Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

Llega un momento en el que es necesario posponer la búsqueda del sentido de la vida para ponerse a buscar trabajo. Yo había escuchado hablar de la crisis de la adolescencia y de la crisis de los cincuenta, pero desde mi corto entender no hay un momento más decisivo en la vida que el que transcurre entre el abandono del estudio y la entrada a la vida laboral. En mi caso, que no es otro que el de cierta parte de la clase media, ese momento emerge al acabar la universidad. Y uno de los efectos de ese tránsito es la muerte de la palabra escrita.

Pero todo empieza años atrás. Antes de embarcarse a la deriva los padres ya han anunciado con suficiencia que no hay mejor etapa que la universidad, que el colegio, que la niñez (faltaría añadir el estado fetal y, antes, la nada). Ese retroceso ad infinitum le resta credibilidad a su argumento, pero en realidad encierra una tristísima verdad: la vida suele ir en dirección a la resignación. Los jóvenes, mientras tanto, desconocen el sentido histórico de su propio devenir, dedicándose a vivir el presente y despreciar el futuro.

Así, poco a poco, van apareciendo las recomendaciones que los mayores hacen entre estima y piedad a futuros universitarios y posterior fuerza de trabajo. La inclinación hacia las artes y las letras son prontamente aplacadas por preocupados padres, mientras que todo un ejército de consternados allegados susurra, como quien sí quiere la cosa, las bondades de la ingeniería de petróleos y la administración de empresas. Carreras con futuro, que dan plata y achicharran el espíritu.

Es ese el momento en el que todos los años que destinaron los maestros a enseñar las letras, las sílabas, las palabras y el sentido que emerge de sus combinaciones, se va al traste. Se enseña la palabra escrita durante toda la escuela para poder despreciarla con apetito el resto de la vida.  Pero si el amor hacia ella, a la palabra escrita, no logra ser del todo aplastado, quedan en la baraja algunas pocas opciones para el novato pos-adolescente. Ahora se me ocurren el periodismo, el derecho y las ciencias humanas.

Sobre el periodismo bastaría decir que hoy somos testigos del lento abandono de las letras en favor de la imagen: bombardeos impiadosos de fotografías, vídeos, galerías y medias y cortas y cortísimas secuencias de información descafeinada dirigida a gente sin tiempo. Quienes persisten en escribir para la prensa sucumben lentamente ante la maquiavélica fórmula que se deriva del apremio por una primicia y el desinterés de un público que opta por informarse con memes. El primer funeral es para la palabra desplazada.

El derecho, mientras tanto, se muestra como un futuro posible para cultivar la lectura: bibliotecas rellenas de códigos, abogados con gafas y Chopin de fondo. Con profunda inocencia entran los estudiantes de leyes a intercambiar las lecciones de Valencia Zea con el Discurso sobre la primera década de Tito Livio. Ingenuos y simples, hordas de futuros juristas equiparan derecho, justicia y cultura como significantes de una misma cadena de sentido. Pero no hay tal.

Habría que advertir que estudiar derecho es esencialmente una técnica, aunque para ser justos se deben mencionar algunas diferencias que se presentan según la universidad de la que se hable. Las universidades para la clase alta suelen formar administradores -sin importar la carrera-, así que se podría ir pensando en dejar de perder el tiempo en derivaciones académicas y lanzar, de una vez por todas, una única línea de estudios que podría llamarse “gerencia de proletarios” o, aprovechando el bilingüismo, “manpower management”. Poca lectura en favor de mucha gestión de personal.

A escasas cuadras, pero también en el Centro, las universidades sin renombre forman litigantes todoterreno cuyo único contacto con el derecho proviene de extensos códigos, normas de papel. Enfocados en detallar “el árbol que impide ver el bosque”, para usar las palabras de D. Kennedy, suelen entrenarse en un oficio cuyo principal fin es servir voluntaria y desprevenidamente a la jerarquía del Estado de bienestar empresarial. Por las noches, cuando se hace el silencio, se puede escuchar el crepitar de las almas secas de quienes deciden dedicarse al derecho tributario o al derecho electoral. Muchas letras comprimidas y empujadas por las afugias del mercado laboral.

Mientras todo esto ocurre, la universidad pública, en una sola agonía, sigue debatiéndose entre formar abogados para el mercado o formarlos para la vida, desencartándose del dilema tras el grado y que te vaya muy bien en esta nueva etapa. ¿Qué hacer con todos los ensayos sobre la transformación del mundo sin tomar el poder, las tesis sobre el Estado ambiental de derecho y las líneas jurisprudenciales sobre la libertad de expresión? A lo mejor quepan en la misma polvorosa caja de las fotocopias viejas de la universidad. Sea cual sea la institución, en el país de los jueces sin Estado se celebra diariamente el segundo funeral, el de la palabra inanimada.

Restarían entonces las humanidades. Hermosas, fecundas e inacabables. Estudiar cualquiera de sus derivaciones será siempre una aventura, aunque nunca comparable con la verdadera travesía de encontrar un trabajo digno luego de haber terminado los estudios. En el transcurso de la carrera el tiempo da acceso a libros completos, a la par que permite convertir los pensamientos en letras más o menos organizadas, más o menos fecundas. El mundo, por lo que me concierne, adquiere un nuevo sentido, porque la escritura proporciona la calma suficiente para convertir las reacciones en pensamientos.  Pero ese mismo mundo tiene preparado el más feroz contragolpe en la etapa adulta: en el mejor de los casos estará la opción de rellenar informes, dictar talleres que nada cambian, montar una academia de budismo zen.

No resultan muy útiles en nuestro espacio-tiempo, por demás, las reflexiones de Bourdieu frente a la dominación masculina, ni la formación del Estado según Elías, ni Deleuze y sus rizomas. El giro lingüístico, por lo que me concierne, a nadie le concierne. Y como que sí, como que A. Solano tenía razón cuando escribía a propósito de la pobreza súbita que “por primera había sentido que su cuerpo era más importante que su mente y los números que las palabras”. Por eso ese cuento de Sartre de que estamos condenados a ser libres no es otra cosa que el producto de las especulaciones de un intelectual francés, hombre y burgués, que nunca tuvo que rogar por dictar una clase así fuera en una institución de medio pelo.

A lo mejor Foucault, el citadísimo Foucault, el Foucault que nunca acabo de entender, tenía razón cuando decía que las ciencias humanas nacen cuando el hombre empieza a indagar sobre su propia figura, “soberano sumiso, espectador contemplado”, pero que de cualquier forma está condenado a dejar de preguntarse por sí mismo. El tercer funeral, el más solemne y más triste, es el de la palabra desoída.

Boudrillard escribiría que somos la cultura de la eyaculación precoz, de la producción acelerada, de la exacerbación de la voluntad de poder. Así es que vamos perdiendo los rituales, que por lo general cumplían el papel de fraccionar el flujo de la vida en momentos determinantes, para entregarnos al desenfreno y acabar la propia vida pronto. Esa fluidez contemporánea que manda que circulen los grados y los profesionales y los diplomados y la experiencia laboral, es la misma idea que manda que circule el capital. Lo que procure demora, como las letras, está condenado a la desaparición.

Acudamos todos juntos a este gran entierro tripartito, que mientras se consuma todavía habrá tiempo para escribirnos y leernos.