Este 4 de agosto se cumplen tres años de la muerte de Sergio Urrego Reyes, un joven anarquista que tomó la decisión de acabar con su vida, lanzándose de la azotea del Centro Comercial Titán Plaza a causa del acoso sistemático que sufrió en el colegio al expresar una orientación sexual, distinta a la heterónoma.

El suicidio de Sergio, fue, entre muchas cosas, un acto político; que se convirtió, por un breve instante, en un baldado de agua fría a aquellas personas que creían que, en el país del sagrado corazón de Jesús, la sexualidad no es un problema. Y aunque la familia de Sergio tuvo que pasar todo tipo de trabas legislativas y burocráticas, e incluso directa difamación, la Corte Constitucional no solo reconoció la culpa de las directivas del colegio en donde estudiaba Sergio, que identificaba en su manual de convivencia a los “actos homosexuales” como inmorales, sino que también recomendó a todos los colegios del país revisar sus manuales, para que no se repitiera el trágico caso de Sergio.

La respuesta del Ministerio de Educación fue la creación de unos manuales que pudieran capacitar a los docentes de los colegios en materia de sexualidad. Estos manuales, construidos con el apoyo de varias organizaciones de derechos humanos, buscaba explicar los temas de sexualidad a los docentes, para que pudieran estar atentos a responder de manera eficaz las inquietudes de los jóvenes en el colegio en materia de sexualidad, preguntas que surgen en una cierta etapa de la vida en torno a la sexualidad.

Y por un momento, pareció que la memoria de Sergio pasaría a la historia como aquel motor que logró cambiar el contexto en el que las jóvenes aprendían sobre sexualidad. Parecía ser que el sistema educativo colombiano había despertado y se dispondría a abrir sus puertas a problemas históricamente negados y relegados. Parecía ser que Sergio cambiaría el mundo en el que habitó.

Pero tristemente no fue así. Sectores reaccionarios, liderados mayoritariamente por instituciones religiosas (cristianas), difundieron la errónea idea de que la cartilla contenía material pornográfico explícito y que se repartiría a los niños y no a los docentes. Esta desinformación se mezcló con la noción de “ideología de género”, un viejo fantasma que el Vaticano había usado en tiempos de Juan Pablo II para detener el avance de la liberación sexual y política femenina a finales del siglo XX. Y por si fuera poco, la errónea idea de “perversión de niños” se juntó con las negociaciones entre el gobierno nacional y las FARC-EP; donde astutamente los opositores al acuerdo usaron el miedo milenarista que el acuerdo proyectaba para embutir todo tipo de inseguridades, que los sectores religiosos de Colombia repitieron en denuncias que se contradecían de una manera tan increíble, que hicieron parecer a Macondo un pueblo aburrido: la amenaza de la dictadura-homosexual-castro-chavista se convirtió en la bestia del apocalipsis que traería la firma de los acuerdos.

Y desafortunadamente pudo más la desinformación y el miedo. La ministra renunció, entre otras razones porque su orientación sexual empezó a ser otro de los argumentos sumados a las increíbles acusaciones de perversión; y el gobierno, temeroso de perder el apoyo de un gran sector colombiano a las negociaciones con las FARC, descartó el proyecto de las cartillas. Así, la memoria de Sergio pasó de ser una fuente de esperanza a una cifra más en los informes de acoso escolar a razón de la identidad sexual.

Aunque pareciera ser que la conclusión de todo esto es que la doble moral de un gran sector de la población colombiana puede más que la digna rabia de aquellos que sufren discriminación diaria, aún podemos aprender de esta tragedia. Podemos reconocer el poder que hoy tiene el sector religioso en Colombia, que llega a sobreponerse a la realidad de los hechos. También podemos reconocer que la sexualidad es un problema público y político y que es usado en las disputas estatales. Pero sobre todo, podemos reconocer que es necesaria una nueva educación sexual en el país. Una educación sexual que no genere temor, culpa o resentimiento. Una educación que libere a las personas, que reconozca el abanico de experiencias humanas y que evite que la sexualidad sea aún, un motivo de muerte, no solo en los colegios, sino en todo el país. Si queremos recordar a Sergio, si queremos que su muerte no pase desapercibida, les invito a que luchemos por esa educación sexual que tanto se necesita. Una educación sexual que pueda dar un paso hacia eso que Sergio, como joven anarquista, soñó: un mundo mejor.