El pasado domingo 19 de noviembre se realizaron las elecciones presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales en Chile. Antes de que estas tomaran curso, encuestas y análisis políticos de distinta índole concordaban, de manera prácticamente rotunda, que los resultados serían aproximadamente los siguientes: el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, obtendría un triunfo indiscutido superando con facilidad el 40% de los votos; el candidato de la centro-izquierda (que incluye al Partido Comunista de Chile), Alejandro Guillier, tendría dificultades para obtener el 30%; finalmente, el resto de los candidatos difícilmente obtendrían resultados sobre el 10%. A la luz de estas predicciones, los resultados que en efecto se obtuvieron causaron gran sorpresa: Piñera obtuvo un 36%; su par de la derecha fascista, José Antonio Kast, obtuvo el 8%; la centro-izquierda 22%; y la izquierda emergente del Frente Amplio –un símil a Podemos de España, guardando las diferencias– sorprendió a todos con un 20%.

Ante estos resultados, muchas han sido las reacciones. No obstante, llaman particularmente la atención aquellas provenientes de la izquierda, tano chilena e internacional, las cuales han estado repletas de declaraciones grandilocuentes que ven en la victoria del Frente Amplio, que además del 20% de los votos en las elecciones presidenciales obtuvo 20 asientos en el Congreso, una clara manifestación de que tanto el consenso neoliberal chileno, como la estructura partidaria que lo ha sostenido desde el retorno a la democracia, tiene los días contados.

Como Centro de Investigación Fragua, consideramos que estos análisis están lejos de ser acertados, por una serie de razones que discutiremos más abajo, pero también que es necesario preguntarse qué tan cierta es la noción, dominante en la izquierda, de que cuando avanza el progresismo también avanza el pueblo.

El Frente Amplio como Expresión de la Descomposición del Movimiento Popular y Obrero

El Frente Amplio está constituido por 14 fuerzas políticas, tanto partidos como movimientos. En su página web se describen como “las familias chilenas, mujeres y hombres de distintas edades y orígenes que compartimos un mismo sueño: cambiar Chile. Trabajamos para recuperar nuestras vidas, nuestra educación, salud, vejez, vivienda y los recursos naturales de quienes hoy lucran con nuestros derechos”. A su vez pretenden ser “una alternativa al duopolio conformado por la derecha y la Nueva Mayoría” que sea “capaz de actuar con total independencia del poder empresarial”1.

Tales anhelos resultan problemáticos cuando se toma en cuenta la situación de la lucha de clases en Chile. Y es que las clases dominantes chilenas son fuertes. Los capitalistas están aglutinados en la Confederación para la Producción y el Comercio (CPC), la cual integra a los sectores industrial, agrícola, minero, comercial, de la construcción y bancario desde 1979, año en que se integra este último sector. Desde aquel entonces, la CPC no ha mostrado ápices de quebrarse y ha logrado desarrollar múltiples mecanismos para resolver las tensiones tanto inter-sectoriales como entre las empresas de distinto tamaño en su interior. A su vez, el empresariado ha sido un fuerte sustento de la Concertación y de la Alianza por Chile, cuestión que ha quedado al descubierto con las formas corruptas de financiamiento de campañas y de tráfico de influencias. Por su parte, estas fuerzas políticas se han coordinado tanto dentro como fuera del Estado para mantener una política de los acuerdos por más de dos décadas, funcionando como un gran partido neoliberal. Si bien hoy pareciera que existe un fraccionamiento de este gran partido, los actuales cambios pueden ser leídos como la construcción de nuevos mecanismos de coordinación una vez los anteriores han perdido su eficacia.

En ese sentido, la autonomía del empresariado y de sus fuerzas políticas no es un anhelo que se realice solo alejándose de su financiamiento directo y del lobby, sino que es una capacidad que solo es factible con acumulación de poder propio. De hecho, la misma incorporación del Frente Amplio al sistema político puede ser visto como la pérdida de tal independencia: no solo cabría esperar que sus organizaciones se especialicen en los juegos parlamentarios y electorales, en desmedro de la construcción de poder popular, sino que también están siendo integrados a los grupos de poder a través de los mecanismos del sistema político formal.

La contracara de la fortaleza de las clases dominantes chilenas es la debilidad actual del movimiento popular. La dictadura cívico-militar destruyó la acumulación de poder popular y obrero experimentada hasta el golpe de Estado de 1973: se asesinó a sus cuadros políticos, se destruyó su organicidad –partidos, sindicatos, organizaciones territoriales, etc.– y se aterrorizó al pueblo. Las incipientes organizaciones construidas en los 70’ y desplegadas tras la crisis económica de 1982, con intensas y masivas protestas nacionales que se extendieron entre 1983 y 1986, se disolvieron y fueron reorientadas con la transición liderada con la Concertación. El saldo resultó ser una bajísima acumulación orgánica e ideológica del pueblo, que lo ha sumido en una descomposición de la cual aún no podemos salir, donde “las familias chilenas” como agregado, como masa votante y que puede ser convocada en movilizaciones callejeras de tanto en tanto, difícilmente puede acumular poder si es que no se organiza y si es que no construye una orientación ideológica que quiebre con el liberalismo reinante.

En estas condiciones, las elecciones chilenas marcan la consolidación de la tendencia de fuerzas políticas de izquierda que rechazan la posibilidad de un protagonismo popular. Lo rechazan, en primer lugar, porque si bien en el discurso plantean que “las familias chilenas” son las llamadas a ser protagonistas del cambio social, lo hacen en un contexto en el cual, actualmente, estas no cuentan con las capacidades acumuladas necesarias para hacerlo. Y lo rechazan, en segundo lugar, porque su parlamentarización los lleva a acumular poder en el Estado y a especializar sus organizaciones en la lucha parlamentaria y las negociaciones con las clases dominantes, en desmedro del trabajo territorial, la organización de base y la acumulación de una ideología con la capacidad de disputar la hegemonía liberal del capital.

Construyendo Protagonismo Popular

Como alternativa al progresismo, en Chile existen incipientes organizaciones que apuntan a la construcción de poder popular y obrero con autonomía del Estado y de las clases capitalistas, en el marco de una estrategia de recomposición del movimiento popular y con un horizonte socialista. Son organizaciones construidas desde las luchas cotidianas del pueblo en las poblaciones, en las escuelas, en las universidades, en el trabajo, en la Araucanía, en los municipios, entre otros territorios. Es dentro de este marco de construcción que en el Centro de Investigación Fragua orientamos nuestro análisis.

A la luz de las dos tendencias estructurales observadas en la realidad chilena, la fortaleza de las clases dominantes y la debilidad actual del movimiento popular, la estrategia política que guía nuestra lucha en este período es la reconstrucción del movimiento popular. Esta reconstrucción la entendemos tanto a nivel orgánico y de tejido social, como a nivel ideológico. Por otro lado, la táctica global que promovemos es la táctica territorial, es decir, la construcción de poder popular que permita al pueblo lograr mayor control de los distintos territorios en que habita, así como también potenciar nuestras capacidades de acción. Al respecto consideramos necesaria una articulación desde las luchas cotidianas y las preocupaciones más profundas del pueblo, donde este sea protagonista de sus propios procesos.

Esto no implica desechar a priori las elecciones ni mucho menos negar toda participación en el Estado. Más bien lo entendemos como una necesidad para que cualquier posible táctica electoralista pueda ser aprovechada efectivamente por el pueblo. Y si por algún motivo fuese necesaria una participación en elecciones parlamentarias, presidenciales o del tipo que sea, proponemos que dicha participación sea evaluada en función de los réditos que otorga para la estrategia de reconstrucción del movimiento popular y obrero.

 

Centro de Investigación Fragua: Matías Jaramillo, Sebastián Link, Marcela Quero, Alejandra Solar y Lidia Yáñez.

  1. http://frente-amplio.cl/quienes-somos