Silvia Quintero Erasso

* Silvia Quintero Erasso

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Filosofía de la misma universidad, en donde también se desempeña como docente de hora cátedra en el área de teoría política. Dentro de sus intereses se cuentan las teorías feministas y de género, la memoria histórica, la filosofía política, el análisis de problemas urbanos y la pedagogía. Tiene experiencia en procesos de educación popular y proyectos de participación con niños, niñas y jóvenes de la ciudad de Bogotá

Hace poco menos de una semana tuvo lugar en São Paulo, Brasil un simposio internacional titulado “Os fins da democracia” (Los fines de la democracia), un evento académico que se planteaba una pregunta tanto por los propósitos y promesas de la democracia en América Latina, como por los límites de pensar la democracia como la forma ideal de gobierno. Allí confluía el interés por la importancia de reflexionar desde las teorías críticas, a la luz de los desafíos que impone el contexto y el momento político latinoamericano.  

Entre las personas invitadas a este evento, se encontraba la filósofa feminista Judith Butler, cuyo importante trabajo ha sido reconocido entre otras cosas por sus reflexiones en torno a la teoría queer. Creo que uno de los problemas que para mí ha resultado más complejo e interesante al leerla, tiene que ver con su crítica respecto a una idea que ha logrado extenderse bastante y es la de considerar que el sexo es el aspecto biológico que nos define fundamentalmente como “machos y hembras humanas”, mientras que el género es la construcción social –e histórica- que se da generalmente en función del sexo con el cual se nació. Así, suele afirmarse que el sexo es natural mientras el género es construido 

Butler cuestiona esta distinción y plantea que no solo el género sino el sexo, son construcciones sociales. No tendría sentido tratar de resumir aquí el complejo recorrido que Judith Butler realiza para llegar a esta conclusión, pero sí creo que vale la pena destacar las posibilidades que puede abrir un planteamiento semejante. Entre otras cosas, permite pensar una realidad más allá del binarismo sexual que piensa que existen únicamente machos y hembras, y además logra expandir las fronteras del género por fuera de lo masculino y femenino1 

Sin embargo, para muchos grupos ultra conservadores y de corte religioso, las posibilidades que abren planteamientos como el de Butler, son fundamentalmente peligrosas para la humanidad pues se relacionan con un disparate que esos mismos grupos han sabido llamar ideología de género. El temor que despierta este concepto dio lugar a que miles de personas decidieran protestar en contra de la presencia de Judith Butler en Brasil y que se lograran reunir al menos 360.000 firmas en oposición a su intervención en el S simposio. 

¿En razón de qué se considera que la ideología de género es peligrosa? 

En Colombia hubo al menos dos momentos recientes en los que el discurso de la ideología de género cobró mucha fuerza: el primero cuando el país entero se pronunció en contra de la distribución de unas cartillas de educación sexual producidas por el Ministerio de Educación2. El segundo, durante las manifestaciones en contra del enfoque (sí, enfoque) de género presente en los Acuerdos de Paz de La Habana.  

En este contexto, la diputada Ángela Hernández, quien es una de las personas que más ha denunciado los peligros de la ideología de género, en una intervención dada -por supuesto- en una iglesia cristiana, definía este concepto de la siguiente manera: “La ideología de género plantea lo siguiente: El pastor Moisés es hombre, no porque haya nacido con biología de hombre, con genitales de hombre, con comportamientos de hombre, como Dios lo mandó al mundo, sino que a él lo obligaron a ser hombre porque desde niño lo vistieron con pijamas azules, le dieron carritos, lo obligaron a hablar grueso, a jugar fútbol, entonces toda la sociedad, los papás, la escuela, toda la sociedad lo obligó a él a ser hombre. Quienes quieran creer eso, nosotros lo respetamos, pero la mayoría de colombianos tenemos claro, y en especial los cristianos, cómo vinimos a este mundo y tenemos claro que nuestra identidad sexual no es obligación ni es por un manejo que nos hayan dado. Es porque Dios nos mandó al mundo como hombre y mujer.”  

Así, aunque no resulta fácil rastrear el contenido de la noción de ideología de género (pues en realidad cambia constantemente según quién lo usa y en qué contexto), es evidente cómo la mayoría de veces se usa simplemente para destacar los supuestos peligros que implica desnaturalizar el género y la sexualidad en contra de los designios divinos, y, porque pone en duda el lugar que se supone que debemos ocupar socialmente, en razón de las cualidades que poseemos “naturalmente”: nosotras para cosas como la maternidad y el cuidado, y ellos -supuestamente- para el trabajo pesado, y ocupar los lugares de poder.  

Por eso, la ideología de género se usa más para reproducir y reafirmar un esquema de vida incapaz de permitir que las personas se escapen de la heterosexualidad obligatoria y del binarismo sexual, que para oponerse a un discurso que suele atribuirse a ciertas corrientes de pensamiento. 

En este sentido, protestas como la de Brasil o sucesos como los que se han vivido en Colombia en función del temor expansivo frente a la ideología de género merecen toda nuestra preocupación.  

¿Es «tolerable» permitir que se sigan expandiendo estos discursos? Lo que han mostrado las experiencias recientes, es que las consecuencias de este tipo de protestas han sido nefastas en muchos niveles y están contribuyendo a consolidar políticas estatales regresivas en materia de derechos, así como a incentivar una cultura de odio y estigmatización.  

No hablamos entonces de un discurso cualquiera, no se trata solo de un pequeño grupo de personas con ideas inofensivas. Se trata de unas ideas cuyas consecuencias materiales son violentas.  

Aunque personas como Ángela Hernández dicen tolerar las ideas de quienes no creen en la sexualidad y el género como un designio de Dios, lo que sucede en la práctica es que se oponen a brindar garantías que permitan que todas las personas, sin importar sus decisiones en relación con sus cuerpos y su forma de vivir su sexualidad, puedan vivir dignamente.  

Por eso, esta perspectiva de “tolerancia”, en realidad no tiene nada que ver con ésta, porque lo único que se reivindica es el desencuentro entre las otras personas, y porque no existe disposición alguna a dialogar y compartir las perspectivas propias con las y los otros.  

Al final, lo que dice ese discurso -aparentemente respetuoso de la diversidad de opiniones- es que no pensamos negociar nuestra visión del mundo y que no estamos dispuestas/os a compartirlo con las/os demás, es decir, que no les toleramos. Por eso se ha vuelto legítimo organizarse en función de señalar a una persona (como Butler), de convertirla en objeto de odio y de querer acallar su voz y la de cualquier persona que esté dispuesta a defender sus ideas.  

Por supuesto que considerar que los roles tradicionalmente asignados a mujeres y hombres no son naturales hace que éstos dejen de ser obligatorios y permite que pensemos en otras posibilidades de vida para todas las personas, más aún, para quienes no se sienten identificadas/os en la estrechez del binarismo sexual y de género. Por eso, no es aceptable un discurso que ni siquiera proviene de los textos que dice criticar. Mucho menos cuando ataca nuestras posibilidades de ser y realizarnos como personas. Al contrario, es necesario hallar otras maneras de encontrarnos y de resolver estas situaciones.  

Detrás de la desnaturalización de los roles sexuales y de género, de la defensa de la diversidad, de los derechos de las mujeres y de todas las personas para disponer de sus cuerpos o de la búsqueda de poder ser de otras maneras, no se esconde nada distinto a la posibilidad de realizarnos sin que ello nos deba costar la vida, nuestra voz, nuestra integridad o nuestra posibilidad de circular libremente en lo público. Mucho menos en razón de ese disparate maniqueo de la ideología de género.   

  1. Aquí me parece también valioso recordar el trabajo de Anne Fausto-Sterling, pues sus reflexiones también abren una interesante crítica al binarismo sexual desde un lugar muy distinto pero que muestra igualmente que no hay nada de natural en que existan solo machos y hembras en una misma especie. Esa concepción ha resultado entre otras cosas en la patologización de la intersexualidad.
  2. Esto sucedió tras un mandato impuesto por la Corte Constitucional alrededor de la diversidad sexual y de género, luego del lamentable suicidio de Sergio Urrego, un estudiante de un colegio privado en la ciudad de Bogotá.