Miguel Ramos

* Miguel Ramos

Abogado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, defensor de DDHH, voluntario en el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos. Su trabajo se ha concentrado en casos de conflictividad ambiental. Actualmente pertenece al Equipo Jurídico Pueblos

Bernardo Marín es un desconocido para el gran público. Sin embargo, poco a poco su memoria se abre paso; ejemplo de ello es el documental Meu Pueblo, de Angie Osorio y Yeimy Daza de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, una obra hermosa cuyo estreno me alegró enormemente.

Pero ¿por qué Bernardo Marín merece un documental o siquiera memoria? Básicamente, porque fue un gran campeón para la causa de los pueblos: él falleció el 30 de julio de 2002 en Brasil y es con motivo de los 15 años de su siembra que escribo estas palabras.

Primeramente, he de decir que Bernardo es familiar lejano para mí. Sin embargo, no tengo recuerdos con él porque yo era muy niño cuando vivió en Colombia y, después, tuvo que salir exiliado del país. Lo que sí tengo claro es la huella alegre y amorosa que ha dejado entre sus familiares y allegados. Pero, más allá de los afectos, el documental Meu Pueblo me permitió comprender mejor la estatura moral y política de un hombre que nunca dejó de luchar por el pueblo de América Latina, primero desde la Iglesia y después desde el Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil.

Para hacerse una idea del tamaño de las dificultades que Bernardo enfrentó, basta con saber que fue uno de los primeros en toda Colombia en enfrentar al proyecto paramilitar y todo su terror. Esto sucedió a finales de los 80 del siglo pasado, cuando era párroco de su natal Carmen de Chucurí, en el Magdalena Medio santandereano. Esta defensa de la vida y el territorio le trajo graves consecuencias, pues el Ejército y la gran prensa iniciaron una campaña larga y sostenida de señalamientos calumniosos en su contra. Es bien sabido que la calumnia es el arma del cobarde y el incapaz, pero en este caso la reacción iría más allá, cuando hubo un atentado en su contra en el año de 1990.

Bernardo se salvó del atentado. Tal vez le valió de algo el haberse entregado enteramente al evangelio y a la dignificación del pueblo de Dios que no era otro que su mismo pueblo vilipendiado y empobrecido. No obstante, ya no podía seguir viviendo en el Chucurí, pues el dominio paramilitar en complicidad abierta con el Ejército lo tornaba imposible. Empezaba el exilio.

En un principio, Bernardo se estableció en Canadá. No obstante, su vocación y elevado nivel de conciencia no le permitían simplemente quedarse disfrutando de la tranquilidad del primer mundo, porque él sabía que la lucha por el otro mundo posible seguía en curso y deseaba estar en primera línea; como El Ché, también sentía bajo sus pies el costillar de Rocinante y volvía al camino con su adarga al brazo. El destino elegido sería Brasil, donde la teología de la liberación tenía una gran fuerza y el MST se confirmaba como el movimiento campesino más importante del continente.

Para ese momento ya había colgado los hábitos y era laico, se había decepcionado profundamente de la jerarquía eclesial y sus posiciones de clase, había encontrado el amor de una mujer maravillosa; fruto del mismo formaron una familia hermosa que pude conocer gracias al documental Meu Pueblo, el mismo que también muestra de manera magistral el legado que Bernardo también dejó en Brasil, donde incluso una de las escuelas de formación ideológica más importantes del MST lleva su nombre.

Para finalizar, solo me resta volver a recomendar el documental, y decir que, ahora mismo, está en proceso de concurso y exhibición en distintos festivales internacionales de cine. Mientras vuelve a Colombia, acá está su tráiler a modo de adelanto: https://www.youtube.com/watch?v=D-Cgg1B1gmw.