El 25 de Noviembre es señalado como el Día internacional contra la violencia hacia las mujeres. Mucho antes de que la ONU lo reconociera como tal en 1999, fueron las feministas latinoamericanas reunidas en el primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (celebrado en 1981 en Bogotá), quienes propusieron esta fecha para conmemorar el asesinato de las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), dominicanas asesinadas este día de 1960 por su activa oposición al régimen del dictador Leónidas Trujillo.

Como mucho de lo que termina entrando al sistema institucional, esta celebración se ha ido haciendo cada vez más conocida y, al mismo tiempo, perdiendo parte de ese carácter político y feminista con el que empezó. En mi opinión, no es que esto le quite importancia. Es que le quita fuerza y profundidad.

Nos hemos acostumbrado a recibir durante este mes de Noviembre todo tipo de cifras de violencias contra las mujeres, cada cual más apabullante. Cifras que, sin embargo, pocas veces van acompañadas de un análisis crítico de las violencias culturales y estructurales que las mantienen, legitiman y promueven (en esa metáfora del iceberg que nombra el profesor e investigador noruego Johan Galtung en su “triángulo de las violencias”) y que nos podrían ayudar también a darnos cuenta de que no todas las mujeres vivimos las mismas violencias, ni en la misma intensidad y manera. Tampoco solemos recibir un análisis propositivo, donde se hable a la vez de las variadas, creativas y poderosas resistencias que existen en todo el mundo y que hacen frente a estas situaciones de violencia directa, cultural y estructural, mostrando una fotografía donde las mujeres seamos sujetas políticas y no sólo víctimas. Ambos “olvidos” no son inocentes.

La violencia contra las mujeres es una cuestión política y sistémica. En palabras de la teórica y activista feminista latinoamericana Rita Segato, “no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad” 1. Es decir, son actos obra de hijos sanos del patriarcado que, como descubre Segato en su estudio del caso de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, no solo están inscribiendo de forma directa en la víctima (y en el resto de mujeres indirectamente) un mensaje punitivo y moralizador, de control de sus cuerpos y sus vidas (que ella nombra “dimensión vertical de interlocución”) sino que están, al mismo tiempo, hablando horizontalmente con sus pares, con el resto de la hermandad viril que conforma la masculinidad hegemónica, pidiendo entrada, mostrando su estatus en ella o señalando su poder jerárquico sobre otros hombres.

Esta estructura de significado la podemos ver repetida en el uso del cuerpo de las mujeres como “campo de batalla” en los conflictos armados, así como en la utilización de la violencia sexual como arma de guerra; en las violaciones correctivas contra lesbianas; o en la tortura, desaparición y asesinato de lideresas sociales y políticas. Y, al mismo tiempo, se vislumbra en hechos como el de la violación múltiple sufrida por una chica en las fiestas de San Fermín del 2016, que ocupa la atención de la sociedad española actualmente.

Este caso muestra con claridad esas dos dimensiones de interlocución (a resaltar especialmente en la “dimensión horizontal” el chat donde se vanagloriaban ante otros hombres de las violencias cometidas) y le suman, además, una vuelta de tuerca más (que también se presupone y espera para las mujeres que sufren los otros tipos de violencias mencionados, especialmente si son sexuales): la derrota psicológica y moral de la misma. O, lo que es lo mismo, que la víctima -para serlo de verdad-, debe quedar rota, destruida, pasiva porque eso alarga el dominio y el control sobre ella más allá del hecho en sí. Traducido al infausto caso de San Fermín: una no debería volver a reír, ni viajar, ni seguir estudiando, ni quedar con amigas, ni tomarse una caña, ni tener relaciones sexuales. Segato nos recuerda que estas prácticas se relacionan más con la idea de colonización que de exterminio, colonización que, de nuevo, tiene lugar sobre los cuerpos de las mujeres como territorio a conquistar.

La politóloga francesa Chantal Mouffe2 ya nos advertía, por su parte, sobre el peligro actual de la pérdida del espacio de “lo político”, cada vez más externalizado, tecnificado e individualizado y sobre la urgencia de recuperarlo desde identidades colectivas en disenso y movilizando pasiones y afectos.

Es justamente ese lugar que el movimiento feminista internacional está luchando por recuperar, teniendo cada vez más claro que la rabia que despierta, que contagia y que mantiene la lucha es uno de nuestros principales motores de cambio. Esa rabia que organiza, sostiene y alienta tanto una manifestación de “un día para otro” de miles de personas en Madrid (España) contra la justicia patriarcal; como las estrategias jurídicas y de acompañamiento psicosocial y psicoespiritual en los casos de Atenco (México) y Sepur Zarco (Guatemala); o la campaña de la Tremenda Revoltosa Batucada Feminista “Conmuévete y muévete” contra los feminicidios y el asesinato de líderes y lideresas sociales en Colombia.

Así bien, aun cuando el 25 de Noviembre tiene cada vez más ese carácter institucionalizado, y aun cuando los distintos ejes de opresión nos querrían divididas y de una en una, es importante que sigamos gestando prácticas colectivas donde la apuesta por recuperar el espacio común de lo político sea una forma de resistencia que cuestione las violencias, a la vez que proponga transformaciones de fondo desde voces, miradas y experiencias propias, autónomas y creativas.

Angela Davis nos lo recuerda en su último libro: “Es en lo colectivo donde encontramos reservas de esperanza y optimismo”3. Desde este continuo surgimiento y fortalecimiento de nuevas formas de comunidad y de resistencia es que muchas planteamos cada 25 de Noviembre, sin perder de vista que -como dice la poeta Txus García4– de la rabia a la felicidad, sólo hay una batalla.


*Mar Maiques Díaz es Politóloga y pedagoga; Coordinadora del área de Sistematización e Investigación para la Paz de la Corporación Otra Escuela.

  1. Rita Laura Segato. La guerra contra las mujeres. Editorial Traficantes de sueños, 2016, pag 38.
  2. Conferencia dictada en Bogotá en Julio de 2015 titulada “Democracia y pasiones: enfoque para la resolución de conflictos”. https://youtu.be/jxDBI8Nq0C0
  3. Angela Davis. La libertad es una batalla constante. Ferguson, Palestina y los cimientos de un movimiento. Editorial Capitán Swing, 2017, pag 59.
  4. Txus García. “No deber a Vd.” Poesía para niñas bien. Tits is my bowl. Cangrejo Pistolero Ediciones, 2011.