Durante 10 semanas –la duración de un semestre en el sistema universitario británico-, en una de las clases del Human Rights Programme del London School of Economics –en el que actualmente estoy estudiando–, ninguna mujer ha alzado la voz para manifestarse, intervenir o hacerse notar. Hay más mujeres que hombres en la clase, muchas de ellas con una sólida formación en filosofía o en sociología, situación que, por el marco temático del programa, podría facilitar su participación. Más aún, después de que la falta de participación de las mujeres en la clase fuera abiertamente reconocida y discutida entre las personas que participaban del curso a mediados del trimestre, nada ha cambiado. Ningún cambio en la estructura del curso tuvo lugar; ninguna discusión abierta o una evaluación de la situación fue puesta en marcha; ningún sistema de cuotas o incentivos fue propuesto; Ni los profesores, ni la mayoría de estudiantes mostraron ningún descontento con la situación, ni hicieron un llamado para adelantar cualquier acción contra la misma.

Esto es particularmente notable en la medida en que estamos estudiando en uno de los centros de Derechos Humanos (DDHH) más renombrados a nivel mundial, con un fuerte énfasis en los derechos de las mujeres. Estudiamos los derechos de las mujeres alrededor de distintas perspectivas, desde lo consagrado en la CEDAW –la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer– hasta la Agenda de las Mujeres en Paz y Seguridad. El programa está lleno de presentaciones en seminarios que señalan la violación de los derechos de las mujeres en ciertas regiones del mundo, que incluyen descripciones minuciosas del momento en que las mujeres obtienen ciertos derechos y cuán lejos están todavía las mujeres de lograr la igualdad, a causa de la falta de garantías de esos derechos.

¿Cuál es el aprendizaje real de los “derechos de las mujeres” cuando a una mayoría de quienes los defienden no les importa que haya un grupo de mujeres que guarda completo silencio? ¿En qué consiste entonces la primacía de la defensa de los DDHH cuando entre nosotras mismas, autoproclamadas defensoras de derechos humanos, encontramos una renuencia alarmante para abordar la injusticia antes descrita, y menos aún para manifestar nuestros propios descontentos? ¿Qué es lo que esto revela sobre nuestra comprensión de los DDHH cuando la gente insiste en que una discusión sobre las dinámicas de un seminario podría exceder el alcance de y la responsabilidad del programa? ¿Qué dice esto sobre el enfoque de un reputado programa de DDHH cuando, de no haber una solución inmediata al alcance de la mano, el problema es despachado como si fuera incomprensible y, en consecuencia, menospreciado como si fuera intocable?

En mi opinión,  esta notable renuencia a evaluar críticamente la situación está, de algún modo, conectada con un fenómeno más amplio y, de hecho, muy frecuente en el discurso de los Derechos humanos, no sólo en este programa, sino también en una enorme cantidad de instituciones. Sin tener la intención de socavar el éxito relativo de quienes defienden los derechos humanos y de las campañas para prevenir la violación de ciertos derechos, es preciso tener en cuenta que, como bien lo anota Wendy Brown, cualquier campaña o discurso siempre produce efectos particulares: “El activismo de los Derechos Humanos es un proyecto moral-político, y si éste desplaza, compite, refuerza o rechaza otros proyectos políticos, incluyendo aquellos que apuntan a producir justicia. Así, no se trata simplemente de una táctica, sino de una forma particular de poder político que conlleva una imagen particular de justicia, lo cual es sumamente conveniente para inspeccionarlo, evaluarlo y juzgarlo como tal” (Brown (2004): 461).

El desarrollo histórico de la defensa de los derechos humanos y su manifestación parcial en la legislación internacional humanitaria es, de algún modo, una importante manifestación de una tradición del pensamiento liberal, en donde podríamos empezar incluso por Locke y Hobbes. Lo particular es que desde allí se conecta estrechamente la idea de “derechos” a la de la libertad individual y la seguridad. La protección de esos derechos ha sido acompañada con las exigencias de las actuales estructuras capitalistas, defendiendo la protección de la propiedad y manteniendo la atención lejos de la protección de los derechos colectivos de gobierno o de los derechos sociales que ponen límites a la liberalización sin restricción propia del mercado.

Cuando el discurso de los derechos humanos es empleado por actores locales, estados y activistas, este se acompaña con un halo de legitimidad que es esparcido con tal de que las resistencias en contra de las violaciones de DDHH sean justificadas. En la medida en que un discurso sobre “lo que es bueno y lo que es malo” sea fuertemente atado a la comprensión de los DDHH, las interpretaciones que pueden favorecer la justicia social o económica terminan siendo excluidas. En tanto que esta última comprensión requeriría una crítica estructural de aquellas relaciones que son legitimadas a través de la “existencia de una única práctica de la defensa de los DDHH”, su invisibilización juega entre las manos de aquellos que tienen intereses en mantener determinadas relaciones de poder.

Ahora bien, ¿cómo esto conecta con mi discusión inicial sobre la renuencia de la comunidad académica de abordar una estructura generizada en un contexto académico y de confrontarla críticamente? Yo creo que la naturaleza de esta reticencia está reflejada en las frecuentes expresiones de inconformidad de distintos estudiantes del programa, según las cuales ellos se sienten profundamente “desmoralizados” y “desilusionados” debido a las profunda crítica de los DDHH con la que nos comprometemos al interior de los seminarios. Esta entendible indignación de varios parece contradecir lo que aparentemente son sus expectativas con el programa –esto es, recibir una especie de caja de herramientas para la implementación de programas de defensa de DDHH–. El asunto es que no estamos siendo provistos con simples guías inocentes para la futura defensa de los DDHH. Todo esto también arroja luces sobre las trampas y los posibles efectos contraproducentes de un compromiso forjado en tal contexto formativo. En síntesis –¡y de eso se trata!– les parece que una mirada más profunda del enredo estructural que tienen los Derechos Humanos con distintas estructuras de poder implica sustraer su compromiso profesional con los DDHH desde una simple “bondad pura” o una presencia altruista.

Mi intención no es, de ningún modo, desestimar la práctica de los DDHH. Sin embargo, no podemos desconocer que el discurso hegemónico de los derechos humanos puede implicar claramente profundos daños a las necesidades más básicas de las personas. Por cuenta de ello, veo como una demanda de DDHH en sí misma la de integrar una práctica tal, que sea crítica y certera y que vaya a las estructuras de los problemas, siendo capaz de examinar no solamente lo que los DDHH previenen sino también lo que producen. Si los actos que violan los principios de DDHH establecidos a nivel internacional establecen abiertamente responsables, pero al mismo tiempo son legitimadas las estructuras de poder que permiten a alguien violar los derechos de los otros dentro de determinados sistemas de explotación, entonces la “benevolencia inherente” de los DDHH debe ser cuestionada dos veces.

Quiero terminar citando a Wendy Brown otra vez, en la medida en que enmarca acertadamente la relación que uno puede tener con los DDHH definiéndolos también como objeto de crítica:

“If the global problem today is defined as terrible human suffering consequent to limited individual rights against abusive state powers, then human rights may be the best tactic against this problem. But if it is diagnosed as the relatively unchecked globalization of capital, postcolonial political deformations, and superpower imperialism combining to disenfranchise peoples in many parts of the first, second, and third worlds from the prospects of self-governance to a degree historically unparalleled in modernity, other kinds of political projects, including other international justice projects, may offer a more appropriate and far-reaching remedy for injustice defined as suffering and as systematic disenfranchisement from collaborative self-governance (Brown (2004): 451-2)

Aunque no queremos igualar la estructura de género en nuestro seminario con las deformaciones que señala Brown, sí creo que son un ejemplo revelador en la escala más pequeña, pero más cercana a nosotros, del peligro del discurso de los derechos humanos para disfrazar el cambio estructural y la crítica sistémica.

 

Brown, Wendy (2004): “The Most We Can Hope For. . . “: Human Rights and the Politics of Fatalism

The South Atlantic Quarterly, Volume 103, Number 2/3, , pp. 461-463, Duke University System