En los últimos meses –y años y décadas-, el país se ha visto sacudido por una serie de escándalos de corrupción en los que cada nuevo hecho tiene una apariencia aun más surreal y espectacular que el anterior. Es una cadena de caída libre y de descubrimiento del ingenio para la trampa, digna de la mejor literatura del absurdo. Cada semana esperamos, con algo de ansia, curiosidad y morbo, con qué nos sorprenderá la realidad corrupta del país. Resulta ya prácticamente imposible, incluso, llevar la cuenta, hacer el recuento mental de cada sorpresa de corrupción y de cada irónica noticia en la que se ha abusado de lo público con fines privados. El ramillete de culpables, además, parece ser de todos los colores y niveles en la jerarquía social, burocrática, económica y política. La realidad nacional se ha convertido –o quizá siempre lo ha sido- en una feria en la que se compite por quién es capaz de hacer el desfalco más grande y espectacular, quién es el mejor traficando influencias, quién recibiendo dinero por cumplir o no cumplir su labor, quién es el más descarado y torpe, quién el más hábil para esconder con argucias sus podridos, quién tiene menos escrúpulos para robar incluso a los sectores más vulnerables… En fin.

El tono del párrafo anterior –lleno de indignación- se repite sin cesar en conversaciones de esquina, en radio, en televisión, entre académicos, periodistas y funcionarios. La constante suele ser la indignación. Se declara sin cesar que la corrupción es indignante; que el país está indignado. Cada nuevo escándalo es aun más indignante que el anterior. ¿Cuánta indignación puede acumular un pueblo? ¿De verdad estamos indignados? ¿Qué estamos diciendo cuando gritamos que estamos indignados? Al final, pareciera que la indignación, como tantos otros términos, se ha convertido en una palabra comodín, que se usa porque sirve, porque cabe, porque queda bien, pero no porque se quiera significar algo con ella. Mi interpretación de todos estos clamores de indignación es que, o bien la palabra ya no tiene el sentido que se le reconoce lexicalmente, o bien, no existe ya compromiso epistémico al usarla. Ambos casos suponen, a mi juicio, un peligro enorme para la construcción de ciudadanía y para la acción política, y propicia, a su vez, la naturalización y la pasividad social frente a la corrupción.

Indignarse ha dejado de significar

“Indignación”, según la definición lexical –que a su vez proviene del registro de las formas en las que las personas usan la palabra-, significa enojo, ira o enfado vehemente contra una persona o contra sus actos cuando se consideran que han sido injustos, ofensivos o ruines. La indignación parece ser, entonces, una pasión íntimamente ligada a los sentimientos morales; una pasión que –en tanto pasión- impulsa a rechazar un acto precisamente porque se considera gravemente reprochable. Recordemos que un rasgo distintivo de una pasión es su capacidad de ser motor de acción. Entonces, si aceptamos esta definición –la de indignación como pasión relacionada con un juicio de carácter moral-, tendríamos que reconocer, a su vez, que una indignación que no se traduzca en un impulso de acción, no podría ser llamada, en sentido estricto, indignación. Una indignación pasiva es una autocontradicción.

Ahora bien, si revisamos las veces en las que en medios de comunicación o en conversaciones cotidianas hemos escuchado o usado el calificativo de indignante para referirnos a algún caso de corrupción, o nos hemos declarado indignados por él, y revisamos, en paralelo, las acciones que han surgido de allí, me temo que en un enorme porcentaje de las veces, tendremos que reconocer que esta indignación declarada ha sido infértil. La indignación del presentador de noticias suele durar lo que dura la nota a su cargo, luego se despeina y almuerza imperturbable; nuestra indignación ante el televisor o el periódico que registra algún caso de corrupción suele durar el tiempo que dura el noticiero o el tiempo que tardamos en leer la columna, o hasta cuando la noticia se convierte en chiste o en meme. En el mejor de los casos, la molestia puede arruinarnos el ánimo un par de horas, o hasta un día. Pero ¿con qué frecuencia esa declaración de indignación parece ser efectivamente una pasión vehemente capaz de impulsar nuestra acción? Me atrevo a aventurar una respuesta breve y desalentadora: casi nunca. Pareciera que casi nunca impulsa en nosotros una acción política de rechazo. Incluso si por acción política de rechazo entendemos acciones tan simples pero políticamente relevantes como informarnos más y mejor para asegurar futuras decisiones electorales que castiguen la corrupción.

Esta paradoja –declararse indignado pero no sentir ningún impulso de resistencia- puede explicarse simplistamente diciendo que es la palabra indignación la que ha cambiado de significado. Puede decirse que no se trata de ninguna paradoja, que todo lo que ocurre es que ha cambiado el sentido que le damos a la palabra “indignación”; que, cuando en la actualidad usamos esta palabra, la usamos simplemente para manifestar una molestia pasajera que se genera por algo que nos desagrada, para manifestar desaprobación; pero que no se trata, en sentido estricto, de una pasión. Esta nueva indignación ha perdido su vehemencia, su poder creador, se ha vuelto insulsa.

Si es este el caso, es decir, si la palabra “indignación” y sus diferentes transformaciones y combinaciones ya no hacen referencia a una pasión –a un motor para la acción-, la indignación ha perdido, también, cualquier interés e importancia para la política. Una indignación estéril es irrelevante políticamente.

Nos indignamos sin indignación

Otra opción interpretativa de esta sobreabundancia de declaraciones de indignación, pero esta escasez de efectiva acción política de rechazo, puede, ya no estar relacionada con el sentido que le damos a la palabra, sino con el compromiso epistémico que asumimos al pronunciarla.

Se supone que cuando yo digo algo, estoy comprometida con las creencias, deseos o cualquier otro estado mental que esté relacionado con mis palabras. Así, si digo “quiero un país en paz” y estoy comprometida epistémicamente con mis palabras, es necesario que efectivamente tenga el deseo de un país en paz. Lo mismo ocurre en general con las afirmaciones: cuando decimos “hoy es viernes”, o “Colombia es un Estado Social de Derecho” y estamos comprometidos epistémicamente con esta afirmación, no sólo usamos palabras al azar, estamos significando algo con esas palabras y, además, contamos con los estados mentales relacionados con eso que manifestamos. En este caso, además de decir, creemos que hoy es viernes y creemos que Colombia es un Estado Social de Derecho.

Así, lo otro que puede pasar es que al decir que estamos indignados, no estemos comprometidos epistémicamente con esta afirmación y en consecuencia, aunque lo afirmemos, nuestros estados mentales no se corresponden con los que se esperaría de alguien que efectivamente esté indignado. En otras palabras, podría ser que lo que pasa es que nuestra manifestación de indignación es vacía.  

La falsa indignación de seudo-ciudadanos

Independientemente de que la palabra haya cambiado o perdido su sentido, o de que lo que ocurra sea que desconectamos nuestras palabras de nuestros estados mentales, lo que parece es que no contamos hoy, por razones que escapan a mi entendimiento, con un sentimiento genuino de indignación. Y no estamos indignados aun cuando estamos llenos de información que debería causarlo. Ni siquiera la avalancha creciente y surreal de casos de corrupción de la que tenemos noticia hoy ha podido generar esta pasión en nosotros. Todo lo que hay, por lo menos en la mayoría de los casos, parece ser apenas una seudo-indignación, una mera pose.

Esta aparente incapacidad de sentir indignación es políticamente nefasta. Son los sentimientos -como defiende buena parte de la filosofía moral contemporánea- la fuente de nuestras valoraciones éticas; son los sentimientos los que permiten que aprobemos una acción por considerarla virtuosa y rechacemos otra al considerarla reprochable. Sin los sentimientos, sencillamente no podríamos considerarnos sujetos morales. Pero aunque todos los seres humanos estamos, por naturaleza, dotados de sentimientos morales –como de otras capacidades sensoriales: ver, oír, etc.-, buena parte de nuestro “éxito” como sujetos morales dependerá de la formación y el entrenamiento que demos a estos sentimientos. Un entrenamiento deficiente puede terminar atrofiando nuestros sentimientos morales, y sujetos atrofiados moralmente son incapaces de actuar políticamente. La acción política implica conciencia de comunidad, reconocimiento de lo compartido en medio de la diferencia, una imagen de la vida buena en comunidad. Todo esto implica juicios de carácter ético que recaen, ya no sobre acciones particulares que afectan sujetos particulares, sino sobre acciones colectivas que constituyen y afectan la colectividad. Una opinión política tiene siempre a su base, unas posiciones sobre el bien y el mal, la justicia y la injustica.

En este sentido, la indignación, esta pasión vehemente que genera rechazo, cumple un papel fundamental en la construcción de ciudadanía y en la conciencia de ser sujetos de derechos y de deberes. La indignación legítima es uno de los motores más importantes para la organización y movilización social capaz de transformar realidades injustas complejas, como la corrupción. Si, como pareciera, somos incapaces de indignarnos realmente, ¿de dónde vamos a sacar las fuerzas y el compromiso para generar los cambios sociales que una lucha, verdaderamente interesada en superar el estado de corrupción generalizado en el que estamos, exige?

Apunte final: hay un caso, relacionado con este de la falsa indignación del público, que creo es aun más peligroso: es cuando la indignación impostada –falsa-, se convierte, como ya se ha visto, en iniciativas políticas –partidos, proyectos de ley, etc.- que muy lejos de perseguir honestamente un interés de consolidar instrumentos de lucha contra la corrupción, no son más que estrategias populistas en medio de campañas electorales. La especial peligrosidad de estos casos radica en que puede hacer que la genta confíe en que apoyándolas está actuando políticamente en contra de esa corrupción que los indigna, cuando lo que realmente está ocurriendo es que están sirviendo de marionetas en la persecución de intereses privados. Esto también es, en algún sentido, corrupción.