puede ir mucho mejor a unos que a otros, algo que pienso no debe ignorar el articulista. Con violencia y sin violencia un porcentaje ínfimo de la población, dueño de los medios de producción y del capital financiero, se queda año tras año con la mayor tajada del producto nacional y acumula más y más riqueza que destina a incrementar su consumo o aumentar sus inversiones, ya sea en el país o en el exterior.

Esta parte de colombianos no va por mal camino. Puede ser que unos años les vaya mejor que otros, puede ocurrir que algunos de los capitalistas fracasen pero otros ocupan su lugar, pero constantemente reciben sus rentas multibillonarias y consolidan su poder económico. Para ellos el país si va para una parte: para la suya. Por tanto, no es necesario cambiar para nada el modelo económico si les produce tan grandes beneficios. En los diálogos de paz el gobierno nacional se mantuvo en la posición de que no habría un cambio de modelo porque evidentemente su interés es mantenerlo; el Estado está básicamente al servicio de dichos intereses, de los cuales se beneficia también una parte importante de sus servidores.

Al mismo tiempo, la otra parte del país sigue en lo mismo, o peor. Obligada a trabajar para enriquecer a los otros, ganando la gran mayoría de familias menos de dos salarios mínimos mensuales y con cerca del 30% con niveles de pobreza, es decir, sin poder adquirir siquiera la canasta básica, además de un 9% que ni siquiera alcanza a comprar lo requerido para alimentarse bien. Para esta gran mayoría de colombianos el país sigue por el mal camino.

Para esta gran mayoría el desempleo es un problema, efectivamente, lo mismo que los bajos ingresos, pero no es un problema para el país en su conjunto. El desempleado padece el drama de no poder obtener una fuente de ingresos y muchos de los empleados sufren por obtener un monto insuficiente para sus necesidades y aspiraciones. Pero, para el modelo económico, el desempleo y los bajos salarios son una condición útil. Para los capitalistas la fuerza de trabajo es un costo que trata de reducir al máximo, no un ser humano ni un miembro de la sociedad en igualdad de condiciones. Por eso se oponen sistemáticamente al aumento de los salarios y buscan todos los medios para reducirlos o contenerlos, tarea en la cual los ayuda diligentemente el Estado, aun cuando tenga eventualmente ministros de trabajo de “izquierda”.

Y aunque tratan de argumentar cínicamente que se oponen al aumento de los salarios en beneficio de los propios trabajadores, lo cierto es que si aumentan los salarios bajan sus utilidades. Y dentro del capitalismo se produce para obtener ganancias no para satisfacer las necesidades de las personas. Con respecto al desempleo la situación es similar: lo que es un drama para los desempleados y sus familias es una situación muy útil para la clase capitalista en su conjunto; de este modo siempre tienen a su disposición una fuerza de trabajo disponible para cuando la necesitan y además dispuesta a venderse a un menor precio, con lo cual restringen aún más las demandas por incrementos salariales de los empleados. El desempleo configura una estructura de mercado que le otorga a los patronos un poder aún mayor en el mercado de trabajo y en las negociaciones con los sindicatos.

Por tanto, el país si va para una parte: para donde los capitalistas. El capitalismo en Colombia es como una gran empresa en la cual un puñado de personas se las ha arreglado para poner a trabajar a todos los demás en su favor. Es una empresa que genera una fuente permanente de riqueza a favor de unos pocos. No es lógico esperar, entonces, que decidan voluntariamente cambiar esta situación ni mucho menos que su representante, el Estado, promueva un cambio de modelo.

Es mejor no comprender las causas de fondo.

Evidentemente los economistas modernos observan la existencia de miseria, la pobreza, la desigualdad del ingreso. Pero consideran que esto no es un problema del sistema económico, del sistema de economía basada en el libre mercado, sino de la distribución, como si esto fuera ajeno a la economía. Miremos lo que dice Samuelson, después de reconocer que el mecanismo del mercado produce soluciones inaceptables en cuanto a la distribución de los ingresos: “La razón es que los ingresos están determinados por una amplia variedad de factores, incluyendo el esfuerzo, la educación, la herencia, los precios de los factores y la suerte. La distribución efectiva del ingreso puede no corresponder a un resultado justo. Más aún, recordemos que los bienes siguen a los votos no a las necesidades mayores. El gato de un hombre rico puede beber la leche que un niño pobre necesita para permanecer saludable. ¿Sucede esto porque el mercado está fallando? En absoluto, porque el mecanismo del mercado está haciendo su trabajo –poniendo los bienes en las manos de aquellos que tienen los votos en dólares. Si el país gasta más en fertilizar sus prados que en alimentar los niños pobres, esto es un defecto de la distribución del ingreso y no del mercado” (p. 39).

Esta visión es compartida por muchos economistas y analistas de la realidad colombiana. El sistema de mercado es muy bueno, simplemente tiene algunas fallas. Una de esas fallas es la distribución del ingreso, pero en su análisis no les interesa para nada ir a fondo de las causas sobre la desigual distribución. Por esto, les dan mucha importancia a factores como la suerte, la herencia, la educación, en un claro esfuerzo por no investigar a fondo. Es un lugar común en columnistas de muy diversas corrientes en Colombia lamentarse de la enorme desigualdad del ingreso en Colombia y calificarla de formas muy diversas, intolerable, injusta, desproporcionada, etc. Pero es mucho menos frecuente encontrar que se pase de la observación del síntoma al diagnóstico de las causas; a preguntarse, por ejemplo, porque la mayoría de los trabajadores son un costo que hay que reducir. De este modo, se puede llegar a proponer medidas de corrección del ingreso por la vía tributaria siempre y cuando no se toque en ningún momento el origen: la desigualdad en los lugares que ocupan las personas en la producción.

En una reciente charla dijo Maurice Armitage, alcalde de Cali que al país se lo va a llevar el diablo porque “no sabemos distribuir el ingreso” y considera que esto es gravísimo, añadiendo que el país no va a cambiar en la medida en que no se aborde seriamente el problema de la distribución del ingreso. ¿Contemplará Armitage una explicación diferente? Es decir que no se trata de que los capitalistas no saben distribuir el ingreso, ¿sino que no quieren hacerlo?

 

  1. http://www.elespectador.com/opinion/y-no-hubo-posconflicto-columna-699809
  2. Samuelson, Paul y William Nordhaus, Economics, 17th edición, McGraw-Hill Irwin, 2001.