Sebastián Ronderos

* Sebastián Ronderos

Colombiano. Politólogo de la Universidad de los Andes, con énfasis en Teoría Política y estudios complementarios en Filosofía. Es especialista en Resolución de Conflictos de la Pontificia Universidad Javeriana y en Globalización y Cultura de la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Mágister en Cultura de Paz, Conflicto, Educación y Derechos Humanos de la Universidad de Granada, España, y doctorando en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Portugal.

Semanas atrás nos reunimos con Julián, miembro del comando de la Zona Veredal (ZV) Mariana Páez, con el fin discutir la situación que están viviendo en los territorios de normalización, posibles planes de acción conjunta y ultimar detalles para el desarrollo de una brigada de salud. Nos encontramos en una cafetería cercana al Carulla de la 85 con 15, un viernes a eso de las 7 de la noche. El saludo fue emotivo: “Buenas, compañero” –exclamó–, seguido de un abrazo. Reconocí en él una expresión de inquietud frente al ruido y el tumulto. Buscamos un rincón sereno en el fondo y pedimos una cerveza. “¿Julián, qué tal la llegada?” –le pregunto. “Bogotá es un monstruo, mi amigo, no es fácil acostumbrarse”, –dice sonriendo.

Me explicaba los desafíos que se viven en la zona: no hay agua potable ni unidades sanitarias. Comienzan las complicaciones de salud, amenazando, mayoritariamente, a las mujeres embarazadas y a los niños. Recordó que hasta el día iban 17 asesinatos selectivos a ex-guerrilleros en otras ZV. “¿Cómo está la moral en el campamento?”, –agacha cabeza. “Empeorando, hermano. El gobierno no está cumpliendo. Pero aquí seguimos, firmes con lo nuestro”, –responde tajante. Durante la conversación, Julián dejaba entrever una profunda preocupación por su gente, por la organización, atento al congreso de las FARC que, por esos días, se reuniría en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada para dar los lineamientos tácticos y constituirse, finalmente, como partido político.  Puntuamos una serie de cuestiones a trabajar en la visita y acordamos los esquemas logísticos. Terminamos la cerveza. Abrazo y despedida.

 

Territorio y Asentamientos  

Salimos en la tarde del viernes 15 de septiembre camino a Granada, Meta. A unos 80 km de Villavo. Entrábamos en zona roja del conflicto, pues Granada era ciudad de presencia paramilitar, mientras Mesetas, a tan solo 42 km de distancia, de influencia fariana. Muy cerca a la Uribe, donde César Gaviria, a finales de los años 90, bombardeó el campamento Casa Verde, poniendo fin al cese bilateral y a las negociaciones entre Gobierno y FARC de 1984. A pesar del bombardeo, la guerrilla ha mantenido presencia e influencia permanente en la región.

Sábado 6 de la mañana, vamos rumbo a Mesetas. Salimos apretados de tiempo, pues los farianos nos esperan con el desayuno listo. En el parque de Mesetas, Martha, a quien conocimos en la reunión con Julián, aguardaba en unos camperos de carrocería Gaz y motor Chevrolet para darnos acceso a la zona. “¡Vamos, que nos espera una buena trocha!”. Vía a la Uribe, nos desviamos cruzando el río El Cafre, adentrándonos en un destapado inclemente que surca una llanura extensa e inhóspita. “Aquí cuando llueve solo llegan estas máquinas” –se oye entre el tambaleo del chasis. Más o menos a 40 minutos nos corta el paso un retén por proceso de desminado. La guerrilla andaba estos caminos, dormían por estas montañas y eran los que cuidaban de la zona. Como tenían presencia reiterada en terreno, el minado parecía atípico. Como mínimo sospechoso. “Para mí que esto lo hizo el ejército, no hay que olvidar que ellos también minaron” –dice Martha. Llegados al campamento nos recibe Julián, sonriente y enérgico nos da la bienvenida. “Sigan al aula, les estamos sirviendo el desayuno”: chocolate, café y una sopa de papa y huevo. “Aquí nos rotamos la ranchada –argot local para llamarle a la cocina–  y estuvieron de buenas, hoy les tocó un camarada de buena sazón”, –decía un joven entre carcajadas desde la cocina.

El campamento está compuesto por un semi-círculo de cambuches de plástico, piso de tierra y zonas comunes.  Las mismas estructuras provisionales que han tenido desde principios de año. Según lo acordado, el Gobierno debía recibirlos, en febrero, con las instalaciones permanentes y habitables. En junio entregaron unos planchones de cemento y se sintieron con el deber cumplido. Ha sido la ex-guerrillerada la que se ha encargado de levantar, poco a poco, las instalaciones. Ninguna unidad habitable. Efectivamente, ni acueducto ni agua potable. Pregunto, “¿dónde están las letrinas?”, –me dan una mirada burlona. “¿Los chontos?, allá, detrás de esos arbustos”. Abra hueco, tape hueco.

Aquí llegaron guerrilleros de diferentes frentes, la mayoría buscando estar cerca a sus familias. Muchos han salido al encuentro de sus papás, hermanos, primos o tíos, a quienes no veían hace 20 o 30 años. La mayoría sin saber si seguían con vida. Comentan que el campamento 1 está más estructurado. Según la ley de amnistía, los presos políticos pasaban a un régimen especial de restricción de libertad, concentrados en centros transitorios de reclusión mientras se sometían a la Jurisdicción Especial de Paz. El gobierno se rehusó a trasladar a los presos hasta concluir los campamentos, pero sin intención visible de dar inicio a las obras. Los farianos se movilizaron. Cedieron el campamento “Libertad” –hoy llamado Simón Trinidad– para recibir a sus camaradas. A tan solo 800 metros de donde estamos. Los visitaremos mañana.

 

Táctica y Estrategia, Estructura y Organización

Julián me presenta a Yolima, una joven fariana llegada al campamento hace poco más de un mes. Es la encargada de comunicaciones. Me cuenta que durante la guerra los comandantes la cuidaron, querían hacer de ella una revolucionaria ejemplar. No por ello fue ajena a los bombardeos o a la metralla. Es una muchacha estudiada, sensible y con sentido del humor. Una lideresa, siempre dispuesta a ocuparse de los quehaceres del campamento. “La guerrilla ha sido una gran escuela. El que quiere aprender algo, aprende. Los cuchos –como llaman con cariño al secretariado– han insistido en que todos nos formemos, pero aquí hay de todo: gente estructurada y camaradas en proceso de alfabetización”. En el recorrido conozco a Santiago, un coterráneo citadino que entró a la guerrilla tras militar en la Juco (Juventudes Comunistas). Un tipo curioso y bonachón, que mientras prepara la comida me invita a tomar un jugo de curuba. Relata historias de la guerra y la ardua transición que ha sido la construcción de paz. Al igual que sus compañeros, cree férreamente en la transformación política del país y la necesidad del partido para continuar la lucha: “La guerra no la gana nadie. Todas y todos estuvimos de acuerdo en acogernos a este proceso; los medios cambian, pero el objetivo es el mismo”. Reconoce errores tácticos durante el conflicto. Se centraron tanto en la mata –como llaman a la selva– que perdieron foco en las ciudades –las cuales hoy concentran más del 80% de la población colombiana–. Coincide con Julián, quien horas atrás me decía: “Aquí llegaron muchos jóvenes, estudiantes de las ciudades. Se reventaron en la selva. Quien llega de la ciudad no se acostumbra a estas condiciones, creo que habrían sido claves en las ciudades”. La jerga y las costumbres en el campamento acogen un carácter bucólico. Sienten la hostilidad de las urbes, en especial de la capital, y su proyección política está fuertemente vinculada a sus bases rurales.

En pocos minutos cambia el tiempo: baja la temperatura y, tras un ventarrón que se lleva parte del techado del aula, cae inadvertido un aguacero. Nos recogemos en la cocina y aprovechamos para ir comiendo. El reloj marca las “6:15 pm”. Trabajamos en comunicaciones y un recuento general de la brigada. La conversación va perdiendo seriedad. Se escuchan risas y cantos al ritmo de la música fariana, en una variedad musical tanto en calidad como en género, desde corridos a bachata. El ambiente se va prendiendo y nos animamos a ir por una cerveza al billar de la vereda.

Llegamos a un galpón con unas 100 personas. Un bailoteo animado junto a una torre de petacos. Nadie niega un baile y nos vamos rotando entre conversación y canción. Pedimos unas cervezas y a la llegada nos ofrecen un guaro llanero. ¡Salud! A los pocos minutos se concentra un grupo de hombres en una mesa. Me piden un esfero y comienzan, concentrados, a hacer cuentas. Sin aviso salen corriendo hacia la parte trasera, donde hay una gallera y, entre una fuga de testosterona, comienzan los gritos: “¡hágale, colorado!”, “¡dele duro, sarabiado!”. Hombres robustos, con varios petacos de cerveza encima, se atrincheran a gritos ante la cerca del corral. Un escenario que en cualquier lugar presagia pelea. Paran a los gallos antes de que alguno muera y, apacibles, se reparten sin reclamo las deudas convenidas. Sigue la fiesta.

Yolima y “El Profe” –un miembro del partido comunista que nivela en el sistema educativo a los farianos– me invitan a sentarme con la muchachada. Nos quedamos hasta tarde discutiendo. Todos manifiestan su incertidumbre frente al proceso, preocupados por las condiciones en que están viviendo y el rotundo incumplimiento por parte del gobierno, aunque confían ciegamente en los cuchos. Están convencidos de que el proceso está blindado. “Sino, se habrían parado de la mesa. No van a entregar la organización así como así”, –dice alguno. “En estos siete meses se han ido varios. Algunos vuelven, otros no. Unos están visitando a las familias, otros quién sabe, se habrán conseguido un trabajito. No sé, mi hermano”, –afirma el otro. Lo cierto es que esa incertidumbre es fruto de la ausencia de comandos nacionales en las zonas veredales. Las FARC son una organización extremadamente jerárquica y el desacierto sobre las actividades en terreno ha venido fragmentando internamente la moral de sus militantes. Parece faltar una base fundamental en lo que debía ser una doble orientación táctica: por un lado, quienes harán presencia en las instituciones; por otro, una reorganización –ya no móvil– de las bases, para comenzar a construir procesos productivos basados en relaciones de economía solidaria, espacios de reconciliación, estructuras organizacionales que potencien lo común… En fin, ejemplos prácticos que fundamenten, de manera objetiva, la proyección de esa Nueva Colombia que irán a defender los cuadros del partido en el Congreso Nacional. Ya son las 4 de la mañana, queda hora y media de sueño. Al cambuche.

 

Los Presos

Me despierto tiritando del frío, desconcertado. Suena el eco del megáfono: “todas y todos los camaradas al aula, vamos a dar inicio a las actividades”. –¡Mierda, ya son las 6 de la mañana! Agarro la toalla y salgo del cambuche. “Compañera, ¿dónde son las duchas?”, me señala un sendero que se pierde entre la niebla. Llego a unos tanques de agua, –nada como un baño de totuma pa’ curar el guayabo. Hombres, mujeres, niños y ancianos se bañan juntos. A mi lado hay un grupo de mujeres criticando los gallos. “Qué peca’o con esos animalitos” –se oye decir, mientras en el tanque próximo dos jóvenes recrean, entusiastas, alguna de las peleas. Baldazo de agua fría y hacia el aula. Uno de los muchachos de la cocina me ve entrar, me hace un gesto disimulado para que lo acompañe. Me sirve un plato de patacón con huevo frito.

Terminado el desayuno comenzamos a organizar la ida a la ZV “Simón Trinidad”. Agarramos la misma trocha y a unos 40 minutos de caminada llegamos al campamento. Más pequeño, mucho más organizado. Hay poca gente, pero se ve un tránsito constante de entrada y salida: son los familiares de los presos que vienen y van de visita. Parece un rancho con varias mesas, donde los cautivos de esta cárcel a cielo abierto se reúnen, juegan parqués o reciben la visita de alguna novia o algún primo. El tiempo cambia de velocidad, todo parece más lento, estático. Hablando con la gente se repite el mismo diálogo: “¿Qué tal, hermano?”, “bien, aquí esperando la libertad”. “¿Señora, cómo le va?”, “aquí, camarada, esperando la libertad”, –como en la repetición reiterada de un cine continuado. Hay algunas hamacas donde permanecen impasibles algunos presos, trazando un horizonte imaginario con la mirada, imperturbables, como quien mira llover.

En una mesa se reúnen Martha, Julián, un hombre de unos 40 años y una mujer mayor, quien resulta ser su madre. Me acerco a ellos. Me saludan y, como si me conocieran de siempre, me incluyen en la conversación. El hombre cuenta que fue citado ante la Jurisdicción Especial de Paz. “Me imagino que me preguntarán: ¿Cuáles fueron sus actividades?, ¿en qué combates participó?, ¿manejaba explosivos? Nada, decir cómo fueron las cosas”. Le pregunto a la mujer: “¿Señora, usted no se vendría a vivir por acá?”. “Noo, mijo. Yo allá –en Villavicencio– tengo mi negocio. Si me vengo, ¿quién me va a pagar la pensión?”. “Bueno, mamá, yo sí me quedo por acá, vamos a montar proyectos productivos con los muchachos. O sino qué, ¿luchamos para nada? No señor, ¡aquí seguiremos!”. “¿Ya están cultivando?”, –le pregunto. “Paciencia, hermano. Aquí no hay de otra que cultivar paciencia” –me responde.

 

El Paraíso Perdido

[Paréntesis] Hay un personaje importantísimo al que no le he hecho justicia en el relato y, en honor a la verdad, más tarde que temprano, me propongo presentarlo. Se llama Fabián. Es un joven de unos 4 años, intrépido, aventurero y con una creatividad efusiva que no conoce la nostalgia. Es sobrino de Julián. Apenas me vio con la cámara se acercó curioso, pidiendo que le enseñara a tomar fotos. Le expliqué lo poco que sé y, desde ahí, nos volvimos inseparables.  El escritor y humorista español, Jaume Perich, decía: “Los locos y los niños dicen siempre la verdad. Por ello se han creado los manicomios y los colegios”. Fabián es uno de esos valientes. [Cierra paréntesis]

Son las 2 de la tarde y me siento a almorzar un plato de arroz, fríjoles y plátano. En esas llegan Yolima y Fabián: “Termina el almuerzo, ¡te vamos a tirar al charco!”. Ya había oído hablar de una cascada cercana al campamento, pero imaginé que no habría tiempo para vagar por la zona. Algunos compañeros oyen la amenaza y se entusiasman. Juntamos un grupo y agarramos sendero abajo por la llanura.

Llegamos a una región selvática que conducía a una escalera artesanal de peldaños largos e inclinados. Al poco tiempo se oyen gritos y chapuceos. Se ve un laguito entre los ramajes, donde los farianos y los campesinos locales se confunden entre juegos y risas. Algunos jóvenes saltan desde los troncos de los árboles mientras una pareja se cobija entre la sombra que ofrece, generosamente, una roca gigantesca, irguiendo, sobre una tímida cascada, un puente natural. Uno de esos paraísos perdidos que hay por todo el país y que solo la ex-guerrillerada conoce. “Estamos viendo con unas compañeras para armar un grupo de guías. Queremos ofrecer paseos ecológicos a las personas que vengan a visitarnos” –me cuenta Yolima. Todo el mundo al agua, ¡hasta El Profe! –a quién el guayabo tenía disminuido pero ante la presión de grupo acaba cediendo. Se nos hace tarde y volvemos al campamento para reagruparnos y preparar el viaje de vuelta a Bogotá. Nos espera el mismo camino que nos trajo.

Se siente el sabor a despedida, un par de días han sido suficientes para darle a la partida un tono dramático. Alguien a modo de chiste dice: “Y qué, ¿la última cerveza?”. “Camine, camarada” –respondemos al unísono.