Andrea Barrera

* Andrea Barrera

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias

Hace un par de días estaba discutiendo con un grupo de personas sobre el enfoque de género, en particular, sobre su implementación por parte de las instituciones estatales y en las políticas públicas. Una de las personas que asistía al espacio, un hombre joven, tomó la palabra en un momento para decir que él no estaba de acuerdo con el enfoque de género porque no veía dónde estaban las diferencias entre hombres y mujeres o entre personas heterosexuales y homosexuales. Para él, si bien es cierto que las mujeres no tenemos acceso a ciertos derechos en el país, es igualmente cierto que los hombres tampoco tienen acceso a esos derechos; por ejemplo, si las mujeres son las principales víctimas de crímenes sexuales en el marco del conflicto armado o de violencia “intrafamiliar”, no se puede desconocer -apuntaba él- que la violencia sexual también se ejerció contra los hombres con ocasión del conflicto armado y que a los hombres también se los golpea en su casa y que son sus esposas o compañeras permanentes quienes los golpean.

Su posición generó descontento entre muchas de las personas que estábamos en el espacio, pero también generó aceptación en otras, quienes además consideraban que el hombre tenía razón en asegurar que, finalmente, este tipo de enfoques en las instituciones públicas terminan por producir situaciones poco significativas y bien molestas. Por ejemplo, que las mujeres sean atendidas primero en las filas de atención al ciudadano (menos mal las ciudadanas podemos hacer fila), si bien tanto hombres como mujeres necesitan ser atendidos y -según sea el caso- pueden estar haciendo fila “hombro a hombro” desde la madrugada.

No quiero discutir en este texto sobre lo problemático de tener que hacer filas de horas y horas para poder exigir derechos fundamentales (como el de la salud, por solo poner un ejemplo), ni tampoco si dejar que las mujeres pasen primero en la fila constituye un avance o un retroceso (y habría que ver hasta dónde eso pasa). Lo que sí quiero es mostrar la importancia de la “implementación” (¡que tanta falta le está haciendo a este país por estos días!) del enfoque de género en las instituciones del Estado, a propósito de un caso que salió hace un par de días en prensa. (Aún con lo problemático que esto resulta como forma de despolitización de algunas de las reivindicaciones de los movimientos feministas, no me ocuparé de ello en este texto).

En días pasados, el periodista de El Espectador, Juan David Laverde Palma, publicó una nota a propósito de un fallo proferido por la Corte Suprema de Justicia en mayo de 2009, cuyo ponente fue el magistrado José Leonidas Bustos. Según explica el periodista, el siguiente fallo fue encontrado en medio de la investigación por el llamado “Cartel de la toga”, en el que el magistrado Bustos aparece presuntamente implicado. El resumen del caso es el siguiente:

En 2008 la Corte recibe un caso, fallado por un juez de la República y confirmado por el Tribunal de Bogotá, en el que se condenaba a 150 meses de prisión a un hombre por los delitos de acceso carnal violento, en concurso con actos sexuales abusivos y hurto calificado. Esos delitos le fueron imputados porque -según la versión de las víctimas y lo que establecieron las autoridades- él y otros cuatro hombres abordaron una madrugada a dos mujeres que se dirigían a la casa de una de ellas después de estar en un bar. Los cinco hombres rodearon a las mujeres y le comenzaron a tocar las nalgas de una de ellas. Lo hicieron en dos ocasiones, por lo que la víctima les reclamó. Paso seguido, los hombres empezaron a intimidar -aún más- a las dos mujeres. Ellas cambiaron de rumbo, pero los hombres las siguieron hasta un parque donde las empujaron contra una pared y las robaron. En ese momento, cuatro de los hombres huyeron pero uno de ellos decidió quedarse y amenazó a las mujeres de muerte, diciéndole que las iba a “chuzar” a menos que una de ellas le practicara una felación, que la otra se deje tocar los senos. Entre tanto obligó a la primera mujer a bajarse el pantalón para penetrarla. En ese momento, la segunda mujer pudo alertar a otro hombre que pasaba por el sector y con quien buscó ayuda. Enseguida llegó un grupo de taxistas que auxiliaron a las mujeres y retuvieron al agresor hasta la llegada de la policía.

Como ya mencioné, por estos hechos de clara agresión y violencia sexual, el hombre fue condenado en primera y en segunda instancia. Oh sorpresa, cuando descubrimos al leer la nota de periodística de Laverde Palma que en 2009, más o menos dos años después de ocurridos los hechos, que la (¿honorable?) Corte Suprema de Justicia absolvió al agresor. Pero la sorpresa es solo el inicio de un descubrimiento que produce hasta escalofrío: ¿cuáles fueron las razones y los argumentos de los magistrados -seis en total- que votaron a favor de la absolución del hombre? El supuesto consentimiento, derivado de la falta de oposición de las mujeres que  -según la opinión de estos magistrados- constituían una prueba de la autodeterminación sexual de estas dos mujeres, a pesar de las circunstancias en las que se dio el hecho. El artículo pone de presente la oposición de dos magistrados y una magistrada que votaron contra en fallo absolutorio y expone las reacciones de algunos abogados y de académicos y académicas que encuentran absurda e inaceptable esta decisión.

Más allá del asco que me produjo la noticia, me llamó particularmente la atención por el argumento del consentimiento. Cuestión que creo es particularmente interesante por las implicaciones y las consecuencias que tiene en las vidas de las mujeres, en nuestras vidas. Consentir, aparentemente, es no oponerse, no “oponer resistencia”. Al parecer, si yo no quiero que un completo desconocido (o que un conocido, como ocurre casi siempre) me viole, debo “defenderme” con uñas y dientes (claro, porque tampoco me voy a defender tanto como para matarlo, porque eso sí que sería un crimen, un crimen desproporcionado porque “él sólo habría querido violarme, nada más que eso”). Si hay toques, si hay amenazas, si hay golpes, si hay más amenazas, presuntamente las mujeres debemos decir “¡no!” y correr, correr a toda, si es necesario morder a nuestro agresor, darle una patada en las huevas (¡ah!, pero de pronto estamos en una posición en la que es difícil dar el patadón, “¡no!, ¡siempre se debe resistir así una no se pueda mover!”).

Porque a menos que hagamos todo lo que debemos, estamos consintiendo. Al fin y al cabo, parece ser que para “decidir” aceptar sólo basta con callar el “no” definitivo e incluso si no se calla, si se dice “no, no quiero”, hace falta defenderse, huir, si es necesario arriesgar la propia vida, porque de lo contrario, algo de voluntad debe estar rondando la mente de esa persona, de esa mujer que, seguramente, en el fondo y aunque no lo quiera reconocer, sí estaba aceptando lo que le estaba pasando, hasta lo estaba queriendo.

Para ilustrarlo mejor con las palabras de quien defendió al hombre absuelto y cuyos “argumentos” (¡patriarcales!) fueron tenidos y valorados por la Corte para declarar la absolución: “Una mujer que va a ser accedida carnalmente entra en llanto, angustia, rabia, desesperación y hace lo imposible para evitar que se consuma tal hecho, y su reacción es más vehemente cuando no está sola enfrentando una situación de esta naturaleza. Es absurdo sostener que no hubo consentimiento en el presente caso, si tenemos en cuenta que se trataba de dos jóvenes adultas, cuyas edades son de 18 y 20 años, que no se hallaban en condiciones de inferioridad frente al supuesto agresor”

¡Gracias al señor abogado por decirnos, por darnos un manual sobre cómo comportarnos cuando nos violen! Ya sabemos, si nos van a violar, ¡cuidado! Primero lloramos, sin llanto no hay violación; luego nos angustiamos (y que quede muy en claro nuestra angustia: gritos, patadas, no tanta que nos lleve a desmayarnos porque eso nos haría consentir, así estemos inconscientes, pero ante una violación y según esta forma de pensar, no se puede estar inconsciente); después sienta mucha rabia, no deje de insultarlo (¡¿y qué importa si el tipo la quiere matar?! Sumercé grite, insúltelo, trate de ponerse modo Myke Tyson y arránquele una oreja) y desespérese, no, no, no se desespere porque en medio de la desesperación puede que no sepa cómo reaccionar, cómo huir, cómo defenderse, desespérese pero no mucho, un poquito, pero eso sí, muéstrese muy desesperada.

Muchas cosas hay de increíbles en este caso y en los alegatos del abogado, del agresor y de los magistrados que les dieron la razón; muchas razones para sentirnos asqueadas y atónitas y llenas de razones para reclamar justicia con las mujeres en este país en el cual quienes “imparten” justicia están llenos de prejuicios, privilegios de clase desde los cuales juzgan y crean una justicia acomodada y que funciona tan mal que tenemos a magistrados en la cárcel, a fiscales anticorrupción esperando a ser extraditados para que no los maten en este país y puedan guardar silencio para no implicar a nadie más. Por no mencionar sino alguno de los muchos ejemplos que nos muestran que la Justicia en Colombia, de “justicia” tiene más bien poco.

Ahora, frente a lo del consentimiento, solo un par de cosas: consentir, según esta lógica, es no oponerse. La pregunta es: ¿cómo nos debemos oponer? Se supone que tras haber sido robadas, aún más, después de haber sido enseñadas toda la vida a ser sumisas, delicadas, temerosas, de repente debemos actuar como “actuaría un hombre” (¿y cuál hombre?; ¿en cuál circunstancia?) para no consentir. Porque si no hacemos lo que supuestamente haría un hombre (seguramente correr como Usain Bolt, encarnar a Jackie Chan, portarnos como “varoncitos con los pantalones bien puestos”), si no nos oponemos con todas nuestras fuerzas (¿y de dónde se supone que tenemos que sacar las fuerzas?), básicamente estamos más que de acuerdo (y casi que a gusto) con la violación.

¿Qué es entonces consentir? ¿Qué es dar el consentimiento para que algo, una violación, una situación de abuso físico y/o psicológico ocurra? Parece que para muchas personas en nuestra sociedad, el consentimiento es igual a la resignación, a la imposibilidad de hacer algo. Porque parece que ante las situaciones de violencia contra las mujeres, todas nosotras debemos asumir una actitud en la que olvidamos exactamente qué posiciones ocupamos en este mundo: se nos debe olvidar que casi todas vamos a experimentar o hemos experimentado una o varias situaciones de acoso; debemos olvidar que nos matan casi a diario y que nos matan, sobre todo, quienes supuestamente nos aman; debemos olvidarnos que (ahí sí es cierto) en cualquier esquina medio sola, medio oscura, nos pueden violar; debemos olvidar que cualquier tipo nos puede manosear y restregarnos el pipí con la excusa de que el Transmilenio estaba muy lleno; debemos olvidarnos que una sociedad como la colombiana, misógina y patriarcal (y racista y clasista), se ejercen violencias contra las mujeres todos los días, en todos los rincones del país. En esas circunstancias, tenemos que hacer como si nada de eso existiera, como si nada de eso nos hubiera calado entre los huesos, porque lo que se espera de una mujer en esos momentos “es que llore, se defienda, que se desespere y huya”. ¡Ah! Y si acaso la violación llega a ocurrir, como nos lo muestra el caso de la mujer española violada por cinco hombres en San Fermín, esa mujer debe sumirse en la depresión, debe asegurarse de que en adelante su vida sea triste, miserable, oscura.

Para terminar, como bien dice una gran autora feminista que se ha ocupado del asunto: “ceder no es consentir”. Y que quede bien claro. Ceder en situaciones en las que es prácticamente imposible resistir, huir, defendernos, no es consentir. Porque eso que abogados como el que defendió al agresor del caso que salió en El Espectador, llama consentimiento, es una forma de defender sus intereses de clase como hombre, con todos sus privilegios, con toda su violencia; es una forma perfecta para decir que sí, es posible que a las mueres las violen, las asesinen, las asedien, las acosen, las maltraten, las violenten todo el tiempo, “pero en parte es su culpa”, “en el fondo lo quieren”, “si no, si no les gustara, algo harían”. La cuestión es que algo hacemos, todas resistimos de una u otra manera, y eso que hacemos no es precisamente consentir.

 

Ni el paso del tiempo, ni el temor con el que nos quieren callar y gobernar, van a arrebatarnos la certeza de la alegría y del amor. ¡Fuerza! ¡Fuerza como siempre! Que aquí afuera no estamos completxs. Nos faltan sus ideas, sus energías, sus sueños, nos faltan ustedes. Y les seguimos esperando con todo nuestro amor. ¡Libertad para lxs prisionerxs políticxs!