A finales de 2014 el gobierno de Cuba descubrió que Estados Unidos, por medio de la USAID, intentó, entre 2008 y al menos 2010, generar e impulsar un movimiento juvenil contrarrevolucionario en la Isla, principalmente a partir de la promoción, difusión y visibilización de artistas críticos con el Gobierno: el grupo de rap Los Aldeanos y Silvito el Libre (hijo de Silvio Rodríguez), sin que estos supieran de lo que hacían parte.

Según el portal CubaDebate, “el proyecto secreto de la USAID trataba de diseminar una “revolución democrática” (…) Todo giraba en torno a una estrategia de manipulación sutil. Su objetivo: hacerse al mando del movimiento hip-hop de la isla “para ayudar a la juventud cubana a romper el bloqueo informativo” y crear “redes juveniles para el cambio social”, según muestran los documentos. Habían estudiado el entorno hip-hop cubano y llegado a la conclusión de que por ser una fuente de disenso, ofrecía una oportunidad poco común y con un potencial para desarrollar la misión de “promoción de la democracia” de USAID (…) Aunque parece inverosímil que Estados Unidos echara mano de la música para generar resistencia al gobierno de Raúl Castro, había un precedente: el proyecto se inspiró en conciertos de protesta del movimiento estudiantil que ayudó a derrocar al entonces presidente serbio Slobodan Milosevic en 2000”1.

Hay que reconocer que, desde su perspectiva, era acertada la estrategia de la USAID; y, en un ejercicio autocrítico, debemos también constatar que en Colombia, históricamente al interior de los movimientos sociales y en el amplio espectro de las izquierdas, el papel dado al arte y la cultura ha sido accesorio y subsidiario a la discusión política propiamente dicha, cuando no residual e incluso inexistente; más aún si se trata de expresiones culturales juveniles. Y, pese a ello, día a día la realidad nos demuestra que, en la actualidad, la lucha de clases es también -y sobre todo- una lucha cultural, en la que los jóvenes, además, tenemos un rol fundamental.

En efecto, la disputa política contrahegemónica pasa principalmente por la apropiación del “sentido común” de la sociedad en general: por la construcción de identidades, referentes e imaginarios que conduzcan al posicionamiento individual y colectivo, frente a la realidad y su interpretación. Y ese “sentido común” es movido principalmente por emociones, antes de ser racionalizado. En ese contexto es central y definitiva la función del arte popular y la cultura para la paz, en la disputa política. Lo ha sido siempre y lo es más ahora; tanto por la etapa del desarrollo del capitalismo a nivel mundial, como por la actual coyuntura nacional tras la suscripción del Acuerdo de Paz.

Cuenta el cantor fariano Julián Conrado que, en desarrollo de una Escuela Nacional de Cuadros, luego de oírlo en una hora cultural y para incentivarlo y que tomara conciencia de la enorme importancia de su labor y de la necesidad de seguir en ella, el Comandante Jacobo Arenas lo llamó a su caleta y le dijo: “La revolución cubana se hizo más a punta de canciones que de balas. La revolución nicaragüense se hizo más a punta de canciones que de balas”2. Cuánta razón tenía. En efecto, además de las experiencias descritas, particularmente en América Latina, el lugar de la emoción, el sentimiento y la mística, en los recientes procesos de transformación, como en Venezuela y Bolivia, ha sido fundamental: el rescate del Caribe y el Llano en Hugo Chávez; el orgullo de reconocerse pueblo originario en Evo; la resignificación de Bolívar y Martí en lo simbólico para la construcción de la unidad y el sentir nuestroamericano. Y tales apropiaciones identitarias, más que por la vía del discurso racional, se han hecho, en primera medida, al ganar el “corazón”, la sensibilidad y las emociones, de las grandes mayorías.

Tal lucha cultural se desarrolla tanto en lo “público”, como en la esfera de lo “privado” y aparentemente personal: el arte popular tiene entre sus tareas la de contribuir a revertir las formas opresivas en las que nos relacionamos cotidianamente: fortalecer y reconstruir los vínculos familiares, sociales, colectivos y comunitarios, a partir de lógicas transformadoras, solidarias y de construcción de mujeres y hombres nuevos. Eso es profunda y esencialmente político. En ese mismo sentido y de manera simultánea, debemos aportar a la generación de una cultura de paz y reconciliación nacional: impulsar y consolidar el respeto y la valoración por la vida, la diversidad, la tolerancia y el pluralismo; desarmar mentes y corazones llenos de odio y prejuicios, y avanzar en la consolidación de la paz.

Una de las consecuencias más graves –y a la vez más invisibilizadas- de la guerra y la victimización de millones de personas, fue la ruptura del tejido social comunitario y el arrasamiento o debilitamiento de prácticas culturales otrora arraigadas en las comunidades, para la imposición de una verdadera cultura mafiosa. El bloque hegemónico dominante, autor o beneficiario de tales prácticas logró, en gran medida, inculcar sus valores culturales antipopulares, y hacerlos pasar como propios, al resto de la sociedad. En ello sufrimos una derrota estratégica que costará mucho contrarrestar y que urge revertir.

Tenemos entonces tres tareas y retos imprescindibles en los que con urgencia debemos aportar de manera fundamental desde el arte popular y la cultura para la paz:

1) Reconstrucción del tejido social destruido por la guerra y las lógicas mafiosas: rescate de las identidades, prácticas, saberes, costumbres y tradiciones ancestrales de las comunidades victimizadas, populares e históricamente perseguidas.

2) Contribución a la reconciliación nacional y construcción de una cultura de paz, tanto en lo privado como en lo público: desarmar corazones, echar abajo el terror definitivamente e impulsar nuevas fraternas y solidarias maneras de relacionarnos.

3) Promoción, difusión y visibilización de apuestas, proyectos, programas, movimientos y partidos políticos alternativos y populares, con vocación de Poder: cautivar y enamorar a las grandes mayorías nacionales ansiosas de una transformación para que se vinculen, desde el amor y la alegría, a las luchas por las reformas estructurales necesarias en la construcción de un nuevo país.

Para retomar la experiencia relatada al inicio, tan solo en Bogotá, cientos de miles de jóvenes reclaman y se definen a sí mismos como raperos. En su mayoría provienen de sectores populares, les habita un espíritu rebelde inherente a su condición y, al menos potencialmente, estarían ávidos de participar en forma activa en la transformación del país y sumarse a renovadas expresiones políticas con vocación de poder.

El momento histórico nos impone superar inanes discusiones teóricas -que no pocas veces son el disfraz de intereses mezquinos personales o sectoriales- para, desde la práctica creativa y sensible, cautivar, enamorar y sumar voluntades y corazones a los procesos de transformación. Inventarnos y reinventarnos a partir de la sensibilidad y la emoción.

Los artistas populares, trabajadores y trabajadoras de la cultura comprometidos con la paz, podemos y debemos contribuir a cimentar y difundir masivamente los valores transformadores de mujeres y hombres nuevos a partir de lenguajes populares, juveniles, amplios, incluyentes y unitarios, en los que cualquier tendencia política democrática y hombre y mujer del común, pueda verse identificada, sentir como propia y hacer suya decididamente.

Hoy en día, una canción, una pintura o una poesía, pueden tener el mismo o incluso mayor alcance movilizador, que las tradicionales formas de convocatoria, discusión y disputa política.

Apostarle a ello con decisión es una tarea histórica imprescindible.

 

  1. http://www.cubadebate.cu/noticias/2014/12/11/eeuu-pago-a-raperos-cubanos-para-cambio-de-regimen-en-cuba-impresionante-investigacion-de-ap/
  2. https://www.youtube.com/watch?v=5WBGmqlSTGc