Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Si tenemos en cuenta nuestra tradición de pensamiento político, la opinión siempre ha sido asimilada a un habla excesiva que iba en contra de los órdenes legítimos del discurso. La mera opinión desde Platón siempre fue asimilada a las palabras de la muchedumbre que no tenía ninguna razón de hacer parte de los asuntos comunes, pues no haría más que expresar los ciegos deseos de personas carentes de virtud, de educación. En otras palabras, el habla de cualquiera no representaba otra cosa que la desviación de la correcta administración de lo público.

Tenemos así que la opinión se perfilaba como un interés particular frente a los intereses comunes. La política se volvió algo de expertos, lo público se redujo a un pequeño espacio en donde un reducido grupo de hombres se hacían cargo de los asuntos comunes. Podemos decirlo sin ningún impedimento: la política devino oligárquica. Ahora bien, a pesar de los siglos que nos separan de las denuncias de los griegos al habla de los muchos, para cualquiera resulta evidente que la política de nuestros tecnificados Estados concierne a los que saben.

Es cierto que nuestras sociedades han creado canales de comunicación para que el habla de los muchos y su opinión se traduzcan, de alguna manera, en la voz de los representantes políticos quienes discuten las demandas del pueblo. Esto porque las peticiones de los muchos deben pasar por el test que pone a prueba si en efecto sus demandas hacen parte de lo que es considerado público. Sin embargo podemos considerar las siguientes preguntas ¿lo público necesariamente es aquella esfera reservada a algunos asuntos específicos? O mejor aún ¿Lo público constituye aquellos asuntos que conciernen al bienestar de todos, como por ejemplo la máxima que dice que hay que darle vía libre a los gestores del capital mundial para direccionar la agenda política de muchos Estados?

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos decir que oponer la opinión hacia lo político ha traído como consecuencia que lo público se vuelva una esfera reservada para unos asuntos inamovibles. Esta oposición ha traído como consecuencia que nuestros políticos no vean otra cosa que irracionalidad en las demandas de las personas y colectividades que han estado dispuestas a darle otro sentido a lo público. Pero ¿no resulta contradictorio que lo público sea una esfera de los asuntos inamovibles cuando los que deciden sobre qué hace parte de lo común son los oligarcas, es decir, los pocos? ¿Una concepción tal no sería más bien la muestra de una privatización de lo que es público?

Las anteriores preguntas nos sugieren revertir lo que usualmente concebimos como público, y decir que la esfera de los asuntos comunes no existe cuando se fijan las fronteras entre lo que es de interés común general y lo que no, sino más bien existe cada vez que ponemos en tela de juicio la separación tajante entre los asuntos públicos y los asuntos privados. La historia es clara: son los movimientos de muchos los que han logrado crear lo público. Son los movimientos de mujeres los que han puesto presente que la opresión patriarcal no concierne a la naturalidad de los asuntos privados, o también han sido los trabajadores los que han mostrado el carácter eminentemente público de la opresión de las leyes del mercado sobre sus vidas. Y por el mismo lado han sido los muchos quienes han reclamado que la discriminación racial no se reduce a las leyes de la genética, sino hace parte de una construcción social injusta.

De ahí podamos decir que la opinión pública es la lógica que rompe con la privatización de lo público, es la forma en la que se ponen de manifiesto temas en la esfera pública que no hacían parte de los asuntos comunes.

Diremos así que si la política tiene un quehacer con la opinión pública será crear los escenarios de discusión y de visibilidad para que aquellos asuntos que están vetados de aparecer sean del interés común y adquieran entonces una visibilidad. Los y las profesionales de la política no deben ser expertos que refuerzan los límites entre las opiniones y las razones, puesto que la política ha sido desde siempre un conjunto de actos de multitudes presuntamente inexpertas que han logrado revertir el curso natural de la dominación. Tal ha sido nuestro objetivo con el reciente portal de análisis y opinión política www.palabrasalmargen.com.