Tatiana Roncancio

* Tatiana Roncancio

Estudios de pregrado y maestría en historia de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante del doctorado en psicología de la misma universidad. Intereses en investigación interdisciplinar en historia comparada y del largo plazo de nuestra especie.

Últimamente he escuchado, con bastante frecuencia, en los más diversos espacios y contextos, comentarios que van en un sentido similar: una especie de reproche según el cual los colombianos merecemos nuestra suerte porque somos un país de cobardes, de rezanderos, de ingenuos, de serviles, de tramposos, de maleducados, de conformistas, de godos, y así, cuanto adjetivo sea preciso para calificar negativamente, según el caso, nuestra historia, nuestra sociedad y las personas que la conforman. El espíritu generalizado de esas aseveraciones puede resumirse en una de las lapidarias frases de Fernando Vallejo: «Colombia es un desastre».

Es fácil sentirse identificado con este tipo de aseveraciones. Fundamentalmente porque hay tantas cosas que funcionan mal en nuestro país, y que llevan tanto tiempo funcionando mal, que es muy difícil rebatir los innumerables ejemplos que quienes argumentan de este modo pueden poner a favor de este tipo de sentencias, lo que justifica su raciocinio; esto aunado a que muchas veces quienes se atreven a rebatir este tipo de afirmaciones lo hacen más con el deseo –generalmente desinformado– que con argumentos, por lo que la réplica se queda en pataleos fútiles del tipo «no todos somos así» o «con ese negativismo no van a cambiar las cosas». No es una cuestión de negativismo, sin duda; tienen razones suficientes para quejarse quienes así piensan. Mi problema es con la generalización que transforma en un absoluto irrebatible esa manera de pensar, que atribuye de manera inmanente, y por lo tanto inmodificable, a la mayoría de los colombianos y a nuestra historia una valoración convertida en sentencia: «los colombianos somos así, está en nuestra idiosincrasia, no hay nada más que pueda hacerse». ¿En realidad es de este modo?, ¿es que siempre ha sido así como para que esté tan arraigada la idea de que estos vicios hacen parte de algo así como nuestra personalidad nacional?

Leí hace poco Vivir para contarla y en muchos pasajes del libro tuve la sensación de que las narraciones no correspondían al mismo país en el que vivimos ahora. Las descripciones de la situación cultural en las ciudades de la costa Caribe me parecían alucinadas, los relatos sobre la prensa, sobre las iniciativas –incluso de miembros de la élite– para tratar de que a Colombia llegara buen cine, buena literatura o buena música me parecían no correspondientes con la realidad, al menos no correspondientes con mi realidad. Lo que cuenta García Márquez en su autobiografía sobre el ambiente cultural y socio-político en Barranquilla o Cartagena coincide con narraciones orales sobre Cali antes de los ochenta, una ciudad con una enorme proliferación de librerías, cine, teatro, discusión y opinión política. Incluso el apelativo de Bogotá como la «Atenas suramericana», que ahora no parece más que un mal chiste, habla de que no siempre el caos parecía tan acentuado como lo percibimos actualmente, de que no siempre predominó la sensación, como ahora, de que este es un pueblo sin esperanza, que no hay cómo hacer las cosas bien porque estamos destinados al fracaso y a la mediocridad. Esas narraciones no se refieren a un tiempo muy lejano, no hablamos de cien años atrás, sino de treinta o cuarenta.

Sin duda, no es un tema sólo de percepción, de que ahora seamos más pesimistas que antes y por eso tengamos la sensación más acentuada o incluso que seamos más conscientes ahora de nuestra imposibilidad constitutiva de hacer las cosas de modo decente, de construir una sociedad sobre valores distintos a los que ahora imperan. El historiador Medófilo Medina ha hablado de que en realidad ha ocurrido una transformación cultural en Colombia de la que aún no se han ocupado seriamente los científicos sociales. Medina identifica que en los últimos 25 o 30 años ha ocurrido una especie de involución espiritual que él denomina «contrarrevolución cultural», estimulada por la generalización del narcotráfico, de la estética y de los valores mafiosos o ‘traquetos’ que ha significado la masificación de una serie de comportamientos entre los que él identifica, además de pragmatismo amoral (el fin justifica los medios, las prácticas del todo vale), la exaltación continua de sentimientos de revancha y la compatibilización de valores de muerte con valores legítimos; yo añadiría a esto la aceptación social que tiene la idea de que conseguir dinero fácil es deseable, que la corrupción sea considerada como algo normal y que en los cánones de lo socialmente deseable para la mayor parte de la población haya prácticamente desaparecido el fomento al arte, a la lectura y a la prensa independiente.

Así pues, puede documentarse un deterioro cultural en las últimas tres o cuatro décadas que quizá sea lo que exacerba la sensación de que aquí no hay nada que pueda hacerse, que todo ha estado siempre muy mal y que así continuarán las cosas. Pero hay un peligro que subyace tras los pensamientos que otorgan a ciertas comportamientos y actitudes un carácter absoluto e inmodificable, que vienen a ser causa y consecuencia de todos nuestros males: nos inmovilizan. No es posible intentar cambios cuando hay una sentencia que pesa sobre nuestros destinos independientemente de lo que hagamos. De eso modo, además, quedan justificados quienes actúan según ese canon, no sería posible pedir que se deje de delinquir, de mentir o que deje de alentarse la mediocridad, porque eso es lo que somos, es lo que seguiremos siendo. Y esto no es verdad. Estamos en condiciones de entender por qué las cosas están en una situación tan crítica, de modificar y mejorar, de exigir que las cosas no se sigan haciendo del «modo en que siempre se han hecho». Es nuestra responsabilidad hacerlo.