Existe en el imaginario de la gente la idea que los derechos humanos (DDHH) son asunto exclusivo de ONG que trabajan el tema, o de activistas que viven de ello. Pero también se asocia con frecuencia al conflicto armado y su afectación a grupos de personas y no al conjunto de la sociedad. Pues bien, nada más lejano a la realidad que estos supuestos. Por el contrario, si hay algo que atraviesa la vida de la sociedad en general son los derechos humanos. Tanto así que las constituciones políticas de los países, tratados, convenciones y declaraciones internacionales, no son más que el resultado de las históricas luchas sociales y políticas libradas por el ser humano. Otra cosa es que los gobiernos y países no las cumplan.

De ahí que abordar el tema se convierta en una vasta tarea. Por esto aquí nos limitaremos a un solo aspecto: la distorsión que a menudo se tiene de qué son los derechos humanos. Pero antes de avanzar puntualmente en esta mirada, algunos conceptos pueden ser útiles.

Algo de teoría

Se entiende por derechos humanos el conjunto de garantías, libertades y hasta reivindicaciones que tenemos todas las personas en una sociedad para poder vivir tranquila y dignamente en ella. Esto supone un amplio espectro de la vida de la humanidad y por eso, los gobiernos, especialmente empujados y presionados por los movimientos sociales de todas partes del mundo, han conceptualizado, clasificado, caracterizado y plasmado los derechos en múltiples tratados, convenios, pactos, declaraciones y demás figuras jurídicas que buscan darle vida en la práctica a los mismos. El seno de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus capítulos regionales (uno por cada continente) han sido básicamente los escenarios donde se ha desarrollado dicha legislación internacional.

En ese sentido, para entender un poco más esa gama tan amplia y “vario pinta” de derechos, éstos han sido clasificados hasta el momento, en tres generaciones: la primera generación (1948), también conocidos como civiles y políticos y se refieren a los derechos que protegen las libertades individuales de las personas (derecho a la vida, a la no discriminación, a la seguridad, a la libre determinación, a la igualdad, la no esclavitud, entre muchos). Los de segunda generación (1966) llamados así por haber sido desarrollados posteriormente y están llamados a proteger derechos más colectivos de las sociedades, pero igualmente valiosos para garantizar la vida digna de los seres humanos. Se conocen como los derechos económicos, sociales y culturales, DESCA, se destacan el derecho a la vivienda, la salud, la educación, el trabajo y derechos laborales, seguridad social, entre otros; estos están consagrados en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966),en la Convención Americana de los Derechos Humanos (Pacto de San José 1968) y en el Protocolo de San Salvador (1988). Y más recientemente están los de tercera generación, conocidos como derechos de los pueblos y la solidaridad, cuyo carácter es más supranacional, es decir que trasciende a los países y son, por ejemplo, el derecho a la paz, al desarrollo, al medio ambiente.

Por otra parte, vale la pena resaltar las principales características atribuidas a los DDHH: Universales, es decir, que pertenecen a todos los seres humanos por el hecho de serlo; Inalienables, esto es que no son enajenables, o sea que nadie puede ser despojados de ellos; Irrenunciables, que nadie puede renunciar a ellos y no pueden ser transferibles, pues son propio de cada persona; Imprescriptibles, que desde que nacemos nos pertenecen y son para toda la vida; Indivisibles, que todos los derechos de primera, segunda y tercera generación están interrelacionados, no pueden separarse para gozar de unos y otros no.

Las conquistas convertidas en derechos

La historia del ser humano no ha sido más que una permanente lucha de pueblos por sobrevivir y tener condiciones de vida aceptables, en el marco de frenéticas disputas de poder entre sectores y clases sociales, cuyos reflejos más evidentes, por lo dramáticos y dolorosos, son las devastaciones por las guerras y conflictos armados. Sin embargo,  es en la cotidianidad que muestran sus resultados más perversos en la miseria, pobreza y exclusión de millones de personas, mientras las élites económicas ostentan la opulencia como grandes hazañas.

A pesar de esto, también hay grandes conquistas políticas, económicas, sociales y culturales plasmadas en tratados, convenios, declaraciones y demás normas internacionales, que no se pueden soslayar por ser producto justamente de largas luchas sociales. La abolición de la esclavitud es una de esas grandes logros del ser humano, que quedó consagrada en el artículo 4 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) como derecho a la No Esclavitud: “Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas”.

Los derechos de las mujeres alcanzados hoy, son producto de históricas batallas políticas libradas por mujeres de manera individual o colectiva, y que si bien en gran parte del planeta se ven los resultados, en otras no mucho y en algunas ninguno.

Lo mismo se puede decir de los derechos de los pueblos indígenas hoy en toda América, que después de haber sido su inmenso territorio natural, perdieron todas sus garantías producto de la invasión europea y desde entonces han librado duras batallas en desigualdad de condiciones para que se reconozcan sus derechos en las constituciones políticas, como es el caso de Colombia y la Carta Política de 1991.

Así las cosas, los DDHH implican un universo más amplio del imaginado y su historia atraviesa la vida de los hombres y las mujeres en la tierra. Por ejemplo, cuando se habla del cambio climático, desastres naturales y/o antrópicos, en muchas ocasiones se habla del  abuso cometido por los seres humanos contra la naturaleza y este abuso está vinculado directamente con el derecho ambiental, de tercera generación (arriba). Cuando se habla de las movilizaciones sociales de indígenas, campesinos, afrodescendientes, mujeres, magisterio y otros sectores sociales y populares, lo hacen como forma de presión para reivindicar diversos derechos como la educación, la salud, empleo, producción, infraestructura. Pero en Colombia, tendemos a relacionar los DDHH y estas movilizaciones solo a partir de la represión que la Fuerza Pública hace en el escenario mismo de la protesta social a partir los heridos, muertos y detenidos.

La mirada cotidiana en Colombia

Algunos ejemplos ilustran un poco la distorsión que se tiene de la vivencia y sentido de los derechos humanos. Si se habla con un tendero sobre el costo de los productos que compra para la venta, o el alza de los impuestos, lo asocia con las políticas impositivas del gobernante de turno, pero no con un enfoque de DDHH. Igual sucede con un señora ama de casa que al indagar por el alto costo de la canasta familiar, también lo relacionará con las malas políticas de las autoridades más que con sus propios derechos. Pero esta situación se percibe igualmente en otros profesionales, como los médicos y odontólogos quienes sienten los DDHH como algo propio de las clases populares y sectores vulnerables, pero no identifican que tener bajos salarios, pasar largas jornadas sin descanso encerrados en cubículos sin luz solar y sin herramientas para trabajar, o que la sociedad no cuente con un sistema de salud con enfoque humano más que de negocios, tienen que ver con derechos humanos.

Así mismo, y de manera cotidiana, se observa en los periodistas de medios de información masivos ver a los DDHH como una temática de cubrimiento profesional y  por ende, a los defensores como fuentes de información, especialmente por la violencia sociopolítica; pero no relacionan los DDHH con su propia situación de sobrecarga laboral, contratos de trabajo onerosos, inestabilidad laboral o trabajar sin sueldo bajo la figura de vender cupos publicitarios para el medio de información y si lo logran, tener derecho a un pequeño porcentaje. Amén de la persecución que también viven.

Pero esta situación se advierte con frecuencia en personas que venden productos en la calle o conocidos como vendedores ambulantes, quienes ven los DDHH de manera lejana, y pueden creer que le son violados a otros grupos sociales cuando se refieren al secuestro, desplazamiento forzado, o represión en las protestas sociales, pero no necesariamente lo refieren a ellos, a quienes el Estado les vulnera el derecho a un trabajo digno, a un salario estable, a prestaciones y seguridad social y otras garantías.

Esta asociación se hace a menudo en Colombia porque las generaciones que estamos vivas, no conocemos un contexto distinto al del conflicto armado, la guerra sucia y violaciones a los DDHH por parte del Estado colombiano y las infracciones al DIH por parte de las insurgencias. En consecuencia, se creó la idea generalizada de que hablar de DDHH se relaciona solo con comunidades afectadas por el conflicto y la militarización. En otras palabras,  tortura, desaparición forzada, asesinatos, desplazamientos forzados, entre muchos, son los referentes de DDHH para el común de la gente, lo cual es parcialmente cierto, en la medida que se trata de derechos civiles y políticos, y que sistemáticamente han sido violados por el Estado colombiano, especialmente desde sus Fuerzas Militares. Pero no lo es todo.

Por tanto, en un contexto de superación del conflicto armado y tránsito hacia la paz como el que vive Colombia, se presenta una gran oportunidad para iniciar un proceso pedagógico y público para que la comprensión de la importancia y el sentido de los DDHH abarquen más allá de los límites de la violencia sociopolítica y atraviesen la vida diaria de todo el mundo y que sin tales garantías, no es posible hablar de democracia y paz.

 

 

*Diana Sánchez Lara

Directora de la Asociación MINGA

Coordinadora del Programa Somos Defensores