Sebastián Espinosa

* Sebastián Espinosa

Integrante del grupo de investigación en teoría política contemporánea (Teopoco).Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de la maestría en urbanismo en la misma universidad.Estudiante de filosofía de la Universidad Javeriana. Cumbiero

Varias de las reflexiones de los feminismos territoriales y  de la ecología política feminista, muestran que existen diferencias de género, de clase y de raza en las experiencias de la naturaleza1. Basta ver qué tipo de poblaciones viven cerca de basureros, ríos contaminados y zonas denominadas de “alto riesgo” para tener una noción situada de estas experiencias. Por otra parte, la mayoría de las veces, distintos medios de comunicación denominan “calamidades públicas” y “desastres naturales” a las inundaciones, desbordamientos, sismos, derrumbes, sequías, etc., que afectan a estas poblaciones, cuya posición en los sistemas de género, clase y raza son las más desfavorables; nunca se establece claramente que lejos de constituir situaciones “de la naturaleza”, bajo las cuales los terremotos o los derrumbes son formas en las cuales las naturaleza “destruye a la sociedad”, este tipo de eventos, junto con sus representaciones, evidencian las relaciones  de poder que atraviesan la construcción de lo naturalsocial. En otras palabras, los llamados “desastres naturales” podrían ser comprendidos como una forma en la que lo social se hace con lo natural en el marco de distintas posiciones de género, raza, clase y edad.

Es evidente, entonces, que las relaciones entre ambiente y sociedad, o las relaciones de lo que podría denominarse naturacultura, se encuentran mediadas por distintos lugares y posiciones de raza,  clase,  género y  edad. Sin embargo, para no seguir utilizando raza, género y clase como categorías inmóviles o estáticas, señalo algunos ejemplos en los cuales, bajo múltiples registros, se dan este conjunto de tensiones con ocasión de las relaciones naturales-sociales.

I.

De los 198 muertos del terremoto ocurrido en Ciudad de México este año, 127 fueron mujeres, mientras que 71 fueron hombres, ¿qué explica esto? Las razones, que para algunos medios no tenían otra explicación que el número de población en las zonas afectadas, han sido analizadas bajo otro tipo de óptica desde el feminismo. Es necesario reconocer y pensar en torno a la asignación histórica de las mujeres a los trabajos de cuidado de la casa, de los hijos, de los adultos mayores, entendiendo la desigualdad estructural en las posiciones que ocupan las mujeres en la sociedad con respecto a los hombres en el marco de la construcción generizada y racializada de las ciudades. En el caso específico de un terremoto, resulta más probable, y no por casualidad, que las mujeres y los adultos mayores resulten más afectadas. Estar más horas en la casa, en la cocina, salir a trabajar pero tener que volver a la casa a cuidar a los niños, volver a salir y volver a la casa a recoger a los adultos mayores constituyen formas de habitar que ponen en mayor riesgo siempre a las mujeres.

De otra parte, las representaciones de esos lugares que ocupan las mujeres en la organización social – en este caso de la sociedad mexicana – han sido imagindas como espacios en donde pueden realizar tareas “aptas para ellas” o tareas que van de acuerdo a sus capacidades naturales: cuidar los hijos, cocinar, lavar, limpiar; por tanto, ha sido cuestión de dios y de la naturaleza que hayan muerto más mujeres que hombres en esta denominada tragedia. Este es un ejemplo que evidencia que nunca se reconocen los lugares de privilegio o dominación que se ejercen en las prácticas más concretas de habitar la ciudad; desde el sentido común habitar un baño, una cocina o una habitación en tanto lugares de trabajo, no son objeto de reflexión, son formas naturales en las que  se organiza el paisaje de la vivienda.

II.

Muy  ligado al ejemplo anterior, en casi la totalidad de los derrumbes, desbordamientos, temblores, avalanchas, etc., que se registran en el país resultan afectadas cierto tipo de poblaciones. Por mencionar algunos de los más recientes acontecimientos de Colombia – ni siquiera los más graves de los últimos tiempos – tanto en Viillarrica, Tolima, como en Algeciras, Huila2, las características de las poblaciones afectadas es su ubicación periférica, la pobreza y en ciertas ocasiones su raza. Pese a que parece ser una tautología señalar que este tipo de acontecimientos afectan a estas poblaciones, resulta necesario acabar con las suposiciones, pues en el sentido común “todos somos vulnerables a cualquier desastre natural”. Como observamos en los ejemplos casi diarios de estos casos en el país, la mayoría de afectados son pobres, pero resulta ser, además, que la mayoría de estos, son mujeres. Por otro lado, pese a que la mayoría de las afectadas casi siempre son mujeres, como señala la profesora D. Ojeda, la mayoría de los bienes afectado están titulados a nombre de hombres, cuestión que determina quiénes pueden tener acceso a formas asistencia o compensación por parte de la institución de gobierno competente3 .

Pese a esto, ante la significación de “desastre natural” que se le otorga a cualquier movimiento de la tierra, del agua, desbordamiento de río,  no es evidente aún que las muertes de hombres y en mayor número de mujeres, no son ocasionadas por la naturaleza o por la providencia, sino por la forma y estructura desigual de la relación naturaleza-sociedad en la que las mediaciones de género operan a diario.

III.

Otro de los temas en los cuales se naturalizan los lugares y posiciones desiguales de género y raza, han sido las discusiones en torno al cambio climático. La pregunta, sin mencionar todo el contexto de sugerencias y políticas para combatirlo es: ¿por qué algunas de las recomendaciones para reducir el cambio climático recaen sobre el cuerpo de las mujeres?

Veamos esto de forma detallada. Por un lado, los procesos asociados a la prevención del cambio climático provocan un incremento en las desigualdades ambientales y sociales. Esto es claro cuando las políticas públicas, los programas y los proyectos de prevención se dirigen hacia sujetos particulares y no sobre grandes empresas transnacionales. Por otro lado, las acciones sobre el cambio climático, como señala la profesora A. Ulloa, privilegian programas y políticas en el marco de “países desarrollados”, que deberían incidir posteriormente en países “en desarrollo”; cuestión que desconoce las formas específicas como se territorializan conflictos asociados al desarrollo en países de frontera o periféricos en el sistema internacional4. Fuera de estos dos elementos, existen un conjunto de recomendaciones que hacen parte de políticas globales, desarrolladas en cumbres y encuentros internacionales, que tratan el tema del cambio climático realizando cierto tipo de apropiación sobre el cuerpo de las mujeres. Por ejemplo: ¿por qué una forma de prevención del cambio climático de alto impacto es tener menos hijos?5  Primero, ¿es realmente el incremento de humanos el causante del cambio climático? Seguramente no, pero las recomendaciones cada vez son más comunes: desde el control del embarazo o de la posibilidad de tener hijo o no,  hasta recomendaciones como que las mujeres no deberían aprender a manejar, pues además de que no son “aptas” para tal actividad, esto puede reducir el incremento en el uso de carros6.

Finalmente, como señalan Ojeda y Ulloa, puede observarse que la mayoría de las recomendaciones para prevenir el cambio climático se dirigen a los lugares asignados históricamente a las mujeres: la casa, el hogar, el cuidado y los servicios. Apagar los bombillos, cerrar la llave, no tener hijos, no manejar, dejar de consumir tantos productos: ¿no son este tipo de recomendaciones un tipo específico de política sobre el cuerpo de las mujeres?

IV.

Existe, como se viene señalando, una disposición y organización espacial de los cuerpos. Aquí no solo se dirigen políticas específicas hacia mujeres, sino que la intervención y la explotación de la naturaleza, constituyen una de las formas más violentas por medio de las cuales se reproducen las desigualdades de género y de raza en nuestro país. En el caso de la minería extractiva,  al tiempo que se privilegian los cuerpos masculinos, las mujeres, indígenas y demás grupos son asignados a lugares específicos de la producción o reproducción del espacio minero.  Las mujeres son incluidas en las actividades mineras, pero su trabajo es invisibilizado o dispuesto para actividades asociadas a lo femenino, por ejemplo, ocupando labores de limpieza, alimentación o de bienestar laboral7. Pero, por otro lado, las mujeres son asignadas al trabajo sexual y sus cuerpos son apropiados en enclaves de prostitución o violentados y acosados por la comunidad minera. Además, la violencia también se dirige a otro tipo de cuerpos: los cuerpos de hombres con masculinidades no hegemónicas, por ejemplo, en algunas comunidades indígenas, son feminizados e igualmente abuzados y explotados. Ni qué decir de las mujeres indígenas que habitan estos espacios.

 

  1. Dianne Rocheleau, Barbara Thomas-Slaytery Esther wangari. Género y ambiente: una perspectiva de la ecología política feminista. En Ecología política feminista. Flacso, 2011
  2. https://noticias.caracoltv.com/colombia/puentes-y-viviendas-arrasadas-y-cultivos-destruidos-dejo-avalancha-en-algeciras-huila
  3. Cfr. Diana Ojeda, Género, naturaleza y política: Los estudios sobre género y medio ambiente. HALAC. Belo Horizonte, volumen I, numero 1, setiembre 2011 – febrero 2012, p. 55-73
  4. Astrid Ulloa, Dinámicas ambientales y extractivas en el siglo XXI: ¿es la época del Antropoceno o del Capitaloceno en Latinoamérica? Desacatos 54, mayo-agosto 2017, pp. 58-73
  5. http://web.zocalo.com.mx/new_site/articulo/no-tener-hijos-para-acabar-con-cambio-climatico
  6. https://elpais.com/elpais/2017/07/11/ciencia/1499785338_169682.html
  7. Ulloa Feminismos territoriales en América Latina: defensas de la vida frente a los extractivismos 2016; p. 129