Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

La mejor manera de invocar la náusea es esperando un transmilenio. Los demás, otrora seres, devienen rápidamente entes. Cosas entre las otras cosas, obstáculos. Son las siete treinta y yo, que me creía tan sujeto, soy un objeto entre los otros. Ruego en silencio que nadie se salte la fila, pero en el fondo sé que sólo hace falta que se cuadre un bus vacío enfrente para que se despierte lo más bajo de la condición humana. El bus llega. Se abren sus puertas. Nerviosismo y caos.  Nos movemos todos al unísono, desprendiéndonos de nuestra individualidad para volvernos masa, aglutinándonos en torno a la silla vacía como objeto de deseo. En ese momento los devotos olvidan las premisas cristianas, o las invierten, porque, total, para dios no debe ser tan grave colársele al prójimo –una cuestión de dejar los principios para el final. El prójimo, ese gran problema para ser un buen cristiano.

Una vez adentro la atmósfera cambia: la gente se mira como queriendo compartir la miseria alegre de estar al interior del bus. Y el clima: hace calor y falta el aire. Estamos hacinados, es indigno y lo sabemos. Aun así los oficinistas guardan algún recato. Se las ingenian para revisar el celular cada veinte segundos como dejando en claro que llevan prisa. Caras de preocupación por el paso del tiempo. Todos somos prescindibles y el mercado lo sabe y nosotros también lo sabemos.

Los niños son los únicos que parecen estar conformes. Me parece un irrespeto esa falta de conciencia de clase, pero me guardo el reclamo por física cobardía. Ellos pasarán del hacinamiento del transporte público al hacinamiento del aula –nunca deparé en la cercanía fonética entre aula y jaula. Allí estarán las próximas ocho horas, disciplinando sus cuerpos en una suerte de entrenamiento para el mercado de trabajo. Al cabo de la jornada volverán al transporte público, a la casa (la casita, la casitita) y de nuevo a la escuela. De encierro en encierro se irán las semanas.

Para algunos de ellos su sitio de trabajo será la calle, también atestada. Los vendedores ambulantes verán desfilar mil rostros por día, sin tiempo para recordar ni techo en donde escampar, ni baño en donde orinar. Todos al tiempo, la calle colmada, el verdadero estado de naturaleza. Para otros serán estrechos cubículos con el espacio exacto para generar plusvalor. Edificios y edificios de oficinas de gente que hace como que trabaja, como que respira.

Otros de ellos enfermarán y algunos irán al hospital. Aséptico, pulcro, de baldosa barata. De no ser por las saturadas salas y la gente muriendo en los pasillos casi olvidaría que se trata de la cárcel de los enfermos. Y otra inmensa minoría de otros irá a la cárcel, ese atiborrado infierno del que no queda mucho por decir.

Entre el pesimismo localizo una cara alegre que sobresale. Aprisionado entre una ventana y un codo izquierdo, un hombre sonríe haciendo gala de la absoluta disociación entre su ultrajado cuerpo y su mente. Pero no, no está loco. O sí, porque sonríe mientras ve pasar un carro burgués vacío, al lado de un barrio burgués también vacío, pertenencia de burgueses también vacíos. Esos nuevos barrios de los ricos, en donde no asoma un pobre sino es del sector limpieza, siempre me parecieron la manera más sencilla de mitigar la culpa de vivir en un mundo tan desigual. De ese adefesio sólo rescato el ingenio tan pragmático del burgués ilustrado, y las calles, las calles tan limpias y vacías.

He llegado a mi estación. Mientras me escabullo entre los otros pienso en los buses colmados, las cárceles saturadas, las escuelas y hospitales públicos del hacinamiento. ¿Por qué habrá lugares en los que hay más espacio entre las cosas? Y creo que sí, que la lucha de los oprimidos también es por el espacio.