Daniel Moreno Rodríguez

* Daniel Moreno Rodríguez

Estudió derecho y filosofía en la Universidad de los Andes y actualmente cursa una maestría en filosofía en la Universidad Libre de Berlín.

I

Uno de los relatos de la sangrienta batalla de Stalingrado es el de un francotirador del ejército soviético. El soldado, un joven de unos veinte años, cuenta que en un momento, debido a la cantidad de explosiones en el intercambio de sangre y plomo, no veía más al enemigo. Había tanto polvo y humo que la visión no jugaba un papel importante.  No dejo de darle vueltas a la imagen de un francotirador que ya no ve a lo lejos a los soldados alemanes acercarse entre los escombros para disparar sobre sus cabezas: en la batalla el enemigo ha desaparecido. Lo imagino usar el oído, intentar aguzarlo, y escuchar en el marasmo un alemán susurrado y temeroso para disparar a la niebla. Esta es la imagen política de nuestro tiempo. Estamos apostados en nuestros refugios, sometidos completamente a la fatal torpeza de nuestras capacidades, estirando las orejas, las narices, no cerrando un ojo, ni ambos, abriéndolos. Escuchamos al mundo astillarse ante nuestros ojos pero no vemos nada más que una bruma, al otro lado no se revela nada.

 II

Un grupo de borrachos de pueblo están reunidos en un bar. Esperan a un joven, un estudiante. Al entrar, se le pide al estudiante que dé una explicación de los eclipses. El estudiante toma a uno de los borrachos del brazo y luego de arrumar las mesas y las sillas contra las paredes lo sitúa en el medio de la habitación. Lo convierte en el sol. Luego toma a otro y le pide que camine alrededor del sol, que imite a la tierra. Toma uno más de los dóciles borrachos y lo hace bailar en torno a la tierra. Repentinamente el estudiante detiene el baile. Únicamente en esta pausa es posible explicar la oscuridad. Los borrachos atentos escuchan pero añoran la prolongación del ritmo. Así comienza una de las películas más enigmáticas que he visto últimamente. Lo que Béla Tarr deja ver en esta secuencia es la misma tensión epistémica que experimenta el joven francotirador soviético. Algo más que ese límite, pues la verdad de lo que no se deja ver parece únicamente ser revelada en el fondo de la borrachera, sólo los borrachos pueden entender el eclipse. La visibilidad del eclipse no está en el discurso del estudiante, sino en su capacidad de invitar a los borrachos a ser parte del ritmo de los astros. El problema del soldado es justamente que no es capaz de verse allí, en la bruma, en la destrucción total. El soldado, como el estudiante, no se reconoce como parte del ritmo de la historia. El eclipse, los astros, están allí porque todos bailamos.

III

La relación entre la música y el silencio es, para decirlo específicamente, esencial. Para bailar quizás no sea necesaria la música, pero sí el ritmo. Y es que parece ser que el silencio es una ficción de nuestros oídos, hasta hace poco no escuchábamos el sereno cantar de los lamentos de ballena. Los astros bailan en silencio, un silencio rítmico. Resulta imposible imaginar un lugar más silencioso que el espacio exterior, que es quizás donde los sonidos más estruendosos podrían producirse. Rocas que chocan contra otras, bolas de gas ardiendo y produciendo estallidos que son cinco o diez, o mil, bombas nucleares. El sonido inunda ese espacio, pero al parecer no encuentra un medio para su transmisión. En todo caso, si el universo está constituido por cuerdas imperceptibles que vibran en silencio, entonces lo que existe es sonido en la forma de una palabra distante y susurrada que se extiende a lo largo del silencioso bailar de los astros.

El universo tiembla, la bruma tiembla, se sacude, resuena. Las palabras y los labios que las pronuncian imitan ese vibrar originario. El soldado soviético, los alemanes, los borrachos de pueblo, el estudiante tiemblan. Nuestra trémula existencia. Al explicar, al agudizar el oído para encontrar al enemigo, al abrir los ojos y no encontrar sino la bruma, los seres humanos intentamos atender a esa vibración.

IV

Lo que los experimentados científicos y sabios del mundo llaman experiencia ha sido denunciado por Walter Benjamin en 1913 como un enemigo enmascarado. La experiencia que enseñan estos pedagogos enmascarados (los liberales) es que el mundo es así, “así es la vida”, por eso a las pulsiones juveniles las observan con desdén mientras dicen, “ya aprenderán”. La sentencia del comunismo como parte del despertar juvenil que vendrá acompañada de la resignación capitalista es, desde el punto de vista del experimentado, una condena. El amante experimentado que declara con desaire la imposibilidad infinita del amor a manera de consejo para sus amigos más jóvenes e inexpertos también condena. La agudeza de Benjamin hace temblar:

“¿Por qué la vida carece de consuelo y sentido para el burgués? Porque lo único que conoce es la experiencia. Porque él mismo carece de consuelo y sentido. Y porque él no mantiene ninguna relación tan intima como la que lo liga a lo ordinario, a lo que es ‘eternamente ayer’.”

Este ritmo cansino del mundo que se apaga inclina todas nuestras capacidades a este destino, nos ata a la fatalidad de un fracaso ya anunciado, mucho antes de que pusiéramos un pie en este mundo. Recuerdo ver el anuncio de la fase pública de los diálogos de paz en una fotocopiadora cerca de la Universidad de los Andes y discutir con un compañero de la carrera de Derecho acerca de la posibilidad de alcanzar una salida negociada al conflicto. Su ritmo le impedía ver algo más que la imposibilidad de la paz, defendía su experiencia y la de sus padres a gritos soberbios. El silencio permite romper el hechizo del ritmo burgués pues del silencio no se desprende ninguna experiencia verificable, por lo tanto ninguna verdad inalcanzable a la cual renunciar. En el silencio es posible amar, pues en él no habita la resignación fatal del cansancio burgués.

Benjamin aguzó el oído como pocos y entendió que el ritmo del mundo que producimos debe ser detenido. Es necesario producir un shock, pero salir de este ritmo, entender el eclipse, requiere una atención especial.

V

No resulta demasiado extraño entonces que el viejo melancólico Louis-Auguste Blanqui después de la derrota de la comuna de París escribiera La eternidad a través de los astros. Después de cuatro meses de intensos combates y barricadas en los que la humanidad se aferraba con toda la fuerza a la felicidad, Blanqui es llevado a una prisión fuera de Francia para morir. Allí escribe un texto enigmático sobre el eterno retorno y la astronomía. Los astros parecen refundar el temple del revolucionario, el estar alerta del animal. Siempre me ha llamado la atención el tipo de escritura que producen los políticos prominentes en el encierro. A los vencidos parece quedarles únicamente la experiencia. “Me refugio en los astros donde uno puede pasearse sin límites”, escribe Blanqui a su hermana desde su prisión en Fort du Taureau. Resucitar la curiosidad sonora y pasear. Los astros que vibran se pasean.

El último pensamiento del libro que Benjamin escribió embriagado de amor por Asja Lascis se llama Zum Planetarium. Este texto puede ser leído como una reverberación del texto de Blanqui –también escrito por un amante no correspondido. Benjamin propone una máxima que contendría la totalidad de la doctrina del rabino Hilel: “la tierra pertenecerá a aquellos que viven con las fuerzas del cosmos”.