Leopoldo Múnera

* Leopoldo Múnera

Abogado de la Universidad del Rosario, magíster en Filosofía del Derecho de la Universidad de Roma y de Desarrollo Económico y Social de la Universidad Católica de Lovaina. Doctor en Ciencia Política de la misma institución. Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia, coordinador del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea y miembro del CriDis (Centre de recherches interdisciplinaires Démocratie, Institutions, Subjectivité) de la Universidad Católica de Lovaina y del Programa Interdisciplinario de Políticas Educativas de la Universidad Nacional de Colombia (PIPE-UN)

El homicidio no es una tortura. Matar a una persona no es lo mismo que causarle dolores o sufrimientos graves para obtener un testimonio o una confesión. Esta es una verdad de Perogrullo; algo obvio que se afirma como una sentencia. No obstante, para la convivencia social en el mundo contemporáneo resulta tan inaceptable, ética y jurídicamente, la tortura como el homicidio. La gravedad del segundo delito no desvirtúa la infamia del primero.

Violar a una persona no es acosarla sexualmente. El acceso carnal violento no es lo mismo que perseguir, hostigar o asediar física o verbalmente, con fines sexuales no consentidos, a otra persona, valiéndose de “la superioridad manifiesta o de relaciones de autoridad o de poder, edad, sexo, posición laboral, social, familiar o económica” (artículo 29 de la Ley 1257 de 2008). Esta es otra verdad de Perogrullo. La gravedad de la violación no desvirtúa la infamia del acoso sexual, como la gravedad del homicidio no desvirtúa la infamia de la tortura.

Asimismo, la infamia del acoso sexual no banaliza la violación, como la infamia de la tortura no banaliza el homicidio. Denunciar a una persona por los acosos cometidos como medios para obtener fines sexuales forzados no vuelve insustancial un acceso carnal violento. Por el contrario, sugerir que cuando se está en una posición de superioridad dentro de relaciones de poder, el hostigamiento o el asedio físico o verbal con fines sexuales es un acto común, propio de la vida amorosa y sexual de los seres humanos, constituye una clara banalización y justificación del acoso sexual, particularmente dentro de una cultura patriarcal y machista como la nuestra.

“Proponer un masaje”, “coger una rodilla por debajo de la mesa”, “tratar de dar un beso en la boca sin haber sido invitado”, puede ser algo trivial, cuando no implica un abuso de poder. Pero si el acto es realizado por una persona que aprovecha su posición dominante como jefe, sacerdote, presidente de la república, personaje nacional, productor de una película, profesor de un colegio o de una universidad, o simplemente hombre en una cultura machista, la conducta se convierte en una infamia y en un delito. Uso en este comentario los sustantivos genéricos masculinos y neutros para no desviarlo hacia una discusión lingüística interminable y necesaria.

Antonio Caballero banaliza el acoso sexual, pues lo transforma en una simple propuesta o en el devaneo de un hombre rico que se volvió presidente de los Estados Unidos. También, porque considera que “hay que estar muy enfermo o ser muy idiota” para exaltarse por los acosos sexuales de hombres poderosos, trivializados en su artículo con habilidad retórica. Las personas que han sido acosadas sexualmente en Colombia deben estar indignadas con estas banalizaciones y los acosadores deben estar de plácemes, pues al fin encontraron un defensor público de renombre.

La crudeza de Caballero no reside en las frases usadas en su artículo, la cuales solo harían sonrojar a un mozalbete de los años cuarenta del siglo pasado: “agarrar por el coño”, dar “un descarado manotazo en el coño”, “hacerse chupar” o “pellizcar una teta”. Hoy en día, la evocación de este lenguaje escolar arcaico, a mitad de camino entre España y América Latina, únicamente escandaliza a los beatos y las beatas que aún se persignan al oír una grosería. La crudeza del texto de Caballero radica en el desparpajo patriarcal y machista con el que fue escrito. Los acosadores justificados son hombres, las acosadas ridiculizadas, mujeres. La referencia al feminismo, un simple recurso demagógico.

El machismo, como el clasismo, el racismo o el antropocentrismo adormece la sensibilidad, libera los prejuicios y nubla cualquier tipo de inteligencia.


*Comentario al artículo “Acoso” de Antonio Caballero, publicado en Semana, edición 1859.