Desde el año 2007, y siguiendo la resolución A/RES/61/271 aprobada en la Asamblea General de Naciones Unidas, cada 2 de Octubre se celebra el “Día internacional de la No Violencia”. Se escogió ese día para conmemorar el aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi, mundialmente conocido por sus originales y novedosas propuestas de movilización social que lograron la independencia de la India del imperio británico en la primera mitad del siglo XX.

Aunque la figura de Gandhi es muy reconocida, suele haber bastante confusión respecto al alcance y profundidad de sus propuestas de acción y de la filosofía que las acompaña, confusión que comienza por el mismo nombre del término “noviolencia”, que no cuenta, ni entre la comunidad académica, ni en el ámbito de las relaciones internacionales, con una decisión unitaria sobre su plasmación gráfica. Ahora bien, existe una gran diferencia conceptual a la hora de escribirlo y es a partir de explicar esta disyuntiva, aparentemente gramatical, que podemos acercarnos al sentido profundo de las ideas de este líder de la transformación social y traerlas a nuestros contextos actuales.

La Noviolencia: ¿junto o separado?

Escribir “noviolencia” junto o separado no es baladí para quienes trabajamos en la construcción de Culturas y Pedagogías de Paz. En ambos casos hay un significado que se comparte y otro que separa dichos términos. Veámoslo. Si escribo “no violencia” separado, estoy afirmando que no usaré la violencia en mi actuar (seguramente, refiriéndome de manera específica a esa violencia directa que el profesor Johan Galtung definió), algo que está muy bien y es muy loable, pero que se vuelve insuficiente en este mundo tan tenso y problemático en el que vivimos.

Yo puedo ser una persona “no violenta”, es decir, alguien que no pega, no humilla, no agrede, no se aprovecha de quien es más vulnerable… Y, al mismo tiempo, podría ser una persona pasiva, indiferente, sumisa, que mira hacia otro lado ante los problemas sociales y políticos que están a su alrededor, sin comprometerse en la búsqueda de soluciones. La violencia, aunque existe mucho más de lo que nos gustaría, está penalizada jurídica, ética y moralmente en la mayoría de nuestros grupos y sociedades. La pasividad, sin embargo, no se ve con malos ojos y, en muchos casos, es incentivada (“no te metas en líos”, “tú ocúpate de lo tuyo”, “pórtate bien”). Es importante escapar de las dicotomías rígidas y cerradas que restringen nuestra mirada y nuestro accionar: así como necesitamos dejar de ser personas violentas, nos urge también dejar de ser personas pasivas.

La Noviolencia, como una sola palabra, fue utilizada por primera vez por Aldo Capitini1, maestro de Norberto Bobbio, para combinar dos preceptos ético – religiosos básicos para Gandhi: Ahimsa (noviolencia) y Satyagraha (fuerza de la verdad). De esta forma, Capitini presentó la Noviolencia como un camino intermedio que supera la mera negación del uso de la violencia, por un lado; huye de la pasividad y el conformismo, por el otro; para, finalmente, comprometerse de manera activa y consciente con la justicia y la dignidad humanas, con la transformación positiva de los conflictos y con la búsqueda de mejores sociedades y ambientes para todos y todas.

Desde esta definición en positivo, la Noviolencia destaca como una forma de vida, una estrategia de lucha política y social y una herramienta para enfrentar cualquier tipo de conflicto (micro o macro). El objetivo fundamental es acabar con las denominadas violencias estructurales y culturales (volviendo a Galtung), haciendo de la coherencia entre fines y medios, uno de sus elementos básicos pues, para Gandhi, el estilo de vida y los métodos de lucha son indisociables.

Agresividad es distinto de violencia

En este punto, necesitamos hacer otra diferenciación clave: no es lo mismo agresividad que violencia, aunque nos hagan creer que sí. El “Manifiesto de Sevilla sobre la violencia” de 1986 (adoptado por la UNESCO en 1989) fue redactado por un equipo internacional de especialistas que señalaron, basándose en hechos científicamente probados, que las violencias son aprendidas, no naturales. Lo que sí es innato es la agresividad, entendida como fuerza vital o instinto de supervivencia que nos permite ser personas, afirmar nuestra individualidad y defender lo propio. Lo importante es lo que hagamos con esa fuerza vital de la que todos y todas disponemos.

En Educación para la paz consideramos que hay tres tipos de agresividad: la destructiva (vinculada a la violencia), la anulada (vinculada a la pasividad) y la constructiva (vinculada a la noviolencia). Gran parte de nuestro trabajo trata de potenciar el componente constructivo y creador de la agresividad, despertando a su vez a quienes la han tenido inutilizada y canalizando la fuerza que haya podido ser destructiva hacia otros medios.

Lo que está claro es que la Noviolencia no es pasividad, ni cobardía, ni sumisión. Es más, suele ser una postura compleja de practicar y de mantener y que necesita mucha fuerza (emocional, mental y, en ocasiones, también física). Requiere, a su vez, de kilos y kilos de creatividad e imaginación, pues no va a encontrar casi modelos a quienes seguir o copiar y, más bien, le va a tocar inventarse en cada momento una solución que transite entre usar la violencia y no hacer nada, aprendiendo ese otro camino que no aparece en los planes educativos, ni mucho menos en los medios de comunicación (por nombrar dos de los mayores agentes formativos de nuestro tiempo).

La Noviolencia habla de tú a tú a aquellos poderes autoritarios, jerárquicos, violentos y, en muchas ocasiones, sistemáticos, desde una estrategia combinada de rebelión y respeto. La rebelión es la acción (que no equivale a violencia), el respeto es la actitud (que no significa pasividad). “La no violencia va mucho más allá que la misma violencia, es una confrontación mucho más radical, en el doble significado de una oposición y resistencia más firmes y de atacar los problemas más en su raíz”2.

En la actualidad

Para quienes no queremos usar la violencia, pero tampoco queremos quedarnos resignados, inmóviles y quietas (siendo cómplices, en muchos casos, del sufrimiento de otras personas); para quienes queremos ejercer presión, luchar y cambiar la realidad, la Noviolencia sobresale como una estrategia individual y colectiva de desobediencia y empoderamiento, que supera el miedo y el control al que nos vemos sometidos y sometidas en sistemas capitalistas, extractivistas, racistas y patriarcales como los que lamentablemente tenemos.

Estrategia que vale para la organización civil tras una catástrofe climática (cada vez menos “natural”), como hemos visto en México; para la defensa del derecho democrático al voto, como en Catalunya; para la movilización social constante y persistente por la paz en Colombia desde sus múltiples identidades y grupos sociales; para la campaña antirracista estadounidense “Black Lives Matter” o la feminista internacional por el derecho a un aborto libre, seguro y gratuito; o para la defensa de los territorios y del medio ambiente en múltiples partes del globo (por nombrar sólo algunas).

La Noviolencia es, en fin, una alternativa a esta falsa e individualizante disyuntiva entre violencias y pasividad, y su base ético-política parte del reconocimiento de la autonomía de las personas, de la acción colectiva, de la desobediencia y de la resistencia civil como vías activas para transformar situaciones sociales y leyes injustas o inequitativas de una sociedad3. Hagamos pues el ejercicio de escribirlo como una sola palabra y, desde ese nuevo y más amplio significado que sitúa la Noviolencia como un actuar implicado, preguntémonos: ¿Qué más podemos hacer?


*Mar Maiques Díaz es Politóloga y pedagoga; Coordinadora del área de Sistematización e Investigación para la Paz de la Corporación Otra Escuela.

  1. Carlos Hernán Fernández Niño y Luisa Fernanda Trujillo Paredes, Noviolencia. Manual de introducción a la Noviolencia en la perspectiva de transformación de conflictos (Bogotá: Pax Christi Internacional y Editorial Códice, 2011), 8.
  2. Antoni Soler Ricart, “Gandhi y la No Violencia” en Pensamiento pacifista, Enric Prat (ed.) (Barcelona: Icaria Antrazyt, 2004), 59.
  3. Gene Sharp, Politics of Nonviolent Action. Part One: Power and Struggle (Boston: Porter Sargent Publishers, 1973).