Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

El 25 de agosto de 2009, durante un cambio habitual de clase en un colegio de estrato alto, una estudiante de 16 años tuvo una fractura en la vértebra lumbar que le ocasionó pérdida del control de esfínteres, una parálisis permanente de la pierna derecha y graves afectaciones en su pierna izquierda, por lo que debe usar silla de ruedas, sin mencionar el trauma psicológico; todo por el “matoneo” de sus compañeros de curso1.

Más recientemente, el 10 de abril de 2013, se informó que un niño de 9 años fue hospitalizado luego de recibir una golpiza por tres de sus compañeros en un colegio de Bosa2. El 2 de mayo murió un joven estudiante en lo que sería otro caso de matoneo en Bogotá3, y el 13 de mayo se informó que un niño de 13 años, acosado y extorsionado por sus compañeros de colegio, en Bello Antioquia, fue asesinado4. Esta ojeada superficial de la prensa en los últimos meses permite afirmar que el matoneo se ha convertido en un problema socialmente relevante en la sociedad colombiana.

Los formadores de opinión han ensayado varios diagnósticos para tal fenómeno. Tales dictámenes, más que como lecturas objetivas de la forma como se debería afrontar el problema, funcionan como síntomas de algo quizás más grave: las concepciones hegemónicas de lo que debe ser nuestra sociedad y el papel que en ello se asigna a la educación.

En el contínuum de la opinión pública colombiana sobre el matoneo es posible distinguir dos posiciones extremas: el modelo “la letra con sangre entra” y el modelo “laissez faire, laissez passer” Una posición contraria al matoneo, fundada en una lectura punitiva del problema, donde los seres humanos son por naturaleza “malos” y requieren ser “domesticados”, y una posición que sostiene que el matoneo es necesario en la formación de las personas y, por tanto, las políticas para prevenirlo o afrontarlo pueden ser perjudiciales.

El primer enfoque puede leerse en una entrada del blog del escritor Marco Antonio Valencia5. Desde su punto de vista, los seres humanos son por naturaleza malos, crueles y violentos: “el hombre nace salvaje y podría ser un peligro universal durante toda su vida si no lo meten a un aula de clases para domesticarlo… el hombre es malo por naturaleza, y si la sociedad no lo educa y no lo corrige, entonces comienza a padecer la intolerancia, la maña y la crueldad de los salvajes”.

En consecuencia, es necesario generar acciones para prevenir las conductas de matoneo, que empiezan por la corrección en el hogar y la escuela. Sobre los niños hay que ejercer el principio de autoridad, la disciplina, para civilizarlos y prepararlos para su vida en sociedad: “A la escuela llegan niños y niñas bien cuando tienen la fortuna de tener padres que medio los han formado en valores, el respeto al otro y el cumplimiento de ciertas normas sociales de convivencia. Pero también llegan espíritus salvajes es (sic) estado puro… Fiscalías y juzgados están llenos de casos de historias de niños y jovencitos perversos haciéndole daño a la sociedad porque sí, porque les da la gana, por molestar, por divertirse, porque no tienen nada qué hacer…”.

La otra posición extrema puede leerse en la columna de Julián López de Mesa6, el 5 de junio de 2013, donde justamente defendió las “virtudes del matoneo”. En su perspectiva, la preocupación por ese problema no es más que una consagración de “lo políticamente correcto en una visión lastimera y sobreprotectora de la infancia”. Por el contrario, para él, el matoneo “es necesario en los colegios”: el matoneo “prepara a los jóvenes para enfrentar a situaciones problemáticas por sí mismos, fomentando la independencia y la toma eficaz de decisiones… un proceso sano de matoneo prepara a los niños para el mundo de la adultez: un mundo de matones en el cual no hay profesores, ni padres, ni autoridades preocupadas por el bienestar psicológico de esos niños”. Por tanto, concluye el columnista, lejos de proteger a los infantes, las políticas anti matoneo transforman a los niños “en criaturas en exceso delicadas, frágiles, dependientes, casi enfermizas e incapaces de afrontar problemas”.

Aun sin requerir una precisión sobre lo que el columnista entiende por “un proceso sano de matoneo”, este punto de vista podría criticarse porque es una justificación de la violencia, inadmisible en sí misma, pero más aún en un contexto como el colombiano. Además, por esa misma vía legitima el tomarse la justicia por mano propia, pues “el matoneo ayuda a templar el carácter y crea las condiciones para que aquellos que quieren dejar de ser matoneados busquen soluciones”; y sabemos hasta dónde han llegado en nuestro país esas “soluciones”.

Pese a sus diferencias, ambas perspectivas concuerdan en una concepción muy similar de lo que debe ser la educación y la sociedad.

La primera perspectiva parte abiertamente de una antropología negativa donde los seres humanos nacen malos y por eso es necesario “domesticarlos”. En contraste, el modelo “laissez faire, laissez passer”, parece inclinarse más hacia la tesis contraria: los seres humanos son buenos por naturaleza, pero la sociedad no; por tanto, es necesario prepararlos para su vida adulta. Mientras el modelo “la letra con sangre entra” se inclina por las acciones punitivas para corregir las conductas de matoneo, el otro sostiene que tales medidas podrían ser perjudiciales y más bien resalta las bondades que el matoneo puede conllevar en la preparación de las personas para enfrentar las penurias de la vida.

Sin embargo, en el fondo ambos coinciden en, por lo menos, dos aspectos: primero, piensan el matoneo como un problema individual, a lo sumo alcanza esferas sociales como la familia y la escuela, pero en ambos casos las acciones están orientadas hacia el individuo, para “domesticarlo” o para que se adapte. En segundo lugar, las dos lecturas convergen en una concepción de la educación que podría denominarse funcional. En ambos casos, la educación tiene por fin hacer que las personas se adapten a la sociedad, por lo tanto está al servicio del mantenimiento del statu quo. Ninguno de los autores plantea las potencialidades que tiene la educación como una variable independiente y transformadora de la sociedad.

En la perspectiva de Valencia, la educación tiene como función principal, si traducimos sus términos, “domesticar salvajes”, volverlos aptos para la convivencia en la sociedad civilizada. Esa domesticación o civilización, presuntamente, debería tener mecanismos idóneos para castigar conductas como el matoneo. Es por ello que, para Valencia, la ley contra el matoneo recientemente aprobada, si bien es necesaria, se queda corta7. Tal como está, es “un pañito de agua tibia, porque es una ley sin dientes que busca denunciar y poner en evidencia a los niños malos, y nada más. Al menos hará que los padres de familia se enteren de que sus angelitos son capaces de cometer fechorías”.

En el mismo sentido, si se extraen las consecuencias lógicas, los argumentos de López de Mesa equivalen a decir que no podemos aspirar a una sociedad mejor, sino que lo que procede, especialmente en cuanto a la educación, es hacer que los niños se adapten a lo que hay. En últimas, esto implica que la educación debe concentrarse en hacer que las personas sean funcionales al mundo que les correspondió vivir, en lugar de instruirlos para intentar cambiar ese mundo: “los colegios deberían quizás preparar a sus pequeños para poder soportar el matoneo que recibirán durante el resto de su vida, cuando salgan del colegio, por parte de los estamentos más sacrosantos de la sociedad: el Estado, los bancos, expresidentes y demás políticos, escoltas, funcionarios públicos, empresas prestadoras de servicios, multinacionales, aseguradoras y demás”. Dado que el mundo es así, oprime, explota y destruye las personas, nos impide ser libres y felices, nos impide amar al prójimo, lo mejor es que todas aprendamos desde pequeñas a convivir con eso. Tal argumentación se presta para muchas cosas. Por ejemplo, en el mismo sentido podría decirse que, como la sociedad capitalista se sustenta en la explotación, el trabajo infantil se justifica para que desde niños aprendamos la lógica sistémica. ¿Cuándo, en qué etapa de sus vidas, se interrogarán las personas sobre la necesidad de cambiar el mundo?

Por fortuna, también es posible defender el argumento inverso: el mundo es como es, debido a la forma como desde niños y desde niñas se socializan las personas en unos valores perversos, cuya máxima expresión tal vez sea el matoneo. En consecuencia, respecto a la formación de los infantes, el problema reside en pensar una educación otra, que prepare a las personas para cambiar esos valores y las lógicas que los sustentan, no para reproducirlos o adaptarse a ellos. Pero ello a su vez pasa por un diagnóstico distinto del matoneo, que lo ubique como un problema societal o molar y no como la patología de algunos individuos desadaptados.

Se ha puesto demasiado énfasis en los individuos acosadores y sus víctimas, como si el problema obedeciera a decisiones libres y no a relaciones sociales. El matoneo es una expresión diminuta, molecular, de los valores hegemónicos en nuestra sociedad. Por eso, para cualquier persona, y no sólo para los niños tímidos e inseguros, es difícil afrontarlo. Quien matonea lo que hace es ejercer poder mediante convenciones socialmente aceptadas, utilizando prejuicios sobre las personas, discriminando o excluyendo. Esa es la forma de liderazgo y de reconocimiento que un individuo debe desarrollar para destacarse en una sociedad capitalista que ha entronizado valores como el individualismo, el egoísmo, la intolerancia, la competencia y el irrespeto, el “sálvese quien pueda”, “el fin justifica los medios” o el “todo vale”, entre otros. Vivimos en una sociedad donde, como lo han advertido diversos investigadores, predomina el capitalismo mafioso, donde los líderes no son quienes respetan al otro sino los que son capaces de pasar por encima suyo con tal de conseguir el anhelado “éxito” individual. A ello deberíamos adicionar las raíces moleculares de nuestra secular violencia, en últimas anclados en la incapacidad para convivir con el otro, de respetar la diferencia en todas sus dimensiones8. De ahí que las cifras de violencia por “intolerancia”, una especie de eufemismo con el que las autoridades responden a los medios de comunicación cuando se les pregunta por hechos trágicos o sangrientos, superen con creces las que se producen por la guerra.

En fin, si este diagnóstico es correcto, el matoneo es un síntoma de degradación en la sociedad contemporánea. Por tanto, algunas reformas al sistema educativo, que por lo demás se concentran en el papel de la familia, los colegios y las escuelas en la detección y prevención o en el castigo, atacan sólo las consecuencias del problema. Para atacar las causas, hay que empezar por aceptar que es necesario transformar la sociedad.

Ahora bien, desde esta perspectiva, el cambio de la sociedad puede tener como una de sus fuentes la educación. Es necesario avanzar hacia una educación transformadora, cuyo objetivo no sea la adaptación de las personas al sistema, sea cual sea la concepción que de él se tenga, sino la formación de su capacidad de crítica. Ello pasa necesariamente por un cambio en los valores con los que hoy se educa. El reconocimiento no puede fundarse más en la competencia y el vencer al otro. Es necesario formar a las personas para que puedan desarrollar sus potencialidades, ser exitosos si se quiere, felices y libres con el otro, y no a pesar de él o ella. Se requiere ir más allá de la tolerancia y en su lugar inculcar el respeto por el otro. La tolerancia implica sólo soportar a quien es diferente, supone una concepción de la relación con ese otro como un mal menor cuando no como algo indeseable, que en la práctica significa evitar al otro, no conocerlo y menos reconocerlo. En cambio, el respeto supone que la relación con el otro es deseable, no se trata de soportar lo diferente sino de la forma como con ese otro podemos construir en común. En fin, se requiere enfatizar la inevitabilidad del conflicto y la necesidad del diálogo para tratarlo y prevenirlo. Todo ello no tiene por qué implicar una educación dócil y sobreprotectora. El asunto no es qué tan dócil puede ser la persona, sino cuáles son los valores éticos y los criterios de justicia que guían sus relaciones con el otro. El que alguien respete al otro no quiere decir, para nada, que vaya a tolerar la violencia o la injusticia.

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1“Yadira, la sobreviviente del matoneo. Una broma colegial le quitó la movilidad a una niña de 16 años en Bogotá”. http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-418786-yadira-sobreviviente-del-matoneo
2“Por no entregar jugo del desayuno, niño de 9 años fue víctima de matoneo”. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/video-415079-no-entregar-jugo-del-desayuno-nino-de-9-anos-fue-victima-de-mato
3A la cárcel joven implicado en asesinato de menor de edad víctima de matoneo escolar http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-419054-carcel-joven-implicado-asesinato-de-menor-de-edad-victima-de-mat
4“Menor muerto por matoneo en Antioquia estaba siendo extorsionado”.
http://www.elespectador.com/noticias/nacional/video-421775-menor-muerto-matoneo-antioquia-estaba-siendo-extorsionado
“Ejemplo de vida: Joven que quedó en silla de ruedas por matoneo busca crear conciencia”. http://www.elespectador.com/noticias/nacional/video-419626-ejemplo-de-vida-joven-quedo-silla-de-ruedas-matoneo-busca-crear
5“Sobre el Matoneo en la Escuela”. http://blogs.elespectador.com/la-casa-encendida/2013/03/18/sobre-el-matoneo-en-la-escuela/ (18-03-2013)
6“Las virtudes del matoneo”. http://www.elespectador.com/opinion/columna-426189-virtudes-del-matoneo (5-06-2013)
7El pasado mes de marzo la ley que pretende hacer frente al fenómeno del matoneo recibió sanción presidencial: LEY 1620 DE 2013 (marzo 15) por la cual se crea el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y Formación para el Ejercicio de los Derechos Humanos, la Educación para la Sexualidad y la Prevención y Mitigación de la Violencia Escolar.
8Esas formas de violencia son muy similares a los “microfascismos”, teorizados por Deleuze y Guattari: “…el fascismo implica un régimen molecular que no se confunde ni con segmentos molares ni con su centralización. Sm duda, el fascismo ha inventado el concepto de Estado totalitario, pero no hay razón para definir el fascismo por una noción que él mismo ha inventado: hay Estados totalitarios sin fascismo, del tipo estalinista o del tipo dictadura militar. El concepto de Estado totalitario sólo tiene valor a escala macropolítica para una segmentaridad dura y para un modo especial de totalización y de centralización. Pero el fascismo es inseparable de núcleos moleculares, que pululan y saltan de un punto a otro, en interacción, antes de resonar todos juntos en el Estado nacionalsocialista. Fascismo rural y fascismo de ciudad o de barrio, joven fascismo y fascismo de ex-combatiente, fascismo de izquierda y de derecha, de pareja, de familia, de escuela o de despacho: cada fascismo se define por un microagujero negro, que vale por sí mismo y comunica con los otros antes de resonar en un gran agujero negro central generalizado. Hay fascismo cuando una máquina de guerra se instala en cada agujero, en cada nicho. Incluso cuando el Estado nacionalsocialista se instale, tendrá necesidad de la persistencia de esos microfascismos que le proporcionan un medio de acción incomparable sobre las «masas»”. GillesDeleuze y Félix Guattari. Mil mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia. Valencia, Pre-Textos, 2002, p. 219.