Lucas Restrepo

* Lucas Restrepo

Doctorante en Ciencias Sociales, mención Sciences juridiques et philosophie politique, de la Universidad Denis Diderot - Paris 7 (Francia). Proyecto de investigación: ’’Gouverner le conflit, faire justice. Une lecture généalogique de l’expérience de la justice à propos du conflit politique colombien’’. Master 2 europeo en Filosofía, mención: Philosophie et critiques contemporaines de la culture, de la Universidad de Paris 8 (Francia). Especialista en Derecho Público de la Universidad Externado de Colombia. Abogado de la Pontificia Universidad Javeriana - Cali

La revolución es como Saturno, se come a sus propios hijos. Esta frase, atribuida a Robespierre momentos antes de ser ejecutado por sus antiguos compañeros de armas, retrata a la perfección un viejo mito político en Occidente que trata de sus fundamentos antropológicos. Cuando el orden y el autocontrol abandonan a la humanidad, la violencia intrínseca del hombre termina por destruir su más preciado bien: la cultura. La revolución, forma extrema de toda naturaleza desatada, no puede más que interrumpir la vida al desencadenar la bestia que nos habita. Porque se trata de una bestialidad organizada, sin ley, resulta incluso más brutal, más criminal: una bestialidad infanticida, que destruye su propia descendencia. El momento más intenso del libro de Jorge Rojas Timochenko, el último guerrillero muestra una forma diferente de pensar la revolución (y, tal vez, su relación con la democracia). Se trata del momento en que su amigo de juventud Rodrigo Londoño le revela, a media voz, con esa timidez característica de los más antiguos dirigentes de las FARC-EP, la “razón” por la cual un movimiento armado, contando aún con una enorme capacidad de fuego y un gran arraigo social en sus zonas de influencia, decide transformarse en un movimiento político. El libro lo muestra de manera difusa pero cierta: no es ni el sentimiento de derrota ni de aislamiento los que incidieron en esa decisión histórica, sino más bien el problema político fundamental frente al cual se ven aún hoy confrontados: el odio.

El libro de Jorge Rojas se deslinda del resto de la literatura ya abundante sobre las FARC-EP en al menos un aspecto: es al tiempo producto y agente de una ruptura (que no “apertura”) en proceso. La firma del Acuerdo de paz desembocó en un proceso de desmonte gradual de una figura específica del enemigo irreductible en tanto que ese gran “otro” absoluto: el guerrillero o, recientemente, terrorista. No se trata tanto de un personaje que comete delitos sino más bien de un ser que porta consigo la más grande de todas las amenazas, siempre brutal e irreflexivo, habitando allende las fronteras y constantemente al acecho: un bárbaro de esos que pueblan los relatos antropológicos clásicos. Nuestra tradición política está poblada de estas figuras, en ocasiones racializada, en ocasiones ideologizada. Del “indio”, bestial y artero, pasando por el “negro” perezoso y brutal (o la síntesis de los dos expresada en el “narco”) hasta llegar al “guerrillero”, una línea continua se despliega para darle forma y color a la corrección política y a la imagen de la paz y del progreso. Para defender la vida y la felicidad pues, una combinación de todas las formas de exterminio del otro resulta siempre válida. La interrupción “consensual” que representó la corta hegemonía liberal-democrática en Colombia, no impidió ni la continuación del genocidio de la UP ni las masacres de El Nilo, Mapiripán, El Aro, Barrancabermeja, La Gabarra, Buenaventura o El Naya, que se presentaron entre 1991 y 2002 (por mencionar algunas, al azar). Tal vez esa interrupción no lo fue tanto y, al contrario, los “consensos democráticos” son a veces precursores de monstruosidades invisibles, como bien lo registran los horrores que nos lega el tiempo consensual. El Acuerdo de paz seguramente no pone punto final al horror (tal vez incluso lo haga más visible y, por ello, más intenso), pero sí da fin, al menos, a uno de sus elementos esenciales: sus fronteras di-sensuales. Este desmonte del “otro” bárbaro abre sin duda una grieta en los discursos que hablan sobre lo que somos. Estamos, si se quiere, ante una crisis de “identidad” en tanto que comunidad humana.

En esta “crisis de identidad”, el libro de Jorge Rojas resulta de una actualidad indiscutible. Es producto de dicha ruptura puesto que, en el marco de un régimen de exclusión pública de la imagen del bárbaro, el acto de darle la palabra, en sí mismo, resultaba un crimen. Con el rostro insurgente des-barbarizado, nuevas formas de la palabra y de intervención pública se empiezan ya a configurar. Pero es, además, agente de dicha ruptura puesto que materializa, en un proceso de des-hegemonización de los relatos sobre lo que somos, nuevos actores para los nuevos escenarios en formación. No se trata de creer que marchamos triunfales hacia la tierra prometida de la democracia total, o radical, o plena. La sola novedad, en el presente, es la posibilidad real de abandonar nuestra forma “profiláctica” de construir sociedad. Ahora bien, siendo hijo de su tiempo, es posible que el libro de Jorge Rojas resulte aún “inaudible” ¿por “mamerto”, ergo, por anacrónico, como le gustaría creer a cierta precandidata presidencial? Tal lectura es paradójica porque sufre de la “patología” que ella misma denuncia: a fuerza de encasillar a las figuras tradicionales de cierta izquierda tradicional en las imágenes de un tiempo terminado, el argumento liberal-democrático se condena al estancamiento discursivo bajo el esquema binario “tú lo viejo/yo lo nuevo”. La “novedad” liberal hace rato que ya rindió sus peores frutos. El libro de Jorge Rojas es inaudible, más bien, porque aún no está agotado el “choque cultural” que conlleva la desaparición de las FARC-EP como grupo armado y su consecuente reaparición como grupo político.

El libro, que toma la forma de entrevista, no es una biografía de Timochenko. El autor confiesa la imposibilidad de deslindar al guerrero, del político, del humano. Tres en uno. De hecho, es impactante la voluntad férrea del protagonista de no mostrar más que al político, al militante y, sin lugar a dudas, al humanista-marxista-leninista, sinónimo de “revolucionario” en cierta tradición guerrillera latinoamericana. ¿Es posible un marxismo leninismo en el siglo XXI? La pregunta sobra, puesto que muchas cosas, lo sabemos, son ya posibles en el siglo XXI. Y sobra, en especial, porque el “marxismo-leninismo” de las FARC-EP se parece menos a una ideología de Estado y más al discurso que permite expresar (de manera insatisfactoria, por supuesto) una forma de vida al interior mismo de la organización armada. La vida organizativa al interior de la guerrilla es una verdadera “forma de vida” que, además de garantizar la vida, quiere recrear el futuro socialista. Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar el rigor de la vida guerrillera como una respuesta a las exigencias del combate. Timochenko lo aclara: el combate representaba una ínfima parte de la vida guerrillera. La vida guerrillera, una vida de trabajo colectivo constante y riguroso, es la condición de posibilidad del combate y no su efecto. Pero es, también, el modelo de la-política-según-las-Farc y la principal fortaleza del nuevo Partido. Cabe preguntarse entonces: ¿qué sucederá a partir del momento en que las condiciones de la vida guerrillera desaparezcan, a saber, la vida colectiva del ejército y del partido revolucionarios en las fronteras del sistema? ¿Qué pasará cuando los guerrilleros se vean confrontados directamente a esa gran empresa de subjetivación que es el capitalismo? El libro ni plantea la pregunta ni propone una respuesta, pero la interrogación se percibe de principio a fin.

Ahora bien, frente a la pregunta de por qué las FARC-EP tomaron la decisión de dejar atrás la lucha armada y de convertirse en partido político, Timochenko parece darnos dos respuestas. Primero, la respuesta clásicamente leninista: cada táctica debe adaptarse a las nuevas condiciones políticas y sociales de la lucha. Dicho de otra forma, el tiempo del alzamiento armado y sus posibilidades de éxito político está agotado; es el tiempo de la combinación de todas esas formas de lucha que privilegian la acción política de las fuerzas populares por sobre la guerra. En efecto, mientras que el Plan Estratégico de la VIII Conferencia guerrillera quería hacernos creer que la revolución en Colombia podía llegar a través de una táctica de guerra revolucionaria prolongada, del campo a la ciudad, Timochenko nos invita a pensar una nueva táctica para transformar a Colombia: la democracia. Las FARC confían en que el Acuerdo, bien implementado, podría resolver ciertos problemas que bloquean la institución de una sociedad más democrática, entre ellos, la represión violenta de las reivindicaciones sociales más simples: tierra, educación, salud, trabajo. El Acuerdo no resuelve esos problemas, pero permite desbloquear opciones de solución. Por ello es poco probable ver a las FARC con candidato propio en las elecciones presidenciales de 2018: su prioridad es la implementación del Acuerdo. Sin embargo, brilla por su ausencia, en el libro, el problema ideológico que representa proponer la democracia, al tiempo, como horizonte político y como táctica de la revolución. De hecho, brilla por su ausencia todo debate ideológico. ¿Tiempos de pragmatismo? Está por verse.

La segunda respuesta se dibuja ante la pregunta sobre la guerra misma. Allí, en el vacío que existe entre “la táctica” y “las condiciones” aparece una crisis. Timochenko defiende: la guerra crea lazos de amistad profundos entre los combatientes. La violencia de los combates parece generar comunidades sensibles, tanto en el campo de batalla como entre quienes la sufren. Timochenko llama a ese lazo “amistad”, otras veces “amor”. Ahora bien, la guerra colombiana, confiesa, se degradó: “En la última etapa de la guerra se insensibilizó gente de lado y lado”. Con esta degradación, “las heridas son más profundas” a tal punto que la revolución se convierte en una bestia desencadenada. Es posible pensar el problema haciendo una genealogía de la venganza al interior de las FARC: mientras que la generación de Cano veía en las FARC la herramienta más eficaz para hacer la revolución, muchos miembros de la generación más reciente creyeron encontrar allí la posibilidad de hacer justicia por los crímenes cometidos por la fuerza pública y los paramilitares. El odio, concluye Timochenko, “hace que se pierda el sentir de la acción revolucionaria.”. La guerra colombiana se volvió un monstruo incontrolable, un Saturno aberrante: una deidad sin caótica que se come a sus hijos desde adentro porque destruye toda subjetividad revolucionaria. La guerra actual se convirtió en la negación dialéctica de la revolución. Acabar nuestra guerra es entonces acabar contra el más grande peligro que corre toda revolución: quedarse sin revolucionarios.