Hace un par de semanas, en mi columna habitual de El Espectador, escribí sobre la tragedia de los accidentes de motos. Al final, puse una adenda de tres líneas sobre la situación de Venezuela y dije lo siguiente: “la izquierda radical nunca sostiene que hay que enfrentar a los tiranos de derecha con el diálogo; solo con la protesta. Si quiere ser consecuente, debería hacer lo mismo con el Gobierno de Venezuela.”

Poco después, en este portal, el profesor Andrés Felipe Parra publicó una dura réplica contra lo dicho en esa adenda. Según Parra, el reclamo que hago a la izquierda radical refleja “una vieja y mediocre artimaña”; “un truco mezquino y de un mal gusto intelectual insoportable”; una falacia que esconde “una visión contrainsurgente”; un “cheque en blanco, moral y político” a favor de la oposición venezolana; una opinión “ramplona y sin ningún tipo de matices” que “apoya un revanchismo irracional”, lo cual es “puro anticomunismo, macartismo y marketing político” en nombre de la libertad. Y como si todo lo anterior fuera poco, el señor Parra califica mi comentario de “totalmente deshonesto”. Nunca pensé que esas tres líneas pudieran desatar una andanada semejante.

Reconozco que puede haber dicho las cosas con algunos matices. No es verdad que la izquierda radical “nunca” proponga el diálogo para enfrentar a los tiranos de derecha, y tampoco es cierto que no haya gente en esa izquierda que critique duramente al gobierno de Venezuela. Hice una caricatura, sin duda, pero, como es natural en toda caricatura, ella refleja algo real, y ese algo es esto: uno de los problemas de nuestro debate nacional es la dificultad que tienen las posiciones radicales (en cada uno de los dos polos del espectro político) de reconocer hechos humanamente inaceptables cometidos por gente cercana a su posición. Lo he dicho decenas de veces en mi columna de El Espectador: la civilización de nuestro debate político pasa por denunciar la barbaridad cometida por los políticamente cercanos. Eso implica que la izquierda condene las atrocidades de los gobiernos de izquierda con la misma fuerza que condena las de los gobiernos de derecha. Si esa regla elemental se practicara, la guerra y la violencia perderían fuerza y las posiciones políticas se fortalecerían. Una parte de la izquierda (ni que hablar de la derecha) desconoce esta regla.

Esa es la verdad de fondo que está en la adenda que escribí. En el formato de una columna de opinión no podía sustentar lo dicho con un listado de personas y con el uso que cada una de ellas hace de conceptos tales como “radical”, “tiranía” u “opresión”, para luego verificar si existe o no una correlación entre ese grupo de personas y lo que piensan sobre Venezuela. Era una columna de opinión (responsable, por supuesto), no un tribunal de justicia ni una tesis de doctorado. Mi opinión merecía, en el peor de los casos, una opinión contraria, no un panfleto inquisitorial.

En todo caso, mi caricatura es menos burda (menos grosera) que aquella que el propio profesor Parra dibuja sobre posiciones como la mía, cuando dice que es contrainsurgente, aliada de la oposición y revanchista. ¿Decir que Venezuela es una dictadura es apoyar a la oposición venezolana? Son dos cosas, lógica y políticamente, distintas. Esa sí que es, utilizando su propia terminología, una caricatura “ramplona y sin matices”. Muy difícil no relacionar esto con el uribismo colombiano, experto en las simplificaciones tipo “si usted no está conmigo está contra mí”.

Si el señor Parra se hubiese limitado a calificar el tipo de crítica que hago a Venezuela de mediocre, deshonesta, mezquina, contrainsurgente, etc., yo tal vez habría terminado este escrito diciendo algo sobre la necesidad de moderar el lenguaje y de discutir con más argumentos y menos descalificaciones personales.

Pero el profesor Parra no se limita a descalificar lo que digo; también analiza la situación de Venezuela. Y lo que allí dice, ¡oh sorpresa!, es un ejemplo de lo que yo critico en mi adenda (ser condescendiente con la barbaridad de los cercanos), con lo cual Andrés Parra me termina dando la razón, a pesar de tratar lo que digo como lo trata. Es como si él dijera esto: al usted decir que toda la izquierda radical es complaciente con la tiranía en Venezuela, comparte toda la mediocridad, deshonestidad (etc., etc.) de la derecha y de la oposición; pero, si a la situación actual de Venezuela vamos, yo soy indulgente con lo que allí está pasando.

Andrés Parra relativiza el concepto de dictadura. Hay países, dice, como Colombia, Israel o Estados Unidos, que se proclaman democracias liberales y que, en realidad, son dictaduras escondidas. Son países en donde las formas de la democracia se combinan con las prácticas de la dictadura. Eso mismo, agrega, es lo que está ocurriendo en Venezuela. Lo que pasa allí, entonces, no tiene nada de excepcional, de anormal, sino que es parte del statu quo del mundo; un mundo que va en contravía de la esperanza emancipatoria.

Ese concepto diluido de dictadura conduce a la imposibilidad de hacer diferencias elementales y, con ello, bloquea el debate.  Según el diccionario María Moliner, la dictadura es un régimen en donde “el gobernante asume todo el poder, sin ser él responsable ante nadie”. Eso es lo que está pasando en Venezuela: un gobierno que concentra todas las decisiones políticas fundamentales y que nadie controla. Extender así el concepto de dictadura nos lleva a un enredo (nominalista) que termina confundiendo todo: el régimen de Pinochet en Chile con el actual del presidente Santos (e incluso con el de Uribe); el gobierno de Erdoğan en Turquía con el gobierno de Macri en Argentina; el régimen nazi con el gobierno de Trump.

Es cierto que la dictadura no es la única forma de opresión, ni de autoritarismo, ni de violación de derechos humanos. Hay otras formas, por supuesto, pero de eso no estamos hablando. Estamos hablando de Venezuela y de sus problemas. Una mala manera de enfrentar este debate es diciendo esto: sí, ese país tiene muchos problemas, pero mire otros países y verá que también encuentra problemas similares o peores.

No hay duda de que la democracia liberal es, en la mayoría de los países, poco democrática (empezando por la actual de los Estados Unidos), pero los defectos de ese tipo de democracia, que son muchos, no son los mismos de un régimen dictatorial, en donde se concentra el poder en un solo órgano y se violan los derechos de la oposición. Meter todo en el mismo saco para referirse a lo que ocurre en Venezuela, o explicar todo por el obrar de un orden económico internacional que está en todas partes y que lo controla todo, es una manera de diluir la responsabilidad que tiene el chavismo y en particular el presidente Maduro. Es justamente a esa falta de sentido crítico con respecto a la barbaridad de los cercanos a la que yo me refería en mi adenda.

Si queremos hablar civilizadamente de lo que ocurre en Venezuela tenemos que separar conceptualmente la dictadura de otros tipos de dominación política (como el que hay en Colombia), así como entender bien las causas y los mecanismos que operan en cada caso. Tal vez debemos esforzarnos por hacer más sociología política y menos militancia ideológica. Yo estoy dispuesto a participar en ese debate, pero siempre y cuando se trate de un intercambio de argumentos, no de un sartal de descalificaciones personales.