Alguna vez escuché que el saber científico se ha construido derribando sucesivamente cada uno de los paradigmas que ha atravesado la historia humana. Los intelectuales y científicos que marcaron los grandes procesos epistemológicos, culturales, políticos y sociales dejaron todo su esfuerzo, capacidades y trabajo en juego para que hoy podamos disponer de un poco de ese conocimiento.

Este conocimiento se ha ido forjando, en la mayoría de casos, gracias al sacrificio y al riesgo que puede conllevar afirmar que la Tierra es redonda cuando lo correcto era repetir que era plana, por poner tan solo un ejemplo. Viene a mi mente aquel filósofo griego que prefiere tomar cicuta antes que igualarse a los sofistas, desafiando a todo el orden regente de la época, así como viene a mi mente Nicolás Copérnico o Galileo Galilei, que desafiaron el oscurantismo religioso y arriesgaron su vida por ello. También las miles de mujeres acusadas de ser brujas por saber leer y escribir, muchas quemadas en la hoguera. Pienso en las ideas ilustradas con las que los primeros luchadores independentistas empezaron a reclamar igualdad entre seres humanos y la mayoría de edad política, en el sabio Caldas fusilado, en las academias perseguidas por el autoritarismo y el poder.

Hoy recibo con extrañeza la determinación del departamento de sociología de negar mi solicitud de continuar mis estudios, me entristece ya que la cárcel es un vasto campo para la sociología, y porque deja claro que hoy existe una academia asustada y encerrada en su lenguaje especializado y de revistas indexadas, incomprensibles fuera de las aulas.

Me causa inquietud que el director del departamento, muchos profesores y estudiantes sienten que permitirle a los estudiantes capturados terminar con sus estudios es un “factor de estigmatización” para la comunidad académica. Mantengo la idea de que no sirve de nada un profesional o una academia si esta no se pone en función de algo, si no sirve en términos eficaces y efectivos a un propósito. Hoy veo una Universidad que abandona a sus estudiantes y profesores perseguidos, que prefiere hacer oídos sordos a las necesidades de su gente, mientras se hace llamar “patrimonio de todos los colombianos”.

En Colombia hay más de cien mil presos y mientras universidades como los Andes y la Gran Colombia tienen programas carcelarios, la Universidad Nacional ni siquiera los vislumbra. Más bien, de forma muy innovadora y “emprenderista” permite que los sectores más pobres de la sociedad entren tan sólo a lavar baños o cuidar edificios, limpiando todo eso que contamina una ciudad universitaria blanca, pura, verdadera, pacificada de conflictos y potenciales “terroristas”.

El compromiso de la Universidad con la paz es tal que aporta “pruebas” a la Fiscalía en sus montajes, permite injustas destituciones de profesores y la entrada de la Policía al campus. Por fin tenemos una universidad lista para este nuevo momento histórico donde todos parecen hablar pero siguen decidiendo los mismos.

Tras la Universidad pacificada viene la Universidad de los negocios, la Universidad de la ignorancia. Mi ejercicio intelectual y académico como sociólogo nunca habrá de detenerse. Aun cuando no esté inscrito en el programa académico de sociología seguiré poniendo todos mis esfuerzos al servicio de la Nación colombiana, algo que la Universidad “Nacional” pareciera no estar interesada en hacer.

Hay un pueblo que aún sin beber del fruto del conocimiento se encuentra desnudo y pobre. Ese pueblo todavía está buscando su Universidad Nacional.

“Aquellas sociedades que separan a sus académicos de sus guerreros, tendrán a su saber hecho por cobardes y sus luchas realizadas por tontos”.

 

Mateo Gutiérrez León
Cárcel Nacional Modelo