Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

Según el académico israelí Yuval Noah Harari, lo que diferencia notablemente al ser humano (homo sapiens) de las demás especies de humanos, como el extinto neandertal o, inclusive, del resto de primates, no son nuestros genes, hormonas u organismos. “De uno a uno, incluso de diez en diez somos embarazosamente parecidos a los chimpancés”: las diferencias entre nuestra especie y las de los demás primates avanzados solo comenzaron a ser importantes en la medida en que los hombres de las cavernas lograron superar el umbral de más de 150 individuos en una comunidad.

El homo sapiens pudo imponerse como el primate dominante del planeta debido a que logró crear y asentar comunidades de más de 150 individuos. La herramienta que utilizó y sigue utilizando nuestra especie para dicho fin no es la tecnología, muy por el contrario, es la ideología, es el mito. Harari afirma que “la verdadera diferencia entre nosotros y los chimpancés es el pegamento mítico que une a un gran número de individuos, familias y grupos”. Este pegamento nos ha convertido en los dueños de la creación.”

Es así cómo, desde la prehistoria hasta nuestros tiempos, comunidades numerosas de miles o miles de millones de personas han dado su obediencia, tiempo, trabajo o existencia por mitos comunes tales como la nación, la religión, el dinero, la democracia, la libertad, la búsqueda de la felicidad, el estatus, etc. Todos estos conceptos solo existen dentro de nosotros, sin embargo, estas fantasías fueron precisamente la herramienta que nos permitió adueñarnos del planeta y transformarlo a nuestro antojo. En efecto, hemos cambiado y dominado la realidad tangible “allá afuera”, en la medida en que hemos creado mitos comunes (sentidos comunes diría Gramsci) en comunidades numerosas. Sin ideologías, hoy el mundo bien podría pertenecerle a cualquier otra especie.

El mito común también fue lo que permitió que nos asentáramos en comunidades fijas y dio pie para crear jerarquías, donde algunos de nosotros aún la pasan muy bien y otros muy mal; “la historia es algo que ha hecho muy poca gente mientras que todos los demás araban los campos y acarreaban barreños de agua”. No en vano, hoy en día,  el 10% de la población es dueña del 86% de la propiedad que hay en todo el mundo.

En este país indudablemente seguimos en las cavernas. En Colombia, en pleno siglo XXI, es posible, más bien altamente probable, que 45 millones de ciudadanos permitan  y participen (mediante acción u omisión) para que el jefe de un partido político con un extenso prontuario aún tenga derecho a existir políticamente. Y es que 349 miembros sancionados, 41 destituidos,  19 congresistas condenados por parapolítica, 44 investigados por esa misma razón, 11 de sus alcaldes investigados por corrupción, 8 de sus gobernadores investigados o condenados por el mismo motivo, un fiscal anticorrupción condenado por corrupción, un fiscal general con cuestionables vínculos con la empresa Oderbrecht y una campaña presidencial  que recibió dineros de esa empresa brasilera, no son casos aislados de “manzanas podridas”. En otras palabras, el tipo que permitió y lideró todo ese disparate criminal tiene posibilidades de ser el máximo líder político de esa comunidad de 45 millones personas, llamada Colombia.

Pero ahí no termina el pandemónium nacional. Si acaso alguien quiere desligarse, criticar o inclusive  cambiar la deplorable situación que lidera Cambio Radical con los demás partidos tradicionales de derecha y que avalan la mayoría de los 45 millones de colombianos, pues entonces ese alguien debe temer por su futuro, integridad, o existencia, sin hablar de su salud mental. Es válido detenerse ahí, es necesario de hecho. ¿Cómo puede uno sobrevivir en Colombia siendo una persona decente?

Si la historia de nuestra especie sirve como referencia, la única manera de hacerlo es creando una comunidad decente, compuesta por individuos decentes, en nuestros propios términos. El devenir inmediato de Colombia pasa por la posibilidad de crear una coalición de gente decente que le arrebate el poder a los criminales, cuyo sofismo y mediocre retórica no logra más que  defenderse con el absurdo argumento según el cual “la gente decente es igual (de criminal) a ellos.” Eso sí, no podemos negarles una gran cuota de verdad a los criminales, pues como sociedad, los colombianos no hemos podido demostrar que somos distintos a Cambio Radical, algunas veces porque no hemos querido, muchas otras porque no nos han dejado.

La izquierda de Colombia debe asumir e internalizar este hecho plena y debidamente. No está demás escuchar a Žižek y recordar cuando analiza el mito de la caverna de Platón.   Inclusive si las cadenas están rotas, los seres humanos no queremos abandonar la caverna de manera espontánea. Alguien debe obligarnos a ser libres.

Salir de esa esclavitud llamada minoría de edad mental, paradójicamente, solo se puede dar a través de una servidumbre voluntaria.  No aquella del capitalismo donde, por ejemplo, yo sé que mi trabajo y el consumismo es un sinsentido que me explota y atrofia la vida pero aún así decido participar plenamente en ello, o donde decido ser corrupto vendiendo mi integridad y conciencia (tipo cualquier militante de Cambio Radical) con tal de mantener un estándar de vida o participar en el mito de la “viveza” de esa organización política. Por el contrario, la servidumbre voluntaria que lleva a la libertad es totalmente distinta.

De manera análoga a la cinta de Moebius, la servidumbre de la libertad requiere primero que nos reconozcamos como esclavos, al reconocernos en esa posición ya habremos logrado una libertad mínima. Esa posición dista mucho del esclavo del capitalismo que en su esclavitud se reconoce como libre o triunfador o del corrupto que se reconoce como avivado, luchador, etc. Adicionalmente, debemos entregarnos al amo que nos obliga a salir de la esclavitud de manera voluntaria, bien sea un líder político, un psicoanalista, una profesora, un amigo etc. Dicho personaje debe ser un amo paradójico que, a su vez, no nos indique de manera opresiva lo que debemos hacer y que tampoco nos utilice como un instrumento para sus propios fines, pero que sí nos confronte con y demuestre nuestra necesidad de ser libres.

Por ahí pasa el cambio en Colombia. Muchas de las personas decentes pierden su tiempo y esfuerzo limitándose a no ser como los corruptos. De esta manera, solo se participa en el mito que ellos nos plantean. Ya es hora de negar al sujeto y no al predicado, el tiempo de no ser como ellos ya pasó, ya sabemos que las cadenas están rotas, ahora llegó el momento de salir de la caverna y pasar de no ser ellos a ser no-ellos. Solo así, las personas decentes podremos dar forma virtuosa al mito nacional y crear una Colombia distinta.