Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Filósofo de la Universidad de Los Andes, Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la misma universidad

¡Que la izquierda condene lo que pasa en Venezuela! Este ha sido el lema mediático de algunos sectores de opinión liberales y de derecha en Colombia en las últimas semanas. Pero esa exigencia es, en el mejor de los casos, tramposa y tendenciosa. Tramposa porque sin ningún motivo hace pasar la parte por el todo: si hay un lugar en donde se producen condenas, análisis críticos e interpretaciones despiadadas de todo tipo contra el chavismo realmente existente, ese lugar es la izquierda. La “Plataforma por la Defensa de la Constitución”, el grupo “Marea Socialista”, los partidos trotskistas, Pablo Stefanoni, Edgardo Lander -e incluso la ya ahora famosísima exfiscal general Luisa Ortega- han manifestado de forma oral y escrita su rechazo y críticas al Gobierno de Maduro, siendo todos ellos de izquierda.

El reclamo que se le hace a la izquierda no proviene entonces de una genuina preocupación por la situación del país vecino, sino de una vieja y mediocre artimaña en los debates políticos: crear una imagen caricaturizada de las posiciones de “la izquierda” para desacreditar su existencia y sus propuestas en el debate político. Si hay divisiones y debates en la izquierda frente a la cuestión venezolana, lo cual es de momento una verdad de Perogrullo, reclamar de “la izquierda” en su totalidad una condena o un rechazo del chavismo realmente existente es un truco mezquino y de un mal gusto intelectual insoportable. Mal gusto porque refleja la típica falacia del muñeco de paja, pero también mezquino porque muestra de forma consciente o inconsciente una visión contrainsurgente de la izquierda en un momento donde nuestro país exige reconciliación.

Esta visión contrainsurgente de la izquierda acompaña paso a paso y letra a letra las declaraciones y la visión de Venezuela que estos sectores liberales y de derecha tienen de los sucesos del país vecino. Sobre todo en la aplicación de una lógica amigo/enemigo absolutamente ramplona y sin ningún tipo de matices para entender la situación venezolana y darle lecciones de moralidad a “la izquierda”. Un buen ejemplo de ello es la adenda de Mauricio García Villegas a su columna del día sábado: “la izquierda radical nunca sostiene que hay que enfrentar a los tiranos de derecha con el diálogo; solo con la protesta. Si quiere ser consecuente, debería hacer lo mismo con el Gobierno de Venezuela”.

La afirmación es totalmente deshonesta por dos razones. Primera razón: hay sectores de la “izquierda radical” -un término que tiene aquí la misma claridad conceptual que el epíteto uribista del “castrochavismo”, por lo que se puede presumir aquí de una similar intencionalidad política- que han hecho llamados a protestar contra el “Gobierno de Venezuela”, separándose sin embargo de la opositora MUD. (Me remito de nuevo al caso de Marea Socialista y su última “carta abierta a la izquierda autónoma y al chavismo crítico”). Segunda razón: esa “izquierda radical” ha dado muchas veces muestra de un espíritu dialogante frente a personas o estructuras sociales que la misma “izquierda radical” considera como manifestaciones de la “tiranía” de la derecha. Una muestra de ello la puede encontrar el profesor García en su propio país: las Farc-Ep, quienes sin duda consideran a la “oligarquía colombiana” como “tiranos de derecha” y, aun así, se sentaron a dialogar con ellos. Ahora las Farc -y no los liberales- son quienes parecen los tipos sensatos dialogantes del establecimiento. Increíble.

Pero hay más. Mensajes como los del profesor García o de Claudia López en Twitter frente a Gustavo Petro muestran una posición inflexible, no contra el gobierno, sino a favor de la oposición. Una posición sin reservas, sin matices, que ignora que grupos de protesta de la oposición han quemado a gente viva acusándolas de ser chavistas, han atacado hospitales y en anteriores ocasiones han hecho ya uso de una violencia indiscriminada contra la población civil, lo que en cualquier país recibiría el calificativo de “terrorismo”. Tal posición no es jugársela por la democracia sino apoyar un revanchismo irracional contra la izquierda. Puro anticomunismo, macartismo y marketing político en nombre de los principios de la libertad. Como siempre han sido las cosas.

Esto no quiere decir que por esas razones haya que apoyar incondicionalmente al Gobierno Venezolano. A mí me parece que su carácter autoritario está fuera de discusión. La Asamblea Nacional Constituyente ha autoproclamado su existencia por dos años, lo que deja ver una clara intención de establecer un parlamento paralelo al que ganó la oposición en las elecciones del 2015. Ese acto mancha el palmarés de victorias democráticas que había acumulado el chavismo. Además de autoritario, creo que el Gobierno Venezolano no puede presumir de las ventajas que ofrece a su población un gobierno de izquierda o un sistema socialista: como lo dije en un anterior artículo en este mismo Portal, la gestión del Gobierno de Maduro ha traído consigo un retroceso aterrador en el sistema de salud y en los indicadores sociales en general (algo de lo que sí podría presumir por el contrario el gobierno de Cuba). Pero eso no quiere decir que Venezuela sea una dictadura.

La frase “Venezuela es una dictadura” tiene más un contenido emocional, que se relaciona con una toma de partido irrestricta con la oposición, que un contenido conceptual valioso. En cierta medida porque el concepto de dictadura como opuesto a la democracia liberal y parlamentaria ha perdido pertinencia para dar cuenta de fenómenos que tienen lugar en países y sistemas políticos de los que nadie dudaría en decir que son democracias liberales. Empezando por la propia democracia colombiana, en la que todavía hay una práctica -con auspicio o indiferencia del Estado- de impedir que la oposición llegue al poder. Los asesinatos de líderes sociales (que son más que los muertos de Venezuela desde la firma del Acuerdo de Paz) no son otra cosa que un reacomodo territorial para que la oposición, o sea las Farc, no llegue al poder. O el caso de Israel, que es una democracia parlamentaria y a su vez, sin ningún problema, puede violar los Derechos Humanos en la franja de Gaza de la forma más aberrante e impune. O Estados Unidos, una Señora Democracia con campos de tortura de prisioneros, un estado de excepción extendido a causa de la guerra contra el terrorismo y una política exterior que puede recibir cualquier calificativo menos que el de democrática. Y la lista puede seguir. Esta convivencia entre formas democráticas-liberales y prácticas típicas de dictadura muestra que los Estados contemporáneos (sea por las razones que sea) alojan una zona gris en las que esas distinciones clásicas entre dictadura y democracia no operan de forma tan clara. Se puede decir entonces (y yo personalmente lo creo) que Venezuela se ha sumado a la lista de esos países en donde se da esa convivencia gris. Y esto no es algo de poca monta, ni un salvavidas de legitimidad, pues el chavismo se está pareciendo a lo que había jurado destruir; es cada vez más parte del statu quo del mundo al cual se opone como esperanza emancipadora. Y en las últimas acciones del Gobierno Venezolano solo se ve una voluntad de ganar tiempo sin saber para qué.

Pero lo que sospecho es que cuando los sectores dominantes de opinión utilizan el concepto “dictadura” no tienen un concepto definido -que por lo demás es incapaz de mostrar y dar cuenta de las manifestaciones del autoritarismo y las violaciones de Derechos Humanos en el mundo contemporáneo-, sino una intencionalidad política: “dictadura” equivale en el mainstream político y mediático a aquello que debe ser destruido sin reserva alguna, sumándole a ello un cheque en blanco moral y político para quienes se le oponen.

Pero no solo la apelación a la dictadura es imprecisa (o al menos demasiado parca y aburrida) e intencionada políticamente, sino que tiene un altísimo costo humano: una guerra civil o una intervención militar. Pues ya sabemos cuál es el resultado de una ecuación que suma dictador más reservas de petróleo en el mundo globalizado. Querer eso para Venezuela, además de una canallada, es un suicidio para Colombia como país. No sé si atacar a la “izquierda radical” colombiana, que al fin y al cabo es una fuerza electoral minoritaria, lo valga.