Susana Barradas

* Susana Barradas

Doctora en Psicología de la Universidad de los Andes, Colombia. Psicóloga y Magíster en Psicología de la Salud de la Universidad de Lisboa, Portugal. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del grupo de investigación EpiAndes de la Universidad de los Andes. Sus intereses de investigación son la Psicología de la Salud, la Salud Pública, la Promoción de la Salud y los Estudios sobre pobreza y desigualdades en salud

En días pasados, el concurso de belleza de Miss Perú se transformó en un escenario político. En el momento del concurso en el que típicamente las participantes anunciaban al público las medidas de su cuerpo, cada una de ellas fue pasando al micrófono y dando las cifras de las diferentes violencias hacía las mujeres y niñas en su país. “Mi nombre es Karen Cueto y mis medidas son: 82 feminicidios y 156 tentativas en lo que va del año”, dijo una de ellas.

Lo que ocurrió fue importante, muestra de ello fue que nadie quedó indiferente y tanto las señales de apoyo como las críticas no se hicieron esperar. Seguramente el asunto no es tan sencillo como tildar de buena o de mala la iniciativa, sin considerar el contexto y algunas discusiones que cobran relevancia sobre el tema.

Es cierto que estos concursos son un fiel transmisor de creencias sexistas y de estereotipos de género. Son, además, propulsores de una estética idealizada que no nos representa a la mayoría de las mujeres alrededor del mundo, y han sido complacientes con la objetivación de la mujer que, lo sabemos, resulta siendo una semilla para las desigualdades, las asimetrías y las inequidades de género, todas ellas causas estructurales de las violencias en contra de la mujer. En todo esto estamos de acuerdo, yo tampoco apoyo los concursos de belleza, los cuales, pienso, sirven menos para entretener que para generar unos arquetipos equivocados de feminidad que legitiman y entrañan ejercicios de poder y dominación.

Considerando lo anterior, la discusión en estos días ha versado sobre la poca credibilidad que tendrían esos concursos y las mujeres que en él participan para hablar sobre temas de género, en particular sobre las violencias de género y los feminicidios. Así, por ejemplo, se ha afirmado que las concursantes fueron partícipes de una estrategia de marketing para reposicionar al concurso en la opinión pública -lo cual puede ser cierto-, estrategia de la cual “posiblemente no eran conscientes”. Acá quisiera centrarme más en las mujeres participantes, que en el certamen en sí, o en las motivaciones de sus organizadores. En primer lugar, sugerir que las candidatas “no eran conscientes” surte el efecto contrario, que es el de la reafirmación de unas expectativas de rol de género donde la mujer figura como pasiva y contemplativa, incapaz de asir con criterio, elegir o actuar. Por otra parte, decirle a las reinas de belleza que, por ser reinas de belleza, no son una voz autorizada para denunciar las violencias de género y los feminicidios nos coloca ante una discusión sobre la legitimidad discursiva y el sujeto político del feminismo, que pienso valdría la pena revisar.

Judith Butler ha venido dando la discusión sobre quién es ese sujeto del feminismo y sobre cuáles serían los lenguajes capaces de representar los intereses de las mujeres, y así visibilizarlas1. La autora menciona que la construcción de una política emancipadora no se hace necesariamente más efectiva partiendo de la categoría de “las mujeres” como sujeto político del feminismo, ya que es el poder mismo el que antepone las condiciones de posibilidad de la existencia de dicha categoría, legitimándola y limitándola al mismo tiempo1. Por otra parte, si bien la categoría referida recoge una identidad de grupo, así como unas demandas particulares de representación, no podría afirmarse que existe un acuerdo claro sobre lo que la misma es o debería ser, y se termina cayendo en la “falacia del sujeto mítico y universalizante”2. La realidad deja claro que las mujeres, lejos de ser un sujeto homogéneo, pertenecen a muchas otras categorizaciones sociales (ej., clase, raza, etnia, orientación sexual, creencia religiosa, entre otras)2 que se entrecruzan y sugieren la existencia de lugares de enunciación diversos, experiencias y configuraciones subjetivas complejas, así como múltiples posibilidades de acción política. El sujeto del feminismo no es, por lo tanto, un sujeto ahistórico y neutral, sino que el reconocimiento y la crítica a las estructuras de poder, siempre tienen un carácter situado (cultural, social e históricamente, por mencionar algunos). Así, cualquier discurso de representación siempre estará encarnado en unas circunstancias particulares y, por lo tanto, siempre se verá desbordado en sus posibilidades. Frente a esto, Butler afirma que “la división en el seno del feminismo y la oposición paradójica a él por parte de las «mujeres» a quienes dice representar muestran los limites necesarios de las políticas de identidad. La noción de que el feminismo puede encontrar una representación más extensa de un sujeto que el mismo feminismo construye tiene como consecuencia irónica que los objetivos feministas podrían frustrarse si no tienen en cuenta los poderes constitutivos de lo que afirman representar”1 (p. 51).

En el caso de las reinas, pienso que su lugar de enunciación propio no tiene por que invalidar las posibilidades de reflexión y de participación en un proceso emancipador. Siguiendo a Butler, sería un error afirmar que las posibilidades de representación sólo son posibles de ser concedidas a lo que pueda reconocerse previamente como sujeto, anteponiendo así los criterios de sujeto a la misma labor de representación1. Es decir, que el sujeto también se inventa y reinventa a través de la representación.

Para terminar, los mecanismos de los sistemas de dominación no siempre se nos presentan de manera clara y, en esa medida, tampoco lo son los procesos de emancipación. Creer que las muestras y gestos de activismo deben ser puras y transparentes termina esencializando al sujeto de la emancipación, restando posibilidades de actuación, impidiendo la necesaria articulación colectiva y creando además nuevas fronteras simbólicas y exclusiones.

 

  1. Butler, J. (2007). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.
  2. Casado, E. (1999). A vueltas con el sujeto del feminismo. Política y Sociedad, 30, 73-91.