Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

El descubrimiento de las minas de oro y plata en América, el exterminio, la esclavización y el confinamiento de la población aborigen en las minas, la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en una madriguera reservada para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la producción capitalista. Estos idílicos procesos constituyen los factores principales de la acumulación originaria

(Mi traducción, Karl Marx, Capital [2006, 533])

En “La llamada acumulación originaria del capital”, Karl Marx confronta el problema de entender la relación existente entre el capitalismo y su exterioridad. Dicha exterioridad cabe entenderla en un triple sentido, a nivel temporal, espacial, y subjetivo. A nivel temporal, la exterioridad del capital hace referencia a la violenta historia de su formación, contra la naturalización del capitalismo en el discurso de la economía política clásica, uno que Marx (2006, 507) adecuadamente ridiculiza en el caso de Adam Smith, al compararlo con el mito bíblico del pecado original. De acuerdo con Marx, al igual que el mito cristiano de la manzana mordida—que le permite al creyente evadir la explotación, inequidad, y pobreza de su realidad concreta como si esta fuera el resultado no de las siempre transformables relaciones humanas de organización del poder sino de la inaccesible e inescrutable voluntad divina—el mito de la economía clásica también tendría por objeto ocultar la rapiña, el genocidio, y la brutalidad sistemática que permitieron la acumulación originaria del capital (ver epígrafe), procesos reemplazados con la anestésica imagen del trabajador industrioso y del esfuerzo individual que le dieron al inglés una ventaja comparativa (David Ricardo) frente al resto de la humanidad. Contra el mito que naturaliza el capitalismo como el horizonte teleológico de una industriosa humanidad, conspicuamente ejemplarizada por el hombre inglés, Marx opone la necesidad de historizar el capital como una “etapa” socialmente transformable en el modo en que los hombres y las mujeres organizan la producción material de su existencia. Más allá del potencial determinismo histórico que la direccionalidad temporal de la “etapa” sugiere, la historiografía Marxista implicaría una detallada investigación sobre las brutales prácticas que condujeron a la expropiación del campesinado de sus medios de producción, el confinamiento de las mujeres al espacio doméstico y la subsecuente expropiación de sus conocimiento y de su propio cuerpo, la expropiación de las comunidades indígenas de su tierra tras la colonización de sus territorios, y la subsecuente sustitución de su decimada mano de obra (el más grande genocidio de la historia), con mano de obra esclavizada en África, doblemente expropiada al ser convertida en mercancía de intercambio.

Aquí confluyen la dimensión espacial y subjetiva de la exterioridad del capital, es decir, la brutal transformación del espacio pre-capitalista mediante la extensión geográfica del mercado global, y la brutal transformación subjetiva de las formas de vida pre-capitalistas en mano de obra no remunerada. A nivel geográfico, el capitalismo colonizador integra sus periferias según las modalidades de la extracción, apropiándose de recursos naturales cuya riqueza el capital puede acumular sin costo alguno, más allá de las costosas estructuras represivas del (para)estado que garantizan el abaratamiento de dichos recursos, y que operan mediante la intimidación, el destierro, y la sistemática liquidación de quienes se oponen al mismo. A nivel subjetivo, el capitalismo colonizador integra al trabajador no-remunerado mediante las distintas formas de desapoderamiento que le permiten apropiarse de su fuerza laboral sin tener que pagar por la reproducción de la misma. Esta diferencia, entre el trabajo “libre” que se explota en la fábrica y el trabajo no libre que se apropia en la plantación, el hogar, el campo, la mina, el puerto, etc., también resulta en una considerable inversión en los aparatos represivos del (para)estado por parte del capital, sin los cuáles sería imposible garantizar dicha híper-explotación.

Si el feminismo marxista, la teoría de la subalternidad y el afro-pesimismo, entre muchas otras aproximaciones teóricas, han vuelto sobre la llamada acumulación originaria del capital, es porque, como bien lo dice Jason Moore (2015, 191), esta parecería sugerir una revisión importante en la teoría marxista del valor, capaz de acomodar todas esas experiencias sociales previamente excluidas de su universo conceptual. Si bien es cierto que lo que produce valor en el modo de producción capitalista es la cantidad de trabajo socialmente necesario que se requiere para producir una mercancía, la temporalidad de dicha necesidad aparece mediada por formas de trabajo que no aparecen reconocidas como tal, o por recursos naturales cuya reproducción tampoco resulta incluida en la ecuación de lo socialmente necesario. En otras palabras, ese trabajo y esos recursos naturales no se explotan, en el sentido tradicional de la extracción de una plusvalía mediante la reducción del tiempo que el trabajador dedica para la reproducción de sus propias necesidades sociales, sino que se apropian en un sentido mucho más radical y exhaustivo del ser en su totalidad. De ahí la distinción que Moore (íbid) propone entre la “explotación (al interior de la mercantilización) y la apropiación (al exterior de la mercantilización pero subordinada a ella)”, una distinción similar a aquella que Frank Wilderson (2010) sugiere entre la alienación que caracteriza la experiencia del trabajador en la sociedad civil y la fungibilidad que caracteriza la muerte social de la esclava y del esclavo negro, completamente excluidxs de la sociedad civil.

Aquí cabe señalar, como bien ha insistido el feminismo marxista, desde el influyente texto de Rosa Luxemburg, La acumulación del capital (1913), hasta aquel de Silvia Federici, Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004), que dicha acumulación originaria no es un evento del pasado, sino una necesidad constante del capital, de reinventar retroactivamente, por así decirlo, aquello que expulsa a su exterioridad y que David Harvey (2005) prefiere denominar, “acumulación por desposesión”. De ahí la “(dis)continuidad” que le atribuyo a la acumulación originaria del capital en Buenaventura, que debe ser leída en su doble sentido, como continuidad que se rehúsa a pensar el racismo del capitalismo como algo del pasado, y como discontinuidad que da cuenta de las formas cambiantes de su violencia actual. De modo que la continuidad histórica que le atribuyo a esta acumulación originaria no busca homogeneizar las violencias mediante las cuales el capitalismo colonizador de la conquista en el largo siglo XVI consiguió incorporar lo que el imperio llamaría “América”, con las violencias que caracterizan la intensificación del neoliberalismo en el siglo XXI, recientemente desatadas en la violenta represión del paro cívico de Buenaventura por parte del estado colombiano. La violencia no es la misma. La continuidad, sin embargo, busca acentuar los sorprendentes paralelos entre ambos procesos históricos. En primer lugar, las lógicas extractivas que caracterizaron la relación de la corona española con la colonia se repiten en la lógica extractiva que caracteriza la relación de la inversión extranjera de la empresa transnacional y su apetito por hacerse a los recursos naturales del pacífico colombiano. Así también, el principal obstáculo en el violento abaratamiento de dicha acumulación por desposesión sigue siendo la heroica resistencia de la gente negra a consentir las condiciones de su exclusión, desde la formación de los palenques en su histórica resistencia a la esclavitud, hasta la formación de las comunidades de paz contra todos los actores armados del conflicto (incluido el estado) en la década de los noventa. La continua acumulación de la tierra y del trabajo confluyen en la racista expulsión del pueblo negro de Buenaventura al exterior de la sociedad civil, una violencia que se traduce en la espectacularidad de su inequidad, en donde coinciden la riqueza que el puerto le deja a la nación—en donde el recaudo por aduanas de Buenaventura (27%) excede incluso el de Bogotá (25%)—y la extrema pobreza a la que se ha sometido a su población (64% de la población urbana y 91% de la rural).

Al igual que sucedió en la colonia, dicha expulsión es siempre el resultado de una violencia sistemática contra el intento de la población por resistir sus condiciones de despojo. Y como bien lo señaló Gonzalo Sánchez dos años atrás, en una entrevista que le hizo la Revista Semana a propósito de su informe, “Buenaventura, un puerto sin comunidad”, Buenaventura “agotó el diccionario de la violencia”, condensando “toda la perversidad de la guerra”, desde “asesinatos, torturas, secuestros, extorsiones y violencia contra la mujer (…) hasta llegar a las casas de pique”. En dicha violencia ha participado el capital transnacional, el estado colombiano, las estructuras paramilitares (principalmente en el caso de los Urabeños y los Rastrojos) y la guerrilla, pluralizando e intensificando el destierro, la desaparición forzada, y la continua eliminación de la gente negra, que eran la exclusiva responsabilidad de la corona cuando el capitalismo comenzaba a adquirir el estatus de una destructiva ecología mundial en el largo siglo XVI (Moore 2015, 181-187). De ahí que también hable de discontinuidad. Dicha discontinua intensificación de la violencia es hoy inseparable del modelo de acumulación neoliberal. De ahí que concluya esta columna con una referencia a la persuasiva tesis de Saskia Sassen (2010), en su intento por entender el neoliberalismo como una suerte de re-activación de la acumulación originaria del capital, que tendría por objeto no tanto la subsunción de las economías pre-capitalistas en la lógica global del mercado, sino la integración de viejas economías capitalistas en su actual fase híper-capitalista, es decir, del capitalismo en esteroides que representa la hegemonía financiera, capaz de acumular trabajo y recursos futuros en el presente, mediante las estrategias de endeudamiento infinito que generaron las políticas de ajuste estructural del FMI, el Banco Mundial, y la OMC durante las décadas de los ochenta y los noventa. Es en el contexto de dichas transformaciones que quisiera subrayar una de las varias tesis de Sassen, a propósito de la transformación sistémica que esta nueva fase de acumulación originaria del capital implica. De acuerdo con Sassen (2010, 27-31), la destrucción de previas economías mediante la relocalización de recursos hacia el pago del endeudamiento forzado, y la creciente importancia del territorio de cara a las crisis ecológicas que ha generado la transformación capitalista de los recursos naturales (comprometiendo la seguridad alimentaria de los pueblos, expropiándolos de sus recursos hídricos, minerales, etc.), se traducen en una revalorización del territorio por encima de la población que lo habita. La población ya no es, como lo era durante la fase de acumulación keynesiana, valorada por su trabajo y por su capacidad de consumo, sino forzosamente desplazada, es decir, re-significada globalmente como una población descartable. De cara a la intensidad de dicho fenómeno, Sassen considera el término “exclusión social” incapaz de dar cuenta de la intensificación del destierro, y decide acuñar el término “expulsión” para significar la radicalización de la violencia en la fase neoliberal (ver Sassen 2014). Expulsadxs del capitalismo global, la comunidad negra puede habitar un territorio rico en recursos hídricos sin tener acceso al agua por más de nueve horas cada dos días y solo de manera intermitente. Expulsadxs de la sociedad civil, el derecho constitucional de las comunidades negras a la consulta previa puede ser constantemente violado, sus protestas (para)militarmente infiltradas, y la represión estatal eficientemente implementada, todo ello con el objetivo de garantizar la salida de los contenedores por el puerto.

Si la expulsión sistemática que implica la acumulación originaria nunca está exenta de violencia, también es cierto que tampoco está exenta de resistencia. En la poderosa consigna “El pueblo negro no se rinde, ¡carajo!” se encierra el histórico reclamo de un pueblo que ha resistido por siglos contra las condiciones des-humanizantes del capitalismo colonizador. El pueblo negro nuevamente se ve forzado a resistir las condiciones de su destierro, como lo señala Jaime Arocha, en la valiente movilización que protagonizó Todos Somos Pazcífico, la Asociación Rostros Urbanos, y la creatividad artística de reguetoneros y grafiteros, entre muchxs otrxs activistas del movimiento, de continuar luchando por el reconocimiento de sus derechos pese a la violencia que les amenaza. También han sido las demás comunidades negras las primeras en entender lo que está en juego en Buenaventura, y han sabido expresar simbólica y materialmente su solidaridad de manera inmediata, como sucedió en el caso de lxs estudiantes, profesorxs y trabajadorxs de las Universidades del Pacífico y del Valle, y del movimiento de mujeres negras en La Toma, Cauca, por mencionar unos pocos. Se trata de una coyuntura en la que el estado intenta institucionalizar la paz con las Farc-Ep, sin que dicha institucionalización ponga en riesgo la continuidad del modelo de desarrollo extractivista, ni suponga el serio desmantelamiento de las estructuras paramilitares no desmovilizadas (las bacrim) en el pacífico y el resto del territorio nacional.

De modo que es imposible subestimar lo que está en juego en Buenaventura, en donde se redefine la (dis)continua acumulación originaria del capital, en el marco de la reestructuración neoliberal del estado de cara al postconflicto. La violencia de dicha redefinición no ha demorado en materializarse, y el posconflicto no ha supuesto un cambio en la capacidad devoradora del “estado etnofágico” (término de Santiago Arboleda, citado en Arocha 2017). El exceso de sus violencias también se hace manifiesto en los nuevos y sistemáticos asesinatos de líderes sociales en todo el territorio nacional—lo que ya se anuncia como un nuevo genocidio político, al estilo de la exterminación de la Unión Patriótica—y en el abandono en el que el estado ha dejado a miles de presos políticos de las Farc-Ep en las cárceles de Colombia, ahora que se cumple semana y media de la huelga de hambre que más de mil quinientos iniciaron en protesta contra el incumplimiento de las amnistías y otras formas de exoneración de responsabilidad penal y excarcelación pactadas en el Acuerdo de Paz firmado en La Habana y previstas en la Ley 1820 de 2016.

En la capacidad del pueblo negro de resistir la “expulsión” global y la “etnofagia” del estado nacional, y de la sociedad civil de presionar al estado colombiano para que cumpla con lo pactado en los acuerdos de paz, se juega hoy la posibilidad de abrirle un horizonte anti-capitalista y de-colonizador al país. La posibilidad material de dicho horizonte es lo que está en juego en la actual movilización del pueblo negro colombiano, que sigue sin rendirse ante la (dis)continua acumulación originaria del capital en Buenaventura.

Literatura consultada

Arocha, Jaime. “La Generación del destierro” El Espectador (3 Julio 2017).

Federici, Silvia. 2004. Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficante de Sueños.

Luxemburg, Rosa. [1913] 2003. The Accumulation of Capital. New York: Routledge.

Marx, Karl. 2006. Capital Vol. I. New York: Penguin.

Moore, Jason. 2015. Capitalism in the Web of Life. New York: Verso.

Sassen, Saskia, 2010. “A Savage Sorting of Winners and Losers: Contemporary Versions of Primitive Accumulation.” In Globalizations 7 (1-2): 23-50.

Sassen, Saskia. 2014. Expulsions: Brutality and Complexity in the Global Economy. Cambridge: Harvard University Press.

Wilderson, Frank B. 2010. “The Prison Slave as Hegemony’s (Silent) Scandal.” In Warfare in the American Homeland, edited by Joy James. Durham: Duke University Press, pp. 22-34