Nicolás Jiménez

* Nicolás Jiménez

Estudió filosofía en la Universidad de los Andes y está realizando una Maestría en Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente en la Universidad de Manizales. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Es activista por los derechos de los animales

En el prefacio a la edición ucraniana de Rebelión en la Granja, George Orwell escribió lo siguiente: “los hombres explotan a los animales de la misma forma que los ricos explotan al proletariado”. Orwell no era ingenuo, sabía muy bien que entre estas dos formas de explotación hay diferencias, pero también sabía que tienen algo en común: tanto animales como obreros son tratados como mercancías. La diferencia es que en los obreros su fuerza de trabajo es la mercancía, mientras que en los demás animales, ellos mismos son la mercancía. ¿Tiene sentido hacer este paralelo? Depende. Por un lado, es un ejercicio teórico complejo, no tanto porque carezca de fundamento, sino más bien porque cargamos con unas certezas que no queremos poner en cuestión. Por otro lado, sus implicaciones en la práctica no son tan claras, pero esto, en últimas, se resuelve con un poco de imaginación política.

Ahora bien, tendría más sentido si, más que pensar en un paralelo, pensamos en una síntesis, es decir, si ubicamos la explotación animal en la historia, en los procesos socioeconómicos y en la dinámica de las contradicciones producidas por el sistema capitalista. Las últimas dos películas de Bong Joon-ho, Snowpiercer (2013) y Okja (2017), son una buena excusa para pensar en esto.

Snowpiercer se recrea en el año 2031, 17 años después de que los países más ricos del mundo decidieran esparcir un refrigerante artificial en la atmósfera para reducir la temperatura promedio del planeta. El resultado de esta “solución revolucionaria al calentamiento global” es el congelamiento del planeta y la extinción de la vida en la biosfera. Los pocos que lograron abordar el tren-arca, comandado por el benévolo y filántropo Wilford, un exitoso empresario de la industria del transporte que ama las locomotoras, son los últimos sobrevivientes de la humanidad. El tren-arca representa a la sociedad capitalista: hay clases, hay represión y explotación, y hay un poder corporativo representado por Wilford y su Máquina sagrada, con la cual establece y defiende el orden y las funciones que tiene cada uno de los tripulantes para mantener la locomotora en “perpetuo” movimiento.

Finalmente, y después de 17 años, los pobres se organizan e inician la guerra por la toma del poder, es decir, por el control de la máquina. Luchan a sangre y fuego por el control de la locomotora, por cruzar la línea sagrada entre ricos y pobres, para someter a la clase dominante que por años los ha explotado. Al final las cosas no salen como se esperaban, la máquina es destruida y los sobrevivientes que quedaron expuestos al mundo exterior se dan cuenta de que pueden vivir en él. El final de la película nos plantea una reflexión benjaminiana. Después de todo, el desarrollo sostenible, la fe ciega en la tecnología, el crecimiento económico y la supuesta carencia de una alternativa al sistema capitalista, son solo mitos que tienen un gran poder, pero no el poder absoluto. Las certezas que hoy tenemos acerca de la sociedad en que vivimos, son ficciones que se sostienen en el propio ejercicio de poder. Lo interesante es que, contrario a los pronósticos de ricos y pobres, con la excepción de unos pocos visionarios excéntricos, sí fue posible pensar la vida fuera de la locomotora. ¿Y no es acaso esto lo que tiene en jaque a la izquierda, su incapacidad de pensar y construir una alternativa al sistema capitalista, que existe en la teoría pero que no nos hemos atrevido a llevar a la práctica?

Con Okja, el director surcoreano hace un ejercicio parecido y continúa la crítica al sistema capitalista, pero esta vez tomando como eje central a los animales no-humanos. La película narra la conmovedora aventura de una niña que lucha por rescatar a Okja, una cerda secuestrada por la corporación Mirando. Hay una escena, hacia el final de la película, cuando Mija le dice a Nancy Mirando que quiere irse a casa con Okja. La respuesta que recibe es quizá la respuesta que reciben todos los animales no-humanos, incluidos aquellos a quienes creemos tratar con respeto: “¡No!, ella es mi propiedad”. Primero está la negación hacia otra posible relación entre humanos y no humanaos, y posteriormente la afirmación de que los animales no pueden ser nada más que nuestra propiedad.

Okja pone en evidencia el cinismo con el que opera el sistema. La violencia estructural hacia los animales se disfraza con el discurso de la responsabilidad empresarial, el bienestar animal y el desarrollo sostenible. Una “mentira piadosa” para hacer más atractivo el engaño colectivo al que nos acostumbramos. Y es que, si bien algunos ignoran esta realidad, la mayoría sabemos cómo son las cosas, pero no queremos hacer nada al respecto. En todas las escalas de la “producción animal”, el “amor” por los animales florece. Ese “amor” nos redime de toda culpa y de todo crimen. Millones de animales son esclavizados, explotados y torturados para que podamos sentir que tenemos una buena “calidad de vida”. Lo cierto es que nuestra relación con los demás animales es arbitraria e impide su desarrollo. Es irónico, nuestro modelo social tiene el potencial de destruirnos, pero nos sentimos superiores a una hormiga, a una vaca o a un simio porque no hablan ni piensan como nosotros.

Ahora bien, en Okja, vuelve a parecer la lucha frontal con el sistema. El Frente de Liberación Animal juega un papel clave en la batalla de ideas y en la liberación directa de los animales. Esta organización lleva más de 40 años confrontando el sistema de explotación animal, poniendo en evidencia casos de tortura y castigando a los opresores con la destrucción de su propiedad. Sin embargo, la locomotora sigue avanzando, la desigualdad social aumenta y las condiciones de vida para las mayorías es cada vez peor. Así mismo, crece el número de animales explotados. No importa que haya aumentado el número de restaurantes veganos y que haya más personas que estén cambiando sus hábitos de vida, la máquina especista sigue destruyendo vidas no-humanas en todo el mundo.

Yo me pregunto, después de todo esto, ¿qué contribución puede hacer tanto a quienes defienden la lucha de clases como a quienes promueven la liberación animal, una síntesis entre ambas apuestas?