El viejo debate sobre el pensador profesional

En 1997, Christian Schumacher, entonces profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional, escribió un artículo en torno a la idea del “pensador profesional” a propósito de la celebración de los cincuenta años de este Departamento. Su propuesta principal en este artículo era que ante las tendencias de la filosofía en el siglo XX a la internacionalización y a la profesionalización de su labor, la idea romántica de los filósofos como imbuidos por una inspiración genial, “bordeando el filo entre la genialidad y la locura”, debería ser abandonada por la de unas personas capacitadas por sus educadores para ejercer oficios en campos de trabajo establecidos en el mercado laboral, y para cumplir de este modo con una “función social”. Esta propuesta generó una serie de réplicas que fueron publicadas en la revista Ideas y Valores (No. 104). Veinte años después, y a pesar de discrepar de su punto de vista en varios aspectos, nos sorprendió que una de sus consideraciones siga teniendo tanto peso y vigencia:

“[M]e parece de fundamental importancia para nosotros como educadores asumir igualmente una cierta responsabilidad con el futuro económico de nuestros estudiantes. Pienso que deberíamos combatir la concepción romántica del estudio de la filosofía como mero enaltecimiento espiritual, y procurar brindar un estudio que también capacite al estudiante de una manera más general, de modo que le abra la posibilidad de una vida no solamente espiritual sino también materialmente digna” (p. 27).

En el caso de los programas de filosofía de las universidades públicas en Colombia, nos parece que esta situación es aún más urgente, puesto que entendemos que la misión de estas instituciones no solamente está dada en términos de permitir el acceso equitativo de los colombianos y las colombianas a la educación universitaria, sino también como el medio fundamental para contribuir al ascenso social de personas menos favorecidas económicamente y, de este modo, para descentralizar el poder sobre el conocimiento y sus aplicaciones prácticas. En últimas, sin embargo, lo mínimo que se espera de una carrera profesional es que sus egresados puedan vivir dignamente de su labor. Pero si en Colombia una profesión como la filosofía solo es viable para unos pocos, y en contraste es una “mala decisión” para la mayoría, entonces hay algo que no está funcionando bien.

La filosofía académica, su contexto socio-político y el “estudiante abstracto”

Lógicamente, los programas de filosofía y sus directrices en materia de educación no son los únicos responsables por el hecho de que no pocos de sus egresados terminen desempeñándose laboralmente como recepcionistas en call centers o vendedores de tarjetas de celular en centros comerciales. Es evidente que en Colombia se debe promover una ampliación y una democratización de los medios culturales y políticos que permita que las personas formadas en las disciplinas de las humanidades hagan sus aportes y consigan medios de sustento para sus vidas también fuera de los entornos académicos. No obstante, vemos ciertas responsabilidades también, como lo hizo el profesor Schumacher en su momento, en la manera como se concibe, desde la academia, no solo la labor de los filósofos, sino a los estudiantes mismos que emprenden este camino profesional.

En muchos contextos académicos, la filosofía ha tendido a convertirse en una disciplina que, tal vez por su afán de objetividad y universalidad, desconoce el contexto social y político en el que se enseña. De esto, consideramos nosotros, se ha desprendido una noción de los estudiantes como sujetos abstractos, quienes con la formación lógica y propedéutica adecuadas, estarían en capacidad de aprender y ejercer una filosofía igualmente abstracta. Se tiende a concebir a los estudiantes de filosofía sin poca o nula atención a sus condiciones particulares o a su situación u origen socio-económico. Esto, sumado a la apertura y a la tolerancia de personas de 18 años frente a una vida con ingresos inciertos por los “beneficios espirituales” que promete el estudio de la filosofía, como dice Schumacher, resulta con frecuencia en que al momento de tener que asumir responsabilidades económicas, estas personas se encuentren desorientadas, y terminen trabajando en condiciones laborales vergonzosas (contratos por prestación de servicios por cuatro meses, horas cátedra mal remuneradas, sueldos irrisorios, poco o ningún apoyo institucional), si es que tienen el lujo de desempeñarse y vivir –a duras penas– de su profesión.

No se trata, sin embargo, de diseñar programas académicos personalizados y a la medida de cada estudiante. Se trata de conectar la filosofía profesional con las necesidades específicas de las personas que la estudian. Lo que creemos es que los programas universitarios no pueden ser ciegos ante los perfiles sociales, económicos y culturales específicos de sus estudiantes, sobre todo de aquellos cuyos puntos de partida al momento de ingresar a un programa de filosofía distan mucho de los de quienes fueron a excelentes –y costosísimos– colegios, y que, por ende, ya leen y escriben muy bien, y además lo hacen en distintos idiomas. La ventaja es evidente. Es de esperar que estas personas se destaquen y se desempeñen mejor que aquellos que no tuvieron una educación tan completa.

Tristemente este hecho social asigna un “lugar natural” a cada perfil de estudiante. Los privilegiados seguirán siendo privilegiados y serán ellos quienes obtendrán los beneficios de ser filósofos profesionales: títulos internacionales, excelente remuneración, años sabáticos, viajes a congresos, etc. Pero la otra cara de la moneda, en donde está la gran mayoría, tendrán que vérselas con el desempleo o con indignantes condiciones de trabajo. Creemos que esta es una realidad que deben reconocer y asumir quienes educan en filosofía, especialmente en las universidades públicas del país.

En contra de la idea de “la función social de los filósofos” como única alternativa

¿Qué aplicación concreta tiene el saber filosófico? Esta es una pregunta difícil de responder, en parte porque la filosofía como disciplina se ha erigido también sobre el rechazo a la idea de cualquier tipo de utilidad para su actividad, y en muchos casos, sobre el desprecio por los campos de trabajo en los cuales podrían incorporarse las personas que la estudian, puesto que allí la filosofía perdería su “pureza” de manera inevitable.

Estas y otras preguntas similares dieron lugar hace algunos años a un encendido debate promovido por la Revista Arcadia, en cabeza del columnista –y también filósofo– Rodrigo Restrepo (columna publicada el 30 de marzo de 2011). En este debate, frente al reclamo principal de Restrepo de que ya es hora de que los filósofos entren decididamente en la discusión pública de los problemas de Colombia, se oyeron las voces de distinguidos profesores y profesoras de filosofía del país. Coincidimos con Ángela Uribe, por ejemplo, en que “los filósofos están tan presentes o tan ausentes de lo que ocurre en el mundo como quiera estarlo cualquiera que sea testigo de lo que ocurre él” (Carta, publicada en Arcadia el 8 de agosto de 2011). Coincidimos también con Jorge Aurelio Díaz en su réplica a Schumacher, en el sentido de que pretender deshacer a la filosofía de su aspiración a ser “un grito de libertad”, es decir, a no verse restringida por las condiciones políticas y sociales en las que se despliega, es indeseable, así como en su opinión de que es ingenuo creer que la solución al problema, como sugiere Schumacher, es preparar a los estudiantes a competir con sus estudios de filosofía con personas expertas en otros campos laborales (Ideas y Valores 104, p. 31).

La filosofía por principio no es una disciplina con un fin determinado. Uno de sus rasgos característicos es que no se trata de un saber instrumental que sirva a un propósito externo. La filosofía se estudia por la filosofía misma, aunque, por supuesto, también puede servir a muchos otros propósitos. De ahí que consideremos que es un error reducir u obligar a la actividad académica filosófica a propósitos exclusivos como servir a la sociedad o cumplir los requisitos de Colciencias. Sin duda, es respetable que un filósofo decida servir a la sociedad, o que otro prefiera hacer una carrera académica bajo los estándares de productividad, innovación y tecnología de Colciencias. El problema es pensar que estas son las únicas formas de hacer filosofía, y las únicas que se adecúan a los múltiples intereses y futuras necesidades materiales de sus distintos estudiantes.

Reflexionando sobre la teoría que ha permeado la mayor parte de la historia de la filosofía, en La vida del espíritu Hannah Arendt caracteriza a los filósofos como aquellas personas que se retiran del mundo, que eligen la soledad para dedicarse a pensar acerca de lo que se esconde detrás de las apariencias, y que, como Sócrates, tienden a causar extrañeza y recelo entre sus congéneres. En esta retirada, dice, los filósofos pierden el sentido común, esa herramienta que orienta las actividades de las personas en el mundo y que les permite reconciliarse y sentirse en casa en su realidad. Pero esta pérdida significa a su vez la única posibilidad de los seres humanos de actualizar su capacidad crítica, puesto que al perder su ajuste con el mundo, se deben cuestionar los fines, las causas y el deber ser de aquello que les rodea.

Desde luego, la precariedad laboral en Colombia es un problema estructural de la sociedad, y los programas y las instituciones académicas no pueden hacerse enteramente responsables por el futuro de sus egresados. Pensamos, sin embargo, que la capacidad crítica que se desarrolla mediante el estudio de la filosofía podría emplearse precisamente para reflexionar, ahora sí de manera profesional –piénsese, por ejemplo, en la apertura de un campo crítico de estudio–, en torno a la articulación que actualmente se da entre la filosofía y otras áreas del saber y de la práctica en nuestro país. A nuestro parecer, se debe desde la filosofía académica una aproximación más crítica y decidida, si no necesariamente a su quehacer en general, sí al quehacer de los estudiantes y las estudiantes que se incorporan en un mercado laboral que no reconoce su experticia particular. Un mercado laboral que arroja, sobre todo a los más vulnerables socialmente, a un sinsentido que ya no es fruto de aquél romántico “elegir retirarse del mundo”, sino del no poder retirarse jamás, ni siquiera teniendo todas las herramientas intelectuales para hacerlo, por la necesidad de sobrevivir.