Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana y de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Para los que defendemos aún la idea de que existen maneras de concebir la política desde el punto de vista de las izquierdas no resulta para nada ajena la forma en la que el joven Marx finaliza la primera parte de La cuestión judía. Allí, el ex redactor de la gaceta renana y en ese entonces editor de Los anales franco-alemanes, define para muchos la esencia de toda emancipación humana con las siguientes palabras: “Solo cuando el hombre individual real recobra en sí al ciudadano abstracto y se convierte, como hombre individual, en ser genérico […] solo cuando el hombre ha reconocido y organizado sus forces propres como fuerzas sociales […] solo entonces se lleva a cabo la emancipación humana”.

Desde mi punto de vista, esa definición marca el inicio de uno de los tantos clichés de las izquierdas. Allí no solo se pone de manifiesto la injusticia y las violencias producidas por el Estado liberal, sino también se plantea una verdadera alternativa al mostrar que “el ser genérico” el demos o el pueblo son los verdaderos autores del sentido, del derecho y de toda la realidad material y simbólicamente producida. De acuerdo con esto, la emancipación humana reclama que el verdadero sujeto de la política no es el ciudadano abstracto, sino el individuo desposeído por la violencia del derecho positivo. En otras palabras: el sujeto de la emancipación humana es aquél que se re-apropia de una capacidad expropiada por el Estado de derecho y por la burguesía que se ha apoderado de los medios de producción.

Ahora bien, sin renunciar a la plausibilidad sociológica de este diagnóstico del estado de cosas en el capitalismo, quizá haya que poner en cuestión el lado propositivo de esta crítica. Es, quizá, posible que la crítica pierda su radicalidad porque ella meramente invierte la lógica de la re-apropiación sin cuestionar sus presupuestos. Me explico: esta crítica parte del supuesto de que existe un sujeto propietario que es injustamente despojado de sus capacidades de actuar por el Estado de derecho y por el mercado, de ahí que el horizonte de la emancipación humana sea la expropiación de los despojadores retornándole a los desposeídos lo que es, en esencia, de ellos. La emancipación consiste en una “inversión de la inversión” al mostrar que los verdaderos propietarios del mundo no son el mercado y el Estado sino el conjunto de individuos que se han vuelto pueblo. Si el teórico liberal piensa que el verdadero sujeto son las instituciones positivamente instituidas, para el crítico de izquierdas es el pueblo que injustamente ha sido despojado por sus falsos ídolos: mercado y derecho.

Desde mi perspectiva, esta forma de criticar, que se ha vuelto un cliché en las izquierdas, tiene al menos dos consecuencias funestas. Primero: pensar que el pueblo es el verdadero sujeto productor de cosas y de leyes presupone que la acción democrática, o la acción en nombre de los oprimidos, es, en esencia, buena y plausible. En otras palabras, cuando decimos que existe algo que es en esencia del pueblo que es injustamente robado por unos pocos, se da por sentado que un pensamiento de izquierdas tiene una superioridad moral sobre cualquier otro. El crítico de izquierdas deja de crear argumentos para darle cabida un simple estribillo: “porque mi crítica está con el pueblo, verdadero productor de mercancías y de leyes, mis conclusiones y palabras son nobles”. Recordemos cómo en el siglo XX los totalitarismos comunistas dejaron de concebirse a sí mismos como ordenamientos violentos o autoritarios por el simple hecho de luchar por la noble causa de la libertad del proletariado.

Segunda funesta consecuencia: no abandonamos el odioso léxico de la apropiación y de la propiedad. Georg Lukács en historia y conciencia de clase muestra que uno de los rasgos más relevantes del pensamiento moderno y burgués es la constante alusión a que existe un sujeto originario que, en último término, es el poseedor y productor de las cosas mismas que lo rodea. De acuerdo con esto, un sujeto de conocimiento y un burgués son aquellos que constantemente se apropian de las cosas del mundo al mostrar que existe un único amo de lo existente: el ser humano. Quien tiene dinero en un mundo capitalista parece reconocerse a sí mismo como el amo de las cosas y de los seres humanos cosificados. Ahora bien, siguiendo esta misma lógica, la crítica de izquierdas se parece mucho a lo que ella misma critica. Ella dice que existe un sujeto que no maltrata a las cosas, ni tampoco cosifica a los otros en función de su provecho egoísta. La creencia en la bondad de los desposeídos y en su condición de criaturas de Dios, parece suponer que existen malos propietarios y buenos propietarios. Mientras los primeros crean las condiciones de la explotación de unos sobre otros, los segundos parecen acarrear la justicia a sus espaldas para ser propietarios de las cosas sin ocasionar daños a los otros, es decir, estos últimos se reconocen a sí mismos como los verdaderos portadores unas relaciones no-violentas y realmente armónicas entre nosotros y las cosas. Lo odioso en el léxico de la propiedad consiste precisamente en que, por un lado, se presupone que no hay otra manera de relacionarnos con los otros y con el mundo aparte de la apropiación y, por el otro lado, parte del supuesto estéril de que una víctima universal tiene un trato con las cosas que ningún otro mortal tiene.

Todo esto nos arroja a que la crítica, que cree que la emancipación consiste en re-apropiar algo perdido, conserva intacta la estructura de la dominación. Creer que hay un buen dominador de las cosas que es el pueblo, no deja ver que el origen de toda opresión contemporánea radica precisamente en que existen propietarios. La emancipación quizá no consiste en descubrir el verdadero sujeto que debe apoderarse de las cosas que lo rodean. Esta visión antropomórfica no deja ver que el mundo de las cosas, de los ecosistemas, de los oprimidos, de los animales, de los lenguajes y de los objetos que nos rodean son indomesticables. Eso que es indomesticable e irreductible al dominio de un sujeto, a pesar de que se relacione con él y de dejarse alterar por él, es precisamente la democracia. La democracia no es la acción de unos seres humanos que se reivindican como los verdaderos dueños de las cosas, sino más bien es esa potencia salvaje que interrumpe toda apropiación. Explorar una emancipación alejada de los clichés antropomórficos de la propiedad es quizá un horizonte que nos permita ver que la demencial máquina de producción capitalista tiene sus puntos flacos.

Slavoj Žižek plantea la necesidad de re-inventar los clichés en la práctica y crítica de izquierdas1, sin embargo, esta re-invención debe también abandonar los antiguos clichés que siguen inscritos en anquilosadas estructuras de pensamiento que no dejan ver el tan anhelado afuera (no trascendente) del capitalismo.

Creo, y puedo estar equivocado, que este afuera se puede ver en escenas excepcionales. Me gustaría detenerme en una de ellas. En una historia marginal de la serie House of Cards de Beau Willimon, Freddy Hayes, un ex convicto afrodescendiente perteneciente a las clases populares y fiel proveedor de costillas a Frank Underwood (estrella y protagonista de la serie) desde hace más de 20 años, alcanza a acariciar una posesión total cuando se hacen públicos sus servicios al vicepresidente de los Estados Unidos. Cientos de personas empezaron a acudir a Freddy’s BBQ Joint, llamando así la atención de los grandes inversores. Éstos le ofrecieron a Freddy un negocio tentador en el que la apertura de múltiples franquicias le garantizaría dinero de por vida. Nuestro héroe acude inmediatamente a su hijo (también ex convicto) y nieto para ofrecerles el bienestar que nunca les pudo garantizar. Sin embargo, debido al porte ilegal de armas por parte de su hijo y las cláusulas del contrato de la apertura de las franquicias, las circunstancias obligan a Freddy a abandonar su sueño de verse a sí mismo como propietario. Se ve finalmente obligado a vender su restaurante (único bien) para pagar la fianza para que su hijo quede en libertad. En el momento en el que Fred entrega las llaves de su negocio a un comprador sin escrúpulos, decide abandonarlo sin siquiera verificar si necesita algún objeto que contribuya a una nueva etapa de su vida. La escena final del episodio muestra a un Freddy distinto, diciéndonos que no tiene el hábito de mirar atrás. Sin más que con su propio cuerpo, se asume no como una víctima de la producción de miserias por parte del capitalismo, sino más bien como un sujeto de una expropiación radical. Para Freddy el mundo no es equivalente a las posesiones, ni a los objetos que en algún momento logró tener en su dominio; sino más bien, como lo vio alguna vez san Agustín2, es el abismo que nos precipita a no alcanzar lo que deseamos y a perder lo que tenemos. Sin embargo, nuestro héroe no es el mártir cristiano que enarbola la bandera de caritas para escapar del mundo y encontrar la salvación en el amor al prójimo, sino es aquel que se inserta en el mundo de las expropiaciones sin ningún titubeo, sin mirar hacia atrás, sin poder asegurar la existencia definitiva del sujeto propietario.

 

 

  1. Me refiero a su reciente texto de opinión titulado The problem with Venezuela’s revolution is that it didn`t go far enough. En línea: http://www.independent.co.uk/voices/venezuela-socialism-communism-left-didnt-go-far-enough-a7884021.html
  2. Pienso en la esclarecedora exégesis que hace Hannah Arendt del pensamiento de san Agustín en su tesis doctoral titulada “El concepto de amor en san Agustín”.