Andrea Barrera

* Andrea Barrera

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias

Hace un par de días fuimos juntas a ver una película que pintaba bien. No nos arrepentimos de nuestra elección. Viéndola nos reímos con algunas partes, nos distrajimos en otras y, al salir, conversamos un poco de algunas de las sensaciones que nos había generado la proyección. Se trata del documental “Amazona”, recientemente estrenado, cuyo corto daba para pensar que se trataba de una historia de maternidad no normativa, para ponerlo de alguna manera. Pero resultó que era mucho más que eso: era también y, sobre todo, la historia de una mujer que defiende la libertad de vivir su vida, su vida propia, tendríamos la tentación de escribir, hasta las últimas consecuencias.

No nos queremos detener en un relato incompleto de la película, ni hacer un esfuerzo por esbozar una crítica para “calificarla” con unas cuantas estrellas. Nos interesa, en cambio, comentar brevemente uno de los aspectos de la película que más llamó nuestra atención: la culpa. A medida que va transcurriendo la historia de Val, la protagonista de “Amazona”, o mejor, a medida que vamos adentrándonos en ciertos momentos de su historia, gracias a su relato, a sus canciones, a bellas fotografías y paisajes, entre otros elementos, vamos descubriendo también a una mujer que se rehúsa a sentirse y ser culpabilizada por lo que ella considera a todas luces evidente: que decidió vivir su vida como a bien tuvo, tomando las decisiones que iba considerando correctas, sin asumir la maternidad como un sacrificio.

Y, sin embargo, o quizás por esta misma resistencia a declarase culpable, el “descubrimiento” de la historia de Val nos fue posible de la mano, o mejor, de la voz de la hija (realizadora del documental) que interpelaba constantemente a la madre preguntándole si acaso no podía aceptar que había cometido errores y que éstos habían causado dolor en ella y en su hermano. Sin tratarse de un señalamiento constante, esta interpelación va dejando al descubierto una relación ambivalente, que se mueve entre la alegría de haber vivido una infancia llena de libertad, de sabores, de colores, de paisajes y climas diversos, posibilitada en gran parte por Val, y la incomprensión de las decisiones que iba tomando la mujer-madre a quien, de hecho, en algún momento se la tilda de “egoísta” por, supuestamente, haber puesto su vida por encima de la de sus hijos.

Estos señalamientos constituyen, para nosotras, un evidente “llamado al orden”. Si bien la película nos presenta a una mujer “extraordinaria” y “fuera de lo común”, llena de fuerza y guiada por una búsqueda inagotable de libertad, el constante cuestionamiento de las consecuencias de ese modo de vida, sobre todo de las consecuencias negativas que parece haber tenido en la vida de sus hijos, hoy ya adultos, parece comunicarnos: “elegiste ser la mujer que decidiste, pero eso te impidió ser la madre que ‘debiste’; no tuvimos la madre que necesitábamos, ¿no te has preguntado por qué tus hijos sufrimos?, ¿no te hace esto sentirte culpable?”.

Lo dicho parece crear una tensión irresoluble entre la mujer admirada por su ímpetu de libertad y la “madre egoísta”. ¿Pero cómo ser una “buena mujer” si se es una “mala madre”? Por la vía de la culpa y de la dis-culpa, el documental nos invita a pensar: parece haber una cierta disposición a aceptar que una mujer como Val pueda decidir vivir la vida que se le antoje, “está bien”, pero debe aceptar que fue un error, asumirlo, explicitarlo, sentir culpa y pedir disculpas. “Tranquila, ya no hay nada que hacer, pero al menos sabes que no fuiste una buena mujer. Decidiste ser madre y no quisiste ser una madre ‘de verdad’, preferiste ser una madre egoísta”. Es la hora de la aceptación y del arrepentimiento. Porque debe haber “algo” que no funciona bien si esta mujer, admirable por su fuerza y su convicción, no puede ver lo que “la vida” se encarga de mostrarle: que es su culpa que sus hijos sufran, que sientan tristeza, que no encuentren la felicidad que ella, por su lado, ha perseguido siempre.

Ese reclamo constante, esa búsqueda del arrepentimiento, constituye -como afirmábamos más arriba- un “llamado al orden”, el cual, en este caso particular, toma la forma de la pregunta culpabilizante. No obstante, es un llamado capaz de tomar innumerables formas. Es, en suma, una manera de interpelar sistemáticamente a las mujeres. No, pero parece que nadie hace ese llamado. Bueno, si y sólo si “la mujer” (se) lo busca… Hace poco estábamos escuchando un programa de radio y el único locutor hombre que participaba de la emisión, al comentar que a Taylor Swift otro locutor, gringo, le había metido la mano debajo de falda y le había tocado las nalgas, dijo algo como: “voy a decir algo políticamente incorrecto, pero es que no sabemos lo que hizo, cómo iría vestida, mejor dicho, si se lo buscó, porque pudo ser así” (¡!).

Y si los “llamados al orden” no son acatados, no hay por qué inquietarse, siempre hay formas de restablecer ese orden (insultos, abiertas y soterradas formas de exclusión, violaciones… Una lista ciertamente extensa). Es más, si es necesario, se recurre a la fórmula de “salvar a las mujeres de sí mismas” porque no saben lo que hacen o lo que dicen. Y no hace falta hacer un gran esfuerzo para encontrar ejemplos de esta maniobra que permite que las mujeres sepamos dónde “tenemos” que estar, cuál es nuestro lugar, por si acaso se nos olvida (o decidimos simple y llanamente no ocuparlo). De hecho, hace un par de semanas, Clara Rojas, representante a la Cámara por el Partido Liberal y tristemente célebre por un secuestro que duró largos años, radicó un proyecto de ley que busca, según indica el título del mismo, proteger “a las personas que se encuentren en situación de prostitución, víctimas de proxenetismo y trata de personas”. Ahora bien, como ha sido presentado en varios medios de comunicación y columnas de opinión, el proyecto pretende castigar a quienes paguen por sexo por medio de multas económicas que irían al Fondo Nacional de Atención y Apoyo a Personas en Situación de Prostitución (FONASP), por medio del cual se buscaría (de ser creado y si es que la corrupción lo permite) financiar las políticas, planes y programas dirigidos a “esta población vulnerable”.

Cabe aclarar que la prostitución es, de acuerdo al proyecto de ley, una situación en la que se encuentran las personas que son víctimas de proxenetismo, trata de personas y/o comercio sexual (sobre esto esperamos escribir pronto). Es decir que una mujer que ejerce la prostitución es inevitablemente una víctima. Y, por supuesto, es innegable que muchas de las mujeres que ejercen esa actividad están sometidas a situaciones de extrema violencia y de explotación incuestionable. Pero eso no significa que esas mujeres 1) se consideren a sí mismas víctimas inevitables de una situación a la que, según el texto del proyecto de ley, parecieran arrojadas sin soluciones posibles diferentes a la coerción estatal por la vía del cobro de multas a las personas que compran sexo y, aún peor, que 2) no tengan nada que decir respecto del trabajo que ejercen, de las condiciones en las que lo ejercen y de las posibles soluciones a la explotación y violencia que viven. Muestra de ello son justamente las iniciativas que han elaborado colectivamente y que, por ejemplo, han sido centrales en los diferentes pronunciamientos que respecto del trabajo y el comercio sexual ha hecho la Corte Constitucional (no tanto así con respecto al proxenetismo y la trata de personas, cuyas implicaciones en la vida de las mujeres son innegablemente graves).

Pareciera que el proyecto de ley radicado por Rojas considerara que las posturas y voces de las mujeres que ejercen la prostitución no tuvieran ningún valor o, peor aún, estuvieran necesariamente equivocadas en la medida en que ellas (y también la Corte) creen, erradamente, que el derecho al trabajo está por encima de la (su) “dignidad humana”. Así que, afortunadamente (¿?) esas “mujeres vulnerables” y llenas de incomprensiones sobre su propia vida, pueden contar con la “oportuna” intervención-salvación de Rojas y del Estado que se encargarán no sólo de “eliminar” la prostitución sino, sobre todo, de permitirles ser las “buenas mujeres” que “deberían” ser. Otro “llamado al orden” dirigido a aquellas mujeres que, al parecer, no podrían (¡por ser prostitutas!) llegar a ser buenas mujeres si no es con la ayuda de quienes entienden y desean proteger una sociedad libre de “males morales” y “realmente digna” (como si la sociedad colombiana fuera tan digna más allá de la prostitución).

Éstas, que parecieran ser circunstancias completamente inconexas, son en cambio, a nuestro parecer, expresiones ciertamente violentas de un orden social que requiere de mujeres que sepamos ocupar lugares que viabilicen nuestro control, apropiación y explotación, todo en nombre de un supuesto bien para la sociedad y, claro está, para nosotras mismas. Y cada vez que las mujeres oponemos resistencia, más o menos abierta, somos “llamadas el orden” recordándonos que no somos dueñas ni de nuestros cuerpos ni de nuestras propias vidas. Afortunadamente siempre hay mujeres dispuestas a gritar que no, que no le pertenecemos a nadie, y que ese orden no es más que un artificio para reducirnos a ser objetos al servicio de otros y de sus intereses. ¡Una gran razón para sentirnos alegres y maravilladas por la existencia de esas mujeres dispuestas a luchar desde y por sus vidas!

Ya hemos dejado de contar los días, hemos dejado de contarlos ahora que las circunstancias parecen más adversas e injustas. ¡Libertad para todxs lxs prisionerxs políticxs! ¡Fuerza, porque aquí afuera tampoco estamos completxs! Les esperamos con la esperanza y el amor que hoy y siempre les rodeará y abrazará.