Alejandra Ramírez

* Alejandra Ramírez

Filósofa y Politóloga de la Universidad de Los Andes, actualmente estudiante en la Maestría en Filosofía. Adicionalmente, se desempeña como Asistente Graduada de Docencia en el departamento de Lenguas y Cultura en la misma universidad. Sus intereses académicos están enfocados en la filosofía política moderna y contemporánea, especialmente pensada en contextos nacionales. Es miembro del Grupo de Investigación de Estética y Política

Las complejidades del contexto colombiano, junto a un ambicioso proceso de paz para confrontar una larga historia de violencia y guerra nacional, plantean grandes retos que implican poder pensar en planes, conceptos y acciones que estén más allá de las fórmulas y políticas públicas que hasta ahora se han desarrollado en diferentes experiencias mundiales de justicia transicional. Lo anterior se traduce en una necesidad de explorar nuevos terrenos que permitan ampliar perspectivas y abrir lugares a pensamientos conflictivos u opuestos, que se alejen de las lecturas tradicionales y empolvadas que abordan el conflicto. La construcción de memoria histórica y la verdad que se busca en este proceso de paz no escapa a esta necesidad. Creo, de hecho, que indagar y cuestionarnos respecto a todo lo que está en juego en el terreno de lo que se recuerda y se recordará como país, es fundamental para poder afrontar de una manera contundente el presente que ahora ponemos en marcha.

Pensar en la memoria de forma distinta es comprender que ella no se limita a un mero ejercicio en el que se traen al presente los recuerdos del pasado; tampoco se trata de la fijación de imágenes y fragmentos tallados en la mente que siempre se rememoran igual, de forma tal que permiten un acercamiento y esclarecimiento absoluto de lo vivido. Contrariamente, a modo de «raíz floja», la memoria actúa como la facultad con la que se anclan los eventos a nuestro cuerpo, pero también como la base movible sobre la que nos construimos y con la cual nos desplazamos. Dicho de otro modo, esta raíz suelta, lejos de ser fijadora, unitaria e inflexible, circula entre infinidad de recuerdos y olvidos que han sido enterrados en nuestro pasado, pero que se rehúsan a desaparecer de nuestro andar, por lo que están presentes y manifiestos en lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser.

Quisiera sugerir que ella, la memoria histórica, es un terreno de conflicto complejo y trascendental a partir del cual pueden entablarse los escenarios de confrontación, de lucha y de transformación desde aquello que hemos sido, incluso cuando estos terrenos aparentan ser suelos estériles y secos. Las memorias del conflicto y la guerra permiten, en ocasiones, partir de experiencias empobrecedoras con espíritus lleno de frustración, para llegar a nuevas formas de ser y desplegarse desde lo vivido. De manera más puntual, pienso en el marco del proceso de paz que se desarrolla en Colombia y que enfrenta su etapa inicial de implementación, y creo que las inquietudes frente a lo establecido respecto a la memoria histórica pueden agudizarse y hacerse más visibles, especialmente ante preocupaciones sobre lo que está en juego cuando se piensa en un “esclarecimiento de la verdad”.

Aún más, considero que es necesario agudizar nuestra mirada sobre aquello que se establece como el “proyecto nacional de memoria histórica”, con el cual se quiere elucidar aquello que se entiende como “verdad de los acontecimientos”. Me parece que esta noción difusa de verdad, ante todo, obliga a pensar en la relación problemática que existe entre la experiencia vivida y el lenguaje cuando se trata de las memorias traumáticas, en especial cuando parece haber una imposibilidad para comunicar articuladamente la historia que se quiere narrar (cf., Acosta, 2011). Pero adicionalmente, lejos de afirmar que el problema se reduce a una mera imposibilidad de comunicación del trauma, podríamos incluso decir que es problemática la manera en la que las formas de construcción de la memoria se confrontan con esta imposibilidad. Por ejemplo, cuando se apunta a la tramitación de estas experiencias y relatos traumáticos, buscando dar una transición del trauma a la memoria, estos trabajos suelen recurrir a traducciones que convierten las narraciones y los testimonios en lenguajes jurídicos y versiones oficiales de la historia, comprometiendo la singularidad de la narración del testigo.

Justamente por ello, hay que pensar de manera concreta en lo conflictivo que resulta hablar tan ampliamente de una verdad y la construcción de la memoria, como algo que se da por sentado y resulta evidente para el futuro del país. No digo que no haya una necesidad pragmática de realizar estos procesos; hay asuntos jurídicos, penales, económicos que son posibles a través de la realización de esta labor. Hay responsabilidades que asumir y, a partir de ellas, hay acciones y reparaciones que efectuar. Sin embargo, me parece que ello no nos debe impedir la posibilidad de mirar críticamente lo que esas concesiones pragmáticas acarrean. Lo primero por cuestionar, me parece, es cómo “la traducción” de las narraciones a un lenguaje y una historia oficial borra u oculta las experiencias que no pueden quedar recogidas en el idioma “neutral” y “depurado” de la investigación oficial (Acosta, 2011, p. 5). Más aún, esta eliminación de las memorias privadas y silenciosas por cuestiones pragmáticas, parecen ignorar la manifestación del silencio y parecen ver en él un relato que ha quedado inevitablemente perdido en el olvido, sin posibilidad de ser rescatado y escuchado nuevamente. Este tipo de verdad, que ha sido implementada anteriormente en procesos como el de Justicia y Paz, esclarece una verdad que no tiene lugar para atender al carácter paradójico de lo audible en el silencio, pues estas narraciones no concuerdan con el sentido y la coherencia que se necesita para construir la forma particular en la que la memoria histórica se piensa desde algunos discursos e iniciativas gubernamentales. Por ello, sin garantizar que este es un error en el que se incurrirá nuevamente en este nuevo proceso de paz, queda claro que es una tarea imperante preocuparnos, o mejor, ocuparnos de la manera en la que se construye esta memoria.

Pero existe otra preocupación que, a mi parecer, resulta más alarmante y más compleja. La concepción de memoria histórica que se plantea en el Acuerdo de Víctimas, firmado en La Habana, parece suponer una noción de verdad que está vinculada con una idea de verificación empírica, la cual trae consigo una forma particular de pensar la temporalidad linealmente. Para Benjamin, la historia lineal es comprendida como la sucesión de victorias de los vencedores, es decir, es el “triunfo histórico en el combate contra las clases subordinadas” (Löwy, 2013, p. 69) desde el cual el victorioso narra sus batallas, justifica sus triunfos y conquistas y silencia a su opositor: lo calla al enterrar su voz en el olvido y al decir que el pasado es aquello ya vencido y sellado. La alarma que se activa con esto es aterradora, pues esta versión de la historia, que pasa por encima de los vencidos y que cierra el pasado, es una nueva forma de implementar violencia sobre aquellos que ya la padecieron una vez. Y así, la advertencia es contudente: necesitamos de una Comisión de Verdad, así como una participación democrática y popular, que luche y confronte a las versiones convenientes de la verdad, que genere verdades conflictivas y que se abra a nuevas formas de narración de lo ocurrido.

Desafortunadamente, dentro de los múltiples procesos que se están ejecutando para dar cumplimiento a lo pactado en los Acuerdos de Paz, hay uno en particular que está atravesando un momento decisivo por estos días y que, como es usual en Colombia, se ha visto opacado por la nube de noticias repetitivas y cubrimientos de eventos de tono casi cirquero, con espectacularidad y superficialidad; me refiero al proceso de escogencia de los 11 comisionados y comisionadas que conformarán la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (CEVCNR). El pasado 11 de septiembre, el Comité de Escogencia hizo pública la lista de aspirantes, 199 personas atendieron a la convocatoria para hacer parte de este grupo encargado de buscar el esclarecimiento de “lo sucedido a lo largo del conflicto, incluyendo sus múltiples causas, orígenes y sus efectos” (2015, pp. 1), pues sólo así, estableciendo los hechos violentos, presentando explicaciones rigurosas, esclareciendo las responsabilidades y promoviendo el reconocimiento voluntario de las mismas, se dará un conocimiento de la verdad plena y se hará posible una reconciliación de la sociedad. Ahora bien, si esta es la promesa, la de aspirar a la verdad para garantizar la reconciliación y la no repetición de la violencia, como colombianos deberíamos estar más preocupados por lo que ocurra en esta Comisión.

El trabajo de memoria debe estar abierto a la participación activa de los colombianos para dar lugar a las confrontaciones de las distintas versiones, pues solo así se dará un verdadero despliegue democrático. De hecho, el énfasis con el que Benjamin arroja esta mirada sobre la historia y sobre el pasado es, justamente, para que aquellos personajes derrotados en el tiempo puedan en algún momento reconocer y abrazar lo ocurrido, ello significa afirmar que algo pasó y fracturó las formas de vida, alteró los significados y los sentidos, generó una ruptura desde las bases. Reconocer que algo pasó es tener presente que hay una justicia con los hechos que está pendiente, a la cual se atiende cuando se reconoce que nada puede ser dejado de lado. Esta forma de abordar el pasado, lejos de una comprensión de la historia como una sumatoria y desencadenamiento de hechos que se dan causalmente y generan un hilo conductor de la acción humana, se comprende en términos de acontecimiento. La historia no se aborda, entonces, desde una unicidad de los hechos, donde cada uno es describible desde un sentido y una perspectiva única, sino que se aborda desde acontecimientos conflictivos y fragmentarios que muestran una temporalidad discontinua y sujeta a la contingencia; por ello, la mejor forma de ser justos ante estos acontecimientos es, precisamente, recogiendo algo de esa fuerza que la caracteriza, de ese choque conflictivo y violento que rompe con el sentido.

Entonces, precisamente por su carácter de «raíz floja», en la memoria parece estar latente la capacidad de germinar y sembrar distintos campos de experiencia cuando emprendemos nuevos desplazamientos desde los que resistimos y elaboramos posibilidades de vida sin dejar de lado aquello que nos precede; desde ella transformamos espacios estériles y “echamos nuevas raíces” que abren trayectos a otras posibles experiencias. Las raíces crecen y cambian de lugar, abandonan el camino que ha llevado a algo estéril para abrirse espacio por otro lado; también pueden desestabilizar la tierra y cambiar de rumbo; pero, sobre todo, las raíces flojas –como las memorias que cargamos– pueden darle la espalda a la condena de un pasado clausurado, el cual inevitablemente parece haber llevado al presente que hoy se tiene y al futuro que se espera por necesidad lógica.

Referencias

Acosta, M. (2011). La narración y la memoria de lo inolvidable. Un comentario al ensayo “El narrador” de Walter Benjamin. Consultado en línea en julio 4 de 2016, en: https://grupoleyyviolencia.uniandes.edu.co/Web/documentos/Benjamin%20El%20Narrador.pdf

Benjamin, W. (2010). Tesis sobre la historia y otros fragmentos (B. Echeverría, Ed.). Bogotá: Ediciones Desde Abajo.

Löwy, M. (2003). Walter Benjamin: Aviso de incendio: Una lectura de las tesis “Sobre el concepto de historia” (Segunda edición. ed., Sección obras de política y derecho). México: Fondo de Cultura Económica.