Sabios de todos los tiempos (hinduistas, budistas, taoístas, cristianos, filósofos, etc.) han llamado la atención sobre la “ilusión de separación absoluta”: asumir que los seres humanos son materia desconectada de los demás seres, de la naturaleza, del cosmos. En la época moderna, esta ilusión tomó una dimensión ontológica dualista (sujeto/objeto, mente/cuerpo, naturaleza/cultura, yo/otros, etc.) que se centró desde Descartes y Bacon en la pregunta por conocer el objeto externo (o el propio yo desde la objetividad) para lograr finalmente su manipulación. La ontología dualista desatendió la pregunta ontológica fundamental: ¿qué es el ser?, o, en otras palabras, ¿qué hay?, ¿quiénes somos?, ¿cuál es el sentido del ser?

Martin Heidegger denominó a esta actitud moderna, “el olvido de la pregunta por el sentido del ser”, que llevó a respuestas metafísicas que cerraron la discusión: lo que hay son creaciones divinas que el “hombre debe señorear” o lo que hay son objetos, cosas, de las que la ciencia se encargará, antes o después, de desentrañar sus misterios o, lo que hay es incognoscible, etc. Ludwig Wittgenstein llamó la atención sobre los “juegos del lenguaje” de diferentes “formas de vida” que van más allá de la pretensión universal de objetividad. Ch. S. Peirce, señaló el desplazamiento desde la verdad como adecuación entre lenguaje y referente a su comprensión práctica en relación con las necesidades y la acción humanas. Todos mostraron sugerentes caminos para desestabilizar las distintas variaciones de la ontología dualista.

En las últimas décadas, investigaciones en varios campos de las “ciencias humanas” (incluso, de las “ciencias naturales”) en torno a los pueblos originarios amerindios (y otros pueblos ancestrales en el mundo), han logrado mostrar que en sus comunidades la “ilusión de separación absoluta”, no existe: animales, vegetales, ríos, montañas, espíritus, ancestros, son seres, con los cuales tenemos una profunda interconexión. Este viraje en la comprensión de lo que hay, que algunos han denominado “giro ontológico”, es fundamental, entre otras razones, porque sólo podemos cuidar de aquello con lo cual sentimos una conexión; cuando la tierra es vista como depósito de recursos naturales ─no como madre, por ejemplo─ basta definir cuáles son los métodos menos nocivos para su explotación. Así, llevamos siglos de guerras por recursos energéticos, de saqueo y destrucción inmisericorde con fines capitalistas de nuestra “casa común” (como la llama el Papa Francisco). El asunto no es secundario: en palabras de F. Nietzsche, día a día, crece el desierto.

Siguiendo las implicaciones de una nueva sociedad que incluye seres humanos y no-humanos podemos empezar a abrirnos a otras ontologías que no se basen únicamente en la cognición, sino en las prácticas, en la enacción con lo que hay, que construyen mundos, como diría el neurobiólogo chileno Francisco Varela. Ontologías-otras basadas en la relacionalidad, no en la separación, que nos permitan comprender otros mundos y, en especial, que nos permitan conocer nuestro propio mundo occidental. Desde esta forma de aproximarse a la manera como otros pueblos comprenden el cosmos y lo habitan, desde el “uni-verso” al “pluri-verso”, que desplaza el foco de análisis de las “formas culturales” (antes leídas como míticas o pre-modernas) a las “formas ontológicas” se empieza, lentamente, a abrir un horizonte para revisar el edificio teórico de las ciencias y, en especial, para replantearnos nuevas formas de vida, de espiritualidad, de ética, de política, de economía, de estética, etc.

Un ejemplo son los múltiples proyectos del Buen Vivir/Vivir Bien (cosmocéntricos, posextractivistas, transdesarrollistas, etc.) que se erigen como una de las principales contrapropuestas no-violentas a los proyectos extractivistas desarrollistas (neoliberales y socialistas). El “Buen Vivir”, en esencia, contempla una nueva forma de comprensión ontológica basada en la relacionalidad que nos permitiría re-habitar, no destructivamente, nuestra casa común. Nuevos horizontes empiezan lentamente a abrirse para permitirnos contemplar inéditos caminos de transformación.