Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

Resumen

En este artículo ofrezco una interpretación del performance que la artista Regina José Galindo realizó en la Ciudad de Guatemala en el año 2003, titulado: Quién puede borrar las huellas? Mi decisión de volver sobre dicho performance está motivada por darle un contexto histórico más amplio a la masiva protesta del pueblo guatemalteco frente al Palacio Nacional de la Cultura en la ciudad de Guatemala, este pasado domingo 27 de Agosto, en protesta contra el corrupto gobierno de Jimmy Morales. Dicho contexto hace referencia al colonialismo de asentamiento y a la lógica de eliminación que estructura la relación del colono con el nativo. Interrogando los múltiples sentidos del rojo que las huellas de Galindo imprimen en el espacio público, quiero leer la protesta en el marco de un proceso menos legible, el de un horizonte descolonizador en Guatemala que milite no simplemente contra la corrupción constante de quienes ocupan las instituciones del estado sino también por la transformación más radical del estado colonial de asentamiento y la liberación de las comunidades indígenas de su yugo.

 

“El colonialismo de asentamiento tiene dinámicas tanto negativas como positivas. En sentido negativo, busca la disolución de las sociedades nativas. En sentido positivo, busca instaurar una nueva sociedad colonial en el expropiado territorio de base—como lo he dicho antes, los colonos que se asientan vienen para quedarse: la invasión es una estructura, no un evento. En su dinámica positiva, la eliminación es un principio organizacional de la sociedad colonial de asentamiento, no la eventualidad singular de algo que ocurrió una vez (y ya fue superado)”

(mi traducción de Wolfe 2006, 388).

 

Introducción

En este artículo ofrezco una interpretación del performance que la artista Regina José Galindo realizó en la Ciudad de Guatemala en el año 2003, titulado: ¿Quién puede borrar las hullas? Mi decisión de volver sobre dicho performance está motivada por darle un contexto histórico más amplio a la masiva protesta del pueblo guatemalteco frente al Palacio Nacional de la Cultura en la ciudad de Guatemala, este pasado domingo 27 de Agosto, en protesta contra la decisión del presidente Jimmy Morales de expulsar al director de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), Iván Velásquez Gómez, quien junto a la fiscal general del Ministerio Público, Thelma Aldana, solicitó a la Corte que le quitara al presidente la inmunidad para poder proceder con la investigación de su partido político, el Frente de Convergencia Nacional (FCN), por los fondos ilegales con los que financió la campaña que llevó a Morales a la presidencia en el 2015, bajo el eslogan, “ni corrupto, ni ladrón.” De acuerdo con las investigaciones de la fiscalía y del CICIG, el escándalo del FCN es tan grave como aquel que llevó a la renuncia del entonces presidente, y general retirado del ejército, Otto Fernández Molina en el 2015, en medio de masivas protestas contra la corrupción de su gobierno. El FCN, cabe señalar, fue fundado por los oficiales militares sospechosos de las más graves violaciones de derechos humanos durante la guerra civil que resultó en uno de los más sangrientos genocidios de la historia reciente contra el pueblo Maya en Guatemala. Dicho genocidio es la repetición histórica pero continua de la lógica de eliminación que caracteriza la relación entre el colono y el nativo en la estructura del colonialismo de asentamiento. Y es dicha lógica de eliminación, que incluye la borradura del crimen en el intento por reemplazar la autoctonía territorial del nativo con la del colono, la que la obra de Galindo públicamente contesta mediante la visibilidad pública de sus ensangrentadas huellas.

 

Sangre en el espacio público: La borradura y la huella

Una huella roja impresa en el espacio público. La duda que asalta al espectador del performance de Galindo no demora en enunciarse: ¿a quién le pertenece la sangre en la que Galindo sumerge sus pies para después plasmarla en la piedra que soporta materialmente el espacio público de Guatemala? La sangre que Galindo carga en el plato termina por acumularse en el asfalto, pero también por desvanecerse en la piedra. Las huellas ensangrentadas van desde la Corte Constitucional hasta el Palacio Nacional, evocando un pasado que es también un presente y por lo pronto, también el futuro de Guatemala. Mediante dicha impresión, la huella efectúa un repliegue del tiempo que acumula en su repetición, la sanguinaria cuenta de su violencia estatal. La huella, en síntesis, dice lo que quizás se rechaza con prontitud cuando es la voz quien lo enuncia: que la eliminación constante y continua del indígena (ver el epígrafe de Wolfe) sigue siendo la condición de posibilidad del estado colonial de asentamiento. 2003, el año del performance en que Regina José Galindo plasmó el ensangrentado recorrido de sus huellas, fue un año electoral en Guatemala. El año en el que el ex dictador, Efraín Ríos Montt, responsable por el genocidio cometido en los ochentas contra el pueblo Maya, con el apoyo de los Estados Unidos, y del golpe militar del 82, competía electoralmente por la presidencia. De modo que lo primero que la presencia de la sangre en el espacio público cuestiona es su propia ausencia. ¿Por qué sólo hasta ahora se hace pública la sangre que ha erigido dicho espacio? ¿Por qué no se ha visto la sangre antes, si el espacio público en el que Galindo la imprime, es el espacio del asentamiento colonial, y la colonización siempre incluye un masivo derramamiento de sangre? Quizás la visibilidad pública de dicha sangre constituye el tabú fundacional del colonialismo de asentamiento, que debe limpiar la sangre de sus baldosas para que el espacio público sea legitimado como público, y no como lo que en realidad es, la violencia institucionalizada del colono. Y el platón que Galindo carga, y en el que sumerge sus pies, evoca dicha limpieza con toda la iconografía cristiana del lavado. Desde el “lavado de los pies” hasta el “lavado de las manos,” la conversión del agua en sangre no es un milagro invertido sino la intervención crítica de la artista, para rescatar del olvido una historia colonial que tiene en la iconografía cristiana del pecado, como bien lo han señalado Sylvia Wynter (2003) y Enrique Dussel (2007), la construcción colonialista del humanismo europeo durante su primera modernidad. Galindo no se la lava los pies cuando los sumerge en el platón que está lleno de sangre, se lava el acto colonial de la borradura que es el lavado mismo, incluido el lavado de activos que acumula el gobierno de Morales.

Y aquí cabe recordar, como lo afirma Iyko Day (2016, 25-29), que la lógica de eliminación que estructura la relación entre el colono y el nativo, incluye dos estrategias: i) la eliminación que tiene lugar como resultado del genocidio, desde la conquista española, hasta las horribles violaciones a los derechos humanos por las que los ex militares fundadores del FCN continúan impunes; y ii) la eliminación que es el resultado biopolítico de la absorción, en donde las políticas que cultivan el mestizaje, vía la regulación estatal del matrimonio y de la reproducción, se celebra precisamente porque mediante dichas políticas desaparece la figura del indígena, y la ilegitimidad de lo público que su existencia representa. Genocidio y biopolítica de la absorción coinciden en la esterilización forzada de las mujeres indígenas, en donde la sangre de la huella que Galindo plasma, evoca la historia paralela de la formación colonial del patriarcado y del dimorfismo sexual para que tanto la muerte como el cultivo de la vida resulten en la eliminación del cuerpo indeseado en el que convergen la violencia capitalista, sexista y racista del imperialismo.

El colonialismo de asentamiento busca eliminar al indígena no solo con el objetivo de apropiar su territorio, sino también de reclamar su autoctonía, para asegurar la históricamente frágil relación con la tierra que el colono siempre debe reprimir para sostener así la ficticia legitimidad de su gobierno. Como Wolfe lo afirma, el colonialismo de asentamiento no es un evento sino una estructura (ver epígrafe), no es un fait accompli sino una continua práctica de derealización del habitante originario en su doble sentido, material y simbólico de su existencia. Las huellas y el camino que ellas recorren indican una dirección, que se juega entre dos instituciones coloniales que intentan codificar la justica: la Corte y el Palacio. La sangre, que demora en desvanecerse, evoca la fragilidad de la memoria del espectador que sigue su recorrido, la dificultad de voltear la mirada, la borradura que es inherente al evanescente recuerdo de la violencia que erigió dichas instituciones. El color de la huella, sin embargo, complica la dirección temporal de ese caminar, la perversidad de su “progreso” y el presunto horizonte de su justicia. El rojo evoca un tiempo más denso, más difícil de integrar en la reconciliación estado-nacional que tiene a ex militares haciéndose a los recursos del pueblo, como sucede desde la colonia y como se repite en el escándalo actual del gobierno de Morales y de su partido. El performance de Galindo le ofrece un cuerpo a esa historia que se resiste al olvido, preguntándole a la institución que presume proteger los derechos humanos de sus ciudadanxs, “¿quién puede borrar las huellas?” ¿A quién le pertenece esta sangre, cuando el dictador puede ser electo en el 2003 al cargo que tomó por la fuerza en 1982? ¿De quién es esta sangre, cuando los ex generales pueden organizar un partido político y hacer elegir al comediante (Morales) sin ser procesados por sus crímenes? ¿Acaso le pertenece también esa sangre a los Estados Unidos, que no dudó en apoyar la arbitrariedad con la que ha procedido el gobierno de Morales, como lo hiciera con Ríos Montt décadas atrás?

Las huellas de Galindo indican la presencia de un cuerpo humano, pero también la presencia de un cuerpo herido, de un cuerpo que sangra, y así también, la presencia de un cuerpo rojo. Y aquí cabe agregar ese otro sentido que tiene el color rojo. Dicho sentido los militares de los ochenta, en medio de la retórica anticomunista de la doctrina de la seguridad nacional prefabricada por el imperio en la Escuela de las Américas, la emplearon para estigmatizar a los movimientos de liberación nacional, y a los líderes de los movimientos sociales que sus aparatos para-militares transformaron en sus preferidos objetivos de guerra: “los rojos.” De modo que el “rojo” de la huella de Galindo acumula una multiplicidad de sentidos en esta historia que se resiste a la borradura: i) se trata del rojo que deja la herida histórica del genocidio en el cuerpo del indígena, una herida que permanece abierta en la necesidad continua que tiene el colonialismo de asentamiento por borrarla, es decir, por perpetuar su lógica de eliminación tanto a nivel material como a nivel simbólico; ii) se trata así mismo del simbolismo con el que la estructura discursiva del estado racista excluye los cuerpos que significan su ilegitimidad, al referirse a aquellos que expulsa de su orden fenotípico como “rojos” en esta forma racista de colorear el cuerpo humano para diferenciar al deseado del indeseable; iii) se trata también de ese otro rojo que indica el espectro del comunismo, en donde la inerradicable militancia del pueblo por la transformación del status quo del estado racista y sexista, atemoriza tanto al imperio como al capital; iii) y se trata, finalmente, del rojo que más aterroriza la estructura patriarcal de su militarismo, el del liderazgo femenino del movimiento revolucionario indígena, cuyas capacidades reproductivas el colonialismo de asentamiento busca obsesivamente controlar mediante sus estrategias biopolíticas de absorción.

El rojo de las huellas que Galindo imprime en el espacio público transita por todos estos registros, ampliando la riqueza política de su campo semántico. ¿Quién puede borrar las huellas? reintroduce el problema político de la agencia en el contexto estructural del colonialismo de asentamiento, ya que es la borradura misma—de otro modo inherente a la estructura temporal de la huella (Derrida 1973, 156)—la que resulta públicamente juzgada por la huella que se resiste a su desaparecimiento forzado. Dicha pregunta no tiene un solo destinatario, pues múltiples agencias participan en la reproducción de la lógica de eliminación que caracteriza al colonialismo de asentamiento. Pese a su intento por celebrar la eliminación como un hecho logrado, la huella permanece en el cuerpo crítico que la imprime en el espacio público y que se resiste a su borradura, y en su re-inscripción pública sobrevive la desnaturalización del colonialismo de asentamiento y la siempre abierta posibilidad de un horizonte descolonizador para Guatemala.

 

Literatura consultada

Day, Iyko. 2016. Alien Capital: Asian Racialization and the Logic of Settler Colonial Capitalism. Durham: Duke University Press.

Derrida, Jacques. 1973. Speech and Phenomena And Other Essays on Husserl’s Theory of Signs. Evanston: Northwestern University Press.

Dussel, Enrique. 2007. Alterity and Modernity (Las Casas, Vitoria, and Suárez: 1514-1617). In Postcolonialism and Political Theory, edited by Nailini Persram, 3-35. New York: Lexington Books.

Wolfe, Patrick. 2006. “Settler Colonialism and the Elimination of the Native.” En Journal of Genocide Research 8 (4): 387-409.

Wynter, Sylvia. 2003. “Unsettling the Coloniality of Being/Power/Truth/Freedom: Towards the Human, After Man, Its Overrepresentation – An Argument.” En The New Centennial Review 3 (3): 257-337.