Este 13 de agosto se cumplen 18 años del asesinato de Jaime Garzón Forero. Lamentablemente, la violencia política nos privó a los colombianos de este auténtico y polifacético personaje. Con cada año transcurrido aumenta el número de jóvenes que carecen de una idea clara de quién era él, por qué motivo fue asesinado y qué representaba para nuestro país. Por esta razón, situados en un momento histórico que se caracteriza por la promesa del postconflicto, creo necesario volver a la memoria de Jaime Garzón y, desde ahí, repensar cuál es su aporte como referente ético para la construcción de la paz.  

Un personaje polifacético  

Jaime Garzón Forero fue el tercero de cuatro hermanos. Nació el 24 de octubre de 1960 y creció en el seno de una familia bogotana de clase media. Estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, pero abandonó sus estudios para dedicarse al activismo político y posteriormente a su carrera como periodista en la televisión y la radio nacional. A lo largo de su vida fue un personaje polifacético que ejerció simultáneamente como periodista, humorista, pedagogo, activista político, político en ejercicio y defensor de derechos humanos.  

Como periodista y humorista es recordado principalmente por sus divertidos y polémicos programas de humor político como Zoociedad y ¡Quac! El noticiero, que hicieron famosos a personajes como el portero del edificio Colombia Néstor Elí, el “laureanista” Godofredo Cínico Caspa, y la cocinera del poder, Dioselina Tibaná. Muchos atribuyen su fama al personaje de Heriberto de la Calle, un lustrabotas que durante dos años, entre 1997 y 1999, embetunó los zapatos y entrevistó a personajes públicos, desnudando con humor los vicios del poder.  

En su otra faceta, la de activista, político y defensor de derechos humanos se puede decir que conservó un carácter rebelde entre rebeldes. Jaime era consciente de que los cambios políticos y sociales son parciales, y por eso, era incrédulo frente a los cambios radicales tan proclives a convertirse en alternativas violentas y excluyentes. Fue, más bien, un “reformista“, una postura duramente criticada por ciertos sectores de izquierda por considerarla opuesta a la “revolucionaria”.  

De allí que su militancia política no pueda caracterizarse como coherente, porque su fidelidad, en sentido político, no podría equipararse con una estricta militancia partidista. No en vano, se vistió de azul en 1988 cuando se unió a la campaña de Andrés Pastrana Arango a la Alcaldía Mayor de Bogotá, quien una vez electo, lo nombró como alcalde local de Sumapaz, una región caracterizada por el olvido estatal y la fuerte presencia de las Farc-Ep. Cambió al trapo rojo durante la presidencia de César Gaviria, en la que se desempeñó como coordinador de las traducciones a las lenguas indígenas de la nueva Constitución de 1991. Esa alternancia, sin embargo, no le hizo perder de vista su apuesta por la paz y la búsqueda de consensos que a pesar de su contingencia fortalecen la democracia.  

La fama, el reconocimiento público y su gusto por la política le hicieron merecedor de amigos poderosos que le permitieron acceder a escenarios de poder en los que supo moverse como pez en el agua. Sin embargo, producto de una época de violencia Jaime también tuvo enemigos igualmente poderosos.   

En la mira de militares y paramilitares  

En medio de los diálogos del Caguán, el 23 de marzo de 1998, las Farc-Ep realizaron el secuestro de 32 personas en la vía al llano, una operación en la que participaron más de 200 guerrilleros de los frentes 51 y 54. Por esa época, Jaime se desempeñaba como delegado por la Gobernación de Cundinamarca para la búsqueda de acercamientos con los Bloques de las Farc-Ep que operaban en el Departamento. Con la autorización del zar antisecuestros, José Alfredo Escobar, logró establecer contactos con el comandante del frente 51, Vladimir González Obregón alias Miller Perdomo, con quien posteriormente concertaría la liberación de nueve de los plagiados.  

También colaboró activa e incondicionalmente en la búsqueda de una salida negociada al conflicto. Por este motivo, fue integrante de la comisión de facilitación civil que estableció acercamientos con la guerrilla del ELN para la conformación de una mesa de negociación con el Gobierno de Andrés Pastrana. Esta faceta de la vida pública de Jaime Garzón fue menos conocida pero trascendental en el desenlace de su destino fatal, y al mismo tiempo la prueba de que era poseedor de una gran sensibilidad que lo impulsaba a arriesgar su propia vida a cambio de acciones humanitarias. 

El origen del riesgo y las amenazas en contra de la vida de Jaime Garzón iniciaron con la censura del comandante del Ejército, General Jorge Enrique Mora Rangel. En una entrevista realizada en mayo de 1998, el comandante del Ejército de Colombia cuestionó públicamente la labor humanitaria de Jaime Garzón acusándolo de tener una sospechosa cercanía con la insurgencia. Conviene recordar que en esa época la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos señaló que miembros de la Brigada XX de inteligencia, unidad que dependía directamente del comando del Ejército, consideraban que el 85% de las personas consideradas por ellos subversivas llevan adelante lo que los militares llaman la “guerra política”, denominación en la cual incluían las actividades de algunas organizaciones no gubernamentales, las de los sindicatos, las de algunos partidos1.

Jaime sabía muy bien que un contexto de estas características una afirmación como la de Mora Rangel era una sentencia de muerte. Según Enrique Santos Calderón, la preocupación de Jaime era muy grande “por lo que él percibía como una creciente hostilidad del Ejército”. Fue de tal magnitud su preocupación que en una reunión en casa de Rafael Pardo, a la que asistió el entonces Ministro de Defensa Rodrigo Lloreda, Jaime se dirigió a este último manifestándole su temor y solicitándole que intercediera por él. 

El propio Jaime intentó ponerse en contacto con el General pero nunca obtuvo una respuesta de su parte. Entonces, como dejando una constancia para la historia, Jaime Garzón le envió una carta en la cual le manifestó: “General, no busque enemigos entre los colombianos que arriesgamos la vida a diario por construir una patria digna, grande y en paz, como la que quiero yo y por la que lucha usted”. 

Prontamente los comentarios de militares en altas esferas se convirtieron en amenazas directas del comandante paramilitar, Carlos Castaño Gil. Durante su cautiverio en manos de los paramilitares, la senadora Piedad Córdoba pudo corroborar el odio que Carlos Castaño sentía por Jaime Garzón, al que llamaba despectivamente “betún” y lo acusaba de ser un intermediario de la guerrilla y de lucrarse del dinero de los secuestros.  

Así como lo hizo con el comandante del Ejército, Jaime intentó ponerse en contacto con el comandante de las autodefensas. Días antes de su muerte acudió a la cárcel la Picota a entrevistarse con Ángel Custodio Gaitán Mahecha, un preso e integrante de las autodefensas quien facilitaría el contacto entre ambos. Según personas cercanas, Jaime, quien se había mostrado muy preocupado por las amenazas provenientes de los paramilitares, tras la conversación con Gaitán llegó a decir que le habían perdonado la vida. Desafortunadamente, la orden de asesinarlo ya había sido dada e iniciado su curso.  

Hoy se sabe que la orden provino de la comandancia del Ejército. Hebert Velosa García, conocido con el alias de HH, señaló ante un Fiscal de Justicia y Paz el 21 de agosto de 2008 que Carlos Castaño ordenó la muerte de Jaime Garzón porque amigos suyos, altos mandos del ejército, le habían pedido el favor. Esa orden, según el comandante paramilitar Diego Fernando Murillo Bejarano, fue transmitida a Carlos Castaño por medio de José Miguel Narváez Martínez, un personaje cercano a los militares y paramilitares, instructor de la Escuela Superior de Guerra sobre “guerra política” y de los paramilitares sobre “¿por qué es licito matar comunistas?”. 

La responsabilidad del Ejército en la muerte de Jaime Garzón fue plasmada en una columna por Francisco Santos, hoy uno de los representantes de la derecha colombiana. Escribió en El Tiempo que “[a] Jaime Garzón lo mató la extrema derecha militar” a quien no duda en señalar como “ese sector radical que todavía existe en las Fuerzas Armadas y que a pesar de todos los esfuerzos por depurarla muestra que sigue vivita y coleando2. 

Pues bien, no cabe duda que así fue. A esta situación se suma la impunidad que ha caracterizado la investigación por su homicidio, especialmente frente a quienes fueron los determinadores. A la fecha sólo terminó el juicio en contra de José Miguel Narváez en medio de numerosas acciones para dilatarlo, pero desde hace un año se encuentra pendiente de fallo. Ahora, la pregunta que habría que formular es ¿cómo el proceso de paz contribuirá a revelar los detalles de esa participación y a que hechos de esta naturaleza no se vuelvan a repetir? Desde ya, es importante advertir que ante el supuesto de que asuma la investigación por estos hechos, será un reto del Sistema Integral de justicia transicional, del que hacen parte una Jurisdicción Especial para la Paz y una Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, lograr establecer la responsabilidad de todas las personas que desde las esferas del poder militar adoptaron la decisión de atentar contra Jaime.  

Lo anterior supone, no solo una responsabilidad de índole individual sino institucional. Es importante que quienes tienen la imagen del Ejército colombiano como la de unos soldados con los pulgares alzados en las carreteras del país, también puedan conocer que desde allí se promovieron estrategias de guerra política que no tenían como finalidad debilitar a la insurgencia en el marco del conflicto armado, sino debilitar a un “heterogéneo enemigo” del que hacían parte periodistas críticos, sindicalistas, integrantes de partidos políticos de oposición y defensores de derechos humanos.  

Identificar las responsabilidades individuales e institucionales es el camino para avanzar en la materialización de la justicia y en las reformas institucionales que el país requiere para consolidar una democracia robusta.  

Su legado a los colombianos  

Según Umberto Eco, es “la primera característica de la cultura de masas, ser efímeros”3, al tiempo que llama la atención sobre su “preocupante paradoja que consiste en queproviene de arriba en lugar de surgir de abajo4. Lejos de lo anterior, con sus personajes, su parodia del poder, Jaime creó un lenguaje de los asuntos cotidianos con una narrativa contra-hegemónica a pesar de ser transmitida por los medios de comunicación masivos, y poseedora de un ethos propio: la alegría. Jaime logró sincretizar la cultura popular con la crítica política aguda sin caer en la simplicidad. 

Esta es la representación de Jaime Garzón que debe rescatarse, así como su voluntad y capacidad para tender puentes y lograr consensos, que fue una constante que intentó hasta en los momentos más aciagos de su vida como cuando quiso ponerse en contacto con quienes serían sus victimarios. También, su visión positiva de la lucha por la transformación social y la búsqueda de una paz incluyente, que contrasta con la visión apocalíptica de quienes viven sumergidos en la nostalgia de la promesa de un futuro ideal. Por esta razón, en lugar de denunciar el advenimiento de una catástrofe, siempre se mostró optimista en sus intervenciones públicas apelando a frases como “creo en un país en paz”, “creo en la democracia”, “creo que esto tiene salvación” y “creo que este cuento hay que lucharlo por la gente”.  

Algo de lo que requiere Colombia para esta fase de postconflicto, acorde con la vida de Jaime, consiste en aceptar el largo camino de la discusión democrática y pública para adoptar los consensos para las transformaciones sociales. Esto implica además, rescatar la alegría y deponer los odios históricos que nos confrontan en un estado permanente de polarización.  

Dice Sandor Maraí que la muerte y la guerra son inevitables, pero lo que realmente resulta insoportable, y por eso no podrá durar para siempre, es el odio. Pues bien, si existe una consecuencia de la violencia en Colombia es que el odio se convirtió en la pasión común de nuestras relaciones cotidianas, animado por las diferencias políticas, de color, de identidad, lo que ha producido un daño inconmensurable del tejido social y ha afectado la capacidad de mostrarnos solidarios con el otro. ¿No es hora de pasar la página del odio y recuperar algo de esa alegría necesaria para creer en un país en paz y hacerlo posible, como lo habría hecho Jaime? 

  1. ONU, Informe de la Alta Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, E/CN.4/1998/16 9 de marzo de 1998,  párr. 112.
  2. SANTOS, Francisco. “Guerra sucia”, en diario El Tiempo, edición de 15 de agosto de 1999.
  3. ECO, Umberto. Apocalípticos e integrados, 1984, Editorial Lumen. Pág. 17.
  4. Ibídem. Pág. 32.