Clío, la Musa de la Historia, nos dice el poeta romano Estacio, no se olvida. A menudo representada pictóricamente a horcajadas sobre un montón de libros que contienen el conocimiento que ella guarda, o cincelada en el mármol del escultor que agarra un pergamino en el cual ella registra la verdad del pasado, su trabajo es guardar contra el olvido, la superación de la memoria a través del tiempo. «Comienza tú, olvidando a Clío», proclamó Estacio, «porque los siglos están en tu guardia y todos los anales de la historia del pasado»2.

Sin duda, Clío era una presencia edificante. Ella era una garantía de que los actos de hoy -los logros pero también los fracasos, los pasos en falso y los errores- estarían siempre a su alcance, dispuestos a informar a una nueva generación y disminuir la posibilidad de que las equivocaciones de ayer volvieran a ocurrir bajo el sol de un nuevo día. Pero la posición de Clío entre las Musas apuntaba, como señala el escritor George Woodcock, a algo más. Por todo, que Clío apareció tan incorruptible como Robespierre -el siervo de la verdad, pero una talla narra la cera de su esquela, en vez de arrancar a los enemigos de la revolución- ella era también la representante de una empresa literaria imaginativa.

Sobre la “historia”, Woodcock escribió que “mientras sus detalles pueden (…) ser reunidos con toda la paciencia de un trabajador de laboratorio, esta solo puede ser concebida en su totalidad a través de un acto de la imaginación y sólo puede llevarse a una vida plausible a través de los recursos de la nave literaria”3.

En una época en la que el significado mismo de la palabra “hecho” es una fuente de confusión en los niveles más altos del gobierno, la especulación de que el historiador es siempre tanto un creador, como un descubridor del pasado podría verse como abrir la puerta a un relativismo autodestructivo. Quizás entonces, cuando los fundamentos de lo que constituye un argumento racional no pueden ser acordados, es tentador reconstituir al historiador en la imagen Rankeana.

De esta manera, sumergiendo a la historia en el archivo, en la noble búsqueda del ejemplo y la evidencia, y confiada como Clío, a proporcionar a los actores de hoy con los hechos del pasado, el oficio de los historiadores está protegido de acusaciones de partidismo flagrante.

Sin embargo, como Woodcock apreciaba, mientras que los hechos son la materia prima en el circuito del historiador, nunca fueron suficientes para apreciar la complejidad real del pasado.

Aquellos “anales históricos” confiados a Clío eran necesariamente inventos creativos que filtraban hechos a través de prejuicios y preconceptos, y refinando argumentos basados en las teorías y filosofías que eran las modas intelectuales de la época. En la medida en que esto contradice la noción -probablemente, de verdad, nunca en serio- de que el pasado es enteramente cognoscible, reducible a una visión singular y objetiva, no minimiza la importancia o el valor de la imaginación histórica. De hecho, en una era de aguda crisis política, el poder de la erudición histórica es aún más relevante.

El valor de la historia en estos tiempos turbulentos es multifacético. En una época en que las fuerzas del populismo y la mediocridad política están en ascenso, la imaginación, las construcciones narrativas impulsadas por los historiadores académicos son un poderoso desafío estético a la banalidad predominante. Después de todo, a través de los siglos, la “lectura de la historia a contra pelo” -mirando más allá de lo inmediatamente obvio, de los gobernantes, a los gobernados, a los apenas gobernados- ha sido una fuente de inspiración para generaciones de activistas políticos, un claro recordatorio de que es posible vivir de otra manera, que la resistencia es siempre una opción, y que entre los pies incluso de los gobernantes más tiránicos, las verdes sepas de esperanza siguen creciendo cada vez más fuertes. Al final, tal vez es aquí, en las historias recuperadas, que reside el valor de la historia, cultivando la compasión, la conciencia y la capacidad empática de comprender los pensamientos de otros, incluso cuando podemos criticarlos. Como escribió el novelista Philip Roth, son estos atributos los que parecen carecer especialmente del clima político actual, cuando los que tienen el mayor poder son «humanamente pobres…ignorantes del gobierno, de la historia, de la ciencia, de la filosofía, del arte, incapaces de expresar sutileza o matiz [y] destituidos de toda decencia»4.

Al igual que el mármol que inmortaliza a Clío, el pasado se puede ver desde múltiples perspectivas, diferentes rasgos destacándose como la luz de la percepción que baila sobre su superficie opalina. Donde Clío registró y protegió la verdad, sabemos que el significado y la comprensión son procesos sin un punto final, un viaje sin fin, una lucha perpetua para crear continuamente el pasado, a partir de sus restos fragmentarios.

Pero tanto como esto suene a un canto de Sísifo, y el dominio pueda estar fuera del alcance, las recompensas serán reales e importantes. Estacio estaba equivocado. Clío sí es olvidable, por eso es central dar la disputa para que siempre sea recordada.

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1Matthew S. Adams es profesor de la Universidad de Loughborough, en Gran Bretaña. Es autor de numerosos artículos de historia del anarquismo británico y de un libro inusual de historia intelectual del anarquismo británico: Kropotkin, Read, and the intelectual History of British Anarchism: Between Reason and Romanticism (Bsingstoke/New York: Pallgrave, Macmillan, 2015). Como editor, junto a Ruth Kinna: Anarchism 1914-1918: Internationalism, Militarism and War. (Manchester: Manchester University Press). De su obra, ha sido traducido al castellano el artículo: “Posibilidades para una historia anarquista: repensando el canon y escribiendo historia”. En Erosión, N° VI. 2016. La traducción estuvo a cargo de la Red Distrital de Estudiantes de Historia. El profesor Adams ha enviado esta corta pieza con el fin exclusivo de que sea publicada en Palabras Al Margen. La contribución del profesor Adams forma parte de un convenio hecho con la Red Distrital de Estudiantes de Historia en 2015, con el fin de trabajar con movimientos sociales en Colombia y otras partes de América Latina. Traductor: César Duque. Para los detalles de la traducción, puede comunicarse al e-mail cesar.a.duque.sanchez@gmail.com

2Estacio, traducido al inglés en dos volúmenes, trans. J.H. Mozley (London: G.P. Putnam, 1928), Pp. 365.

3George Woodcock, ‘The Servants of Clio: Notes on Creighton and Groulx’, Canadian Literature 83 (Winter, 1979), 131-142 (131).

4Philip Roth quoted in Judith Thruman, ‘Philip Roth E-mails on Trump’, The New Yorker, 30.1.17. http://www.newyorker.com/magazine/2017/01/30/philip-roth-e-mails-on-trump.