Casi un mes atrás se conmemoró el décimo octavo aniversario luctuoso de Jaime Garzón. Deseo empezar este escrito parafraseando unas palabras suyas, extraídas de una entrevista que dio años antes de su muerte, donde exponía los distintos niveles de entendimiento que, creía él, podría tener su crítica política, entender el chiste y lo que se quiere transmitir, entender solamente la crítica, disfrutar solamente el chiste, o simplemente no gustarle o no comprender nada.

Creo que con el ejemplo de su homicidio podré exponer la forma en que manipulan el odio, para vendernos rencores y miedos que en ocasiones no entendemos, que llanamente aprehendemos y asumimos sin razonar.

No es un secreto para nadie que Colombia sufre uno de los mayores índices de desigualdad económica y social del mundo. No vale la pena hablar de la crisis como una panacea o una novedad, pongamos que vivimos en un estado de violencia Hobbesiano, donde quienes ostentan el poder político y económico pueden manipular a la sociedad con muchas herramientas. Una de ellas es el discurso del odio, ese dispositivo que utilizan los políticos, los periodistas (algunos), así como los demás esbirros del poder establecido, y que juiciosamente, los demás seres humanos repetimos y reforzamos.

Como consecuencia de esa manipulación hemos mal aprendido, mal entendido, mal aprehendido, mal educado, mal enseñado y todos los males que nos podamos imaginar en el contexto real que hay en este país. En las redes sociales (sobretodo), en reuniones familiares, de amigos, y hasta en algunas órbitas de la academia, nos encolerizamos por todos los males que nos han metido en la cabeza. Vivimos llenos de miedo por volvernos como Venezuela, sin comprender qué es lo que realmente está pasando allá. Estamos llenos de odio contra los guerrilleros de las FARC que se integraron al Acuerdo con el Gobierno, porque les quitarán las pensiones a los viejos, sin haber leído una página del acuerdo de La Habana. Estamos constantemente alertas para evitar que los venezolanos inunden de hurtos el país, sin sentarnos a reflexionar cuál es la intríngulis de la situación del vecino país.

“Nosotros no sabemos si somos españoles, si somos mestizos y sin embargo seguimos rindiendo un tributo y un respeto a esa clase alta dueña del poder. Fíjese cómo estamos de extraviados de nuestra realidad, cómo es de absurda nuestra lógica” (Jaime Garzón)

Esas ideas sueltas, que se van convirtiendo en miedos y en odios, son los dispositivos más sencillos y poderosos con que cuentan personajes de orillas radicales, que defienden nombres en lugar de construir con el pueblo y para el pueblo, para obtener seguidores y pasearse campantemente como sátrapas en los escenarios públicos. El problema central no es ese, más de cien años de vida republicana nos han enseñado que son muy pocas las personas que en las élites estatales trabajan verdaderamente por el colectivo. El inconveniente real es el uso de ese discurso de odio en un escenario histórico tan importante como el del post acuerdo con las FARC y las posibles conversaciones con el ELN. Tampoco hay que intentar tapar el Sol con un dedo y anunciar a los cuatro vientos que la guerra terminó, que la desigualdad en Colombia acabó, porque sería un anuncio panfletario. Es un avance, es cierto, es un punto de inflexión importantísimo para Colombia, es verdad.

Lo anterior no quiere significar que todas las personas estén de acuerdo (y no deben estarlo) con el devenir del conflicto colombiano y así lo hacen saber a través de parrafadas ofensivas y a la vez hilarantes, o de discursos donde condenan las actuaciones de los negociadores. Y, lo más común, por medio de trinos donde condenan a la hoguera a todos los colombianos que depositan algo de esperanza en ese escalón para alcanzar la paz que son los diálogos con dos de los intervinientes en el conflicto nacional.

Este término hoguera me inquietó bastante. Parece que esta sociedad estuviera retrocediendo hasta los días oscuros donde se condenaban las actuaciones de las personas por no estar acordes con un credo religioso, o con una postura política, a esos años donde las personas dirigían su actuar dependiendo de juicios de valor esotéricos, no como ahora, que somos muy libres. De esa manera, hoguera se conecta con esa época oscura de la humanidad, donde fósforos el Rey hubiera tenido gran acogida. Lo que más me impresiona de ese término y su contexto es que los prejuicios por cuestiones religiosas están creciendo, de nuevo están apareciendo ideas segregacionistas disfrazadas de ideas como que, el discurso de la equidad de género no es más que una abominación que aúpa a las mujeres a salir de su lugar natural, que la reivindicación de los ex combatientes y ex guerrilleros es una colaboración a la vagancia y a la delincuencia, y una de las más hilarantes, que las personas que tienen un gusto por sus congéneres pueden “homosexualizar” a la sociedad y volverla atea.

Esas frases que parecen haber salido de la oficina de Godofredo Cínico Caspa, son el pilar de las nuevas ordalías, en las que agredirnos con adjetivos creados a partir de nombres y apellidos. Es la batuta que se utiliza para sembrar odio entre quienes deberíamos unirnos para hacer de la paz un tótem y no un tabú.

Con toda esa disquisición de arriba quiero esbozar de forma sencilla el abuso del poder que hacen esos estandartes de la política nacional, poniendo a todos los que vivimos en este país a cultivar odios infundados, a temer por un futuro oscuro, al que estamos penados por pensar diferente, y hasta en algunas ocasiones, por pensar. Foucault describe al derecho penal como un dispositivo que exacerba las contradicciones de una sociedad y manipula los miedos y los odios de las personas hasta convertirse en herramienta del poder dominante. En palabras más sencillas, el manoseo a los miedos y a las posturas ideológicas de las personas, agregándole la desinformación de los medios de comunicación, da como sumatoria un populismo del terror que opaca los postulados de la Constitución de 1991. Un país laico, que respeta la libertad de culto, ahora ataca a quienes tienen una alternativa teológica o espiritual a la católica; un país donde no debe haber discriminación por cuestiones de raza o género, tiene problemas de racismo y de violencia sistematizada contra la mujer; un país donde la paz es un valor fundamental y supremo, sufre porque hay quienes piensan que la paz se consigue agitando los fusiles contra el prójimo.

Para concluir esta primera exposición, hay que decir que todos los colombianos, en un ejercicio de autocrítica y de autorreflexión debemos ponernos en la tarea de asumir que nuestras acciones y pensamientos no pueden ser absolutos (sin conexión con nada más que con ellos mismos). Cuando hayamos aprendido eso, es posible que comprendamos que eso que dice el señor X de la señora Y no es un motivo para agredirnos, no es un factor que desencadene falsos argumentos sobre determinados temas como la paz, la migración, la familia, etcétera, que más allá de formar acéfalos trinantes, está destruyendo el ápice de luz que hay para un mañana mejor.

Continuará…

 

Referencias:

Foucault, M. (1987). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets Editores.

Freud, S. (2000). Totem y Tabú. Buenos Aires: Alianza.