Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

En este artículo argumento que la creciente transformación de los Estados Unidos de América en un estado fascista es la consecuencia de responder con un “anticapitalismo romántico” (Iyko Day) a la desigualdad y el des-empoderamiento que el neoliberalismo reproduce, bajo la lógica actual del “capitalismo comunicativo” (Jodi Dean). Basado principalmente en el trabajo de Iyko Day, dicha respuesta se caracteriza por la mala representación (“misrepresentación”) de la desigualdad estructural que la acumulación del capital genera, como si ésta fuera el resultado de la racializada antinomia entre la maldad de lo abstracto —personificado por la gente de color— y la justicia de lo concreto —personificado por la gente blanca—. Más allá de Day, considero que dicha antinomia, en el contexto neoliberal actual, pluraliza el racializado sujeto político sobre el que desata su violencia, extendiendo su geografía, e integrando la violencia misma en el proceso de acumulación.

“[La diferenciación] social es una forma de destrucción abstracta anclada en la ideología del anticapitalismo romántico del colonialismo de asentamiento”

(todas las traducciones son de mi autoría, Iyko Day 2016, 10)

 

La elección de Donald Trump a la Presidencia de los EUA es un evento sintomático, si bien irreducible, de la aceleración en la transformación del estado estadounidense en un estado fascista. Este proceso se caracteriza por la consolidación de la ideología nacionalista e imperialista blanca y hetero-patriarcal que acompaña la intensificación de las relaciones entre el estado y el capital durante la formación del estado corporativo. Dicho proceso culmina con la destrucción del espacio público, el ataque a todas las formas democráticas del poder social, y la agravación de la desigualdad a lo largo de todos los vectores de diferencia (ver los trabajos clásicos de Neumann [1942], Arendt [1951] y el reciente artículo de Haro y Coles 2017). En mi concepto, en la actual coyuntura neoliberal, el fascismo estadounidense difiere de la forma clásica en el modo en que vincula lo que Iyko Day (2016, 8) denomina el “anticapitalismo romántico” y lo que Jodi Dean (2017, 39) define como el “capitalismo comunicativo.”

Day (2016, 8) define el anticapitalismo romántico como la “mala representación de la apariencia de las relaciones capitalistas por su esencia, una mala representación que surge de la noción marxista del fetiche.” En  primer lugar, dicha mala representación (“misrepresentación”) concibe la oposición entre lo concreto y lo abstracto como si se tratara de una antinomia entre dos sectores de la sociedad. En segundo lugar, en ella se “[glorifica] la dimensión concreta al mismo tiempo en que se construye como maldad la dominación abstracta del capitalismo” (mi traducción, Day 2016, 11). Interesada en comprender el proceso histórico que llevaría al racializado sujeto asiático a personificar la maldad del capitalismo en la contemporánea América del Norte, Day hace un rastreo histórico de dicha racialización a partir de dos lógicas que se configuraron durante la formación histórica del colonialismo de asentamiento: la lógica de eliminación, que estructura la violencia del colono contra el pueblo originario con miras a expropiarle de su tierra; y la lógica de exclusión, que estructura la relación entre el colono y la mano de obra doblemente alienada, que si bien no constituye una fuerza de trabajo originaria al territorio, tampoco ocupa la posición del colono, pues es dicha exclusión la que garantiza la híper-explotación de su trabajo.1 Habiendo caracterizado la racialización del sujeto asiático como un caso de exclusión, Day esclarece la más sofisticada forma que dicha lógica adquiere durante el multiculturalismo neoliberal, en donde el abaratamiento de la mano de obra doblemente alienada ya no recurre al flagrante racismo del “peligro amarillo” que tiene su extremo en los campos de internamiento de los Estados Unidos durante la década de los cuarenta, sino que recurre a la más soterrada valorización de la diferencia que presenta al sujeto asiático como la “minoría modelo.” A diferencia de la doblemente alienada fuerza de trabajo afro-estadounidense, cuya exclusión social es fundamentalmente doméstica, la exclusión social de la fuerza de trabajo asiática se materializa al exterior del estado, o en la frontera. Es dicha valorización neoliberal del sujeto asiático como la “minoría modelo,” sin embargo, la que le permite a Day identificar a la gente asiática de hoy ocupando la posición racializada que la gente judía ocupó durante la Alemania Nazi. Y así como la segregación del pueblo judío al sector financiero facilitó su asociación con el dinero y la maldad de la abstracción durante la hegemonía del nazismo en Alemania, así también la revalorización neoliberal de la gente asiática como “trabajador eficiente” facilita su selección a la hora de personificar ese mal en la Norteamérica contemporánea.

Es mi argumento en este artículo que la racialización de dicha mala representación (“misrepresntación”) de la antinomia capitalista entre lo abstracto y lo concreto, por medio de la cual la gente de color es forzada a personificar la maldad de la abstracción para que la gente blanca pueda encarnar la realidad de lo concreto—posiciones respectivamente ocupadas por la gente judía y la gente aria durante la forma clásica del fascismo—se nutre de la multiculturalidad que el neoliberalismo suscribe para pluralizar el depositario de su violencia. Por un lado, la histórica anti-negritud de la supremacía blanca que somete a la gente negra a una muerte social, mediante la construcción del complejo industrial carcelario, la brutalidad policial, y el nuevo sistema de segregación que la criminalización de la negritud recrea ya no solo afecta a la gente negra sino que pluraliza la víctima de sus sistemas, si bien es cierto que la gente negra sigue siendo la principal víctima. También resulta diversificada la mano de obra doblemente alienada cuya exclusión se materializa en el exterior o en la frontera, después de todo, la inclusión excluyente de la gente asiática mediante la asimilación de la “minoría modelo” no elimina la “abaratada mano de obra” que encuentra su reemplazo racista en la construcción simbólica del Mexicano—o de la/el latinx, o hispanx—sujeta a políticas de inmigración más agresivas fuera del territorio estadounidense, y a formas de vigilancia y punición más radicales. Estas medidas incluyen los desiguales acuerdos de libre comercio, la guerra, la construcción de muros fronterizos, la militarización de la frontera y la creación de un sistema carcelario paralelo, los mal llamados centros de detención, en donde se encierra a la gente que migra sin documentos con el agravante de que dichos prisioneros no cuentan siquiera con los derechos acordados a los prisioneros, pues se trata de “detenciones administrativas”. Más compleja es la maldad que la gente musulmana es forzada a significar, mal representada como completamente exterior al capitalismo, en una ideología blanca imperialista que somete sus pueblos a una guerra sin límites bajo la construcción ideológica de la amenaza terrorista, que incluye su encarcelamiento en campos desterritorializados—como es el caso de Guantánamo—y a la prohibición de viaje. Así pues, el anticapitalismo romántico se nutre de la diversidad que el multiculturalismo neoliberal suscribe para extender el espectro de su violencia racista y las diferencias a partir de las cuales romantiza la justicia de lo concreto que el nacionalismo blanco ahora encarna.

La consecuencia de dicha diversificación racial es la más fluida e intercambiable implementación de ambas lógicas de violencia eliminatoria y excluyente contra diferentes fuerzas de trabajo no blancas. Más importante aún es la inscripción de ambas lógicas de eliminación y exclusión en la lógica misma de la acumulación del capital, más allá del valor instrumental de dicha violencia a la hora de recrear las condiciones que garantizan la expansión de la propiedad privada blanca sobre la base de la apropiación forzada del territorio indígena y la explotación del trabajo doblemente alienado. Esta transformación de la violencia en directa fuerza económica de acumulación, lo que Marx (1976, 916) analizó con ocasión de la “acumulación originaria del capital,” adquiere dimensiones insospechadas en lo que Naomi Klein (2007) ha denominado la “doctrina del shock” del capitalismo de desastre. El globalizado complejo industrial militar, que incluye una plétora de aparatos represivos, punitivos, y de vigilancia del estado y del para-estado, resulta subsumido en la lógica acumulativa de la corporación. Así pues, la acumulación del capital se nutre directamente de la multiplicación del sujeto racializado que alimenta la fantasía de una amenaza social a la pureza del nacionalismo blanco, romantizado en esta ideología como la “real” víctima no ya del capitalismo, sino de un ficticio estado de bienestar que busca injustamente regular la circulación del capital para beneficiar al que no lo merece.

Y es esta ideología la que me lleva a un análisis del otro concepto que caracteriza el fascismo estadounidense: el del capitalismo comunicativo. Dean define el capitalismo comunicativo como una “forma económico-ideológica en la que la reflexividad captura la creatividad y la resistencia” al transformar el valor de uso de las facultades cognitivas y afectivas del trabajador en valor de cambio. En esta economía informacional, dicha transformación implica un desplazamiento del acento en el contenido del “mensaje” hacia la forma de la “contribución”, desplazamiento que tiene por efecto una declinación en la capacidad del lenguaje y de las imágenes para significar más allá de un muy limitado contexto, ya que lo que tiene precedencia bajo el neoliberalismo no es el “contenido” sino la propia “lógica circulatoria de la comunicación” (Dean 2017, 40). El capitalismo comunicativo registra, a nivel simbólico, el cambio cualitativo entre una lógica que se preocupa por los objetos de valor, hacia una lógica que se preocupa por el valor mismo como objeto. A nivel ideológico, se trata del paso del intercambiable contenido racista, homo/trans-fóbico y sexista que el discurso blanco nacionalista circula, para poner énfasis en la vacuidad misma de la circulación de su ideología como espectáculo. Es en este contexto que las “noticias falsas” (fake news) y los “hechos alternativos” (alternative facts), por no hablar de la compulsión del presidente al tweet, o la espectacularización mediática de la elección presidencial como un “reality-show” para el consumo doméstico, significan un cambio cualitativo en la mediatización fascista del poder ejecutivo.

A diferencia del fascismo clásico, en donde el estado aún funciona como un espacio relativamente autónomo para que el capital corporativo maneje los asuntos comunes de la élite bajo la construcción mediática e ideológica de una amenaza racial que la unifique, el fascismo contemporáneo que el actual gobierno estadounidense representa ya no requiere de la ilusión que dicha autonomía relativa proporciona, pero tampoco de la homogeneidad que dicha amenaza racial garantiza. El estado no solo resulta subsumido en la lógica acumulativa del capital corporativo, la diversidad racializada de la amenaza resulta subsumida en el consumo mismo del simulacro comercial. Indicadores de esta subsunción es la regresiva legislación que el Partido Republicano intenta pasar en el Congreso, y que incluye la designación directa del capital corporativo como directora de las instituciones públicas inicialmente diseñadas para mitigar los más nocivos efectos de su actividad extractiva. Es en este contexto que Marvin Odum, expresidente de la Shell, puede ser designado como el Jefe de la Oficina para la Recuperación de Houston, tras la devastación ecológica de la ciudad por el cambio climático; que Scott Pruitt, quién públicamente ha aseverado no creer en la necesidad de proteger el medio ambiente y niega la severidad del cambio climático, resulta designado como Secretario de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente; así sucede también con la designación de la opositora a la educación pública, Betsy DeVos, a la Secretaría de Educación; la designación del ex abogado de Verizon como Secretario de la Comisión Federal de Comunicación; o la designación del Presidente de la ExxonMobil Rex Tillerson como Secretario de Estado, por mencionar unos cuantos. Estas designaciones obviamente resultan acompañadas por la más destructiva legislación, que no solo busca destruir cualesquiera bienes públicos aún existen, sino garantizar que un futuro movimiento democrático no pueda revivir dichos bienes mediante la criminalización de su disidencia.

Como Dumm (2017, 48-51) bien lo señala, a diferencia del viejo modelo corporativo en donde la élite nacional aún “tenía cierto sentido de responsabilidad por la gobernanza del país y, en contra de sus propios intereses financieros, terminó apoyando el New Deal”, la nueva élite corporativa ocupa hoy las instituciones de gobernanza con miras “a convertir cualquier bien público que aún queda en riqueza privada.” En otras palabras, el actual fascismo estadounidense mercantiliza el estado no en el sentido de otorgarle a las grandes corporaciones del capital una indirecta facultad legislativa de hecho, sino mediante su capacidad de controlar quién ocupa las posiciones de poder a partir del financiamiento irrestricto de las campañas y de los partidos políticos, o la infraestructura de los lobbies y demás mecanismos anti-democráticos que aún mantienen la apariencia de una democracia. El nuevo fascismo mercantiliza el estado de manera directa, subsumiendo las instituciones públicas en la mega-máquina corporativa y en la lógica global de la acumulación del capital.

En este escenario neoliberal el capitalismo ya no es la causa estructural de la devastación ecológica y de la obscena desigualdad económica en la que vivimos, ni mucho menos de la erosión del poder democrático del pueblo. Todo lo contrario, el capitalismo es la solución de un problema que personifica los males del capitalismo a partir de una diversa ideología racista en la que los no-blancos figuran como los malvados abusadores de un ficticio estado de bienestar que transforma los merecedores blancos en las injustas víctimas de su abuso. Es en este contexto que la ideología fascista reemplaza el cuento de hadas neoliberal con el mito racista, que sigue siendo un cuento y uno que, a diferencia de su versión clásica, diversifica el depositario de su violencia. Esta diversificación extiende la economía de su violencia tanto a nivel subjetivo como a nivel geográfico, pero también la intensifica. Y aquí cabe recordar que Marx inauguró su crítica de aquel cuento de hadas mediante la exposición de la violencia que reside en el corazón de su fetichismo simbólico. En lugar del a-histórico y anestesiado cuento de hadas elaborado por la economía política clásica, según el cual la “acumulación originaria del capital” sería el resultado de diligentes, industriosos y responsables europeos enfrentados a “bribones perezosos” que despilfarraron su sustancia hasta “no tener otra cosa que vender que su propia piel” (Marx 1975, 874), Marx expone la real historia del capital, en donde la acumulación originaria del mismo resulta de la “conquista, la esclavitud, el robo, el asesinato, en breve, la fuerza”. Como Harvey (2003, 139-143) bien lo señala, dicha violencia no es un fenómeno del pasado, y debe pensarse como una forma paralela de acumulación por desposesión que no es ajena sino parte integral del movimiento del capital. Es esta violencia la que Day reconstruye bajo las dos lógicas de eliminación y exclusión del colonialismo de asentamiento, lógicas que convergen en la “doctrina del shock” del actual capitalismo de desastre. Lo que me interesa resaltar aquí es que la violencia material dirigida a las formas de trabajo racializado y sexualmente diferenciado se repiten a nivel simbólico. En otras palabras, la materialización del anticapitalismo romántico resulta en la reproducción del capitalismo comunicativo, repitiendo la eliminación y exclusión material mediante la borradura simbólica que garantiza la vacuidad de la circulación del mensaje para acentuar la circulación por la circulación misma. De ahí que Cynthia Weber subraye, en su excelente análisis de los primeros minutos de la presidencia de Trump, no solo el que su gabinete “colectivamente [encarnara] la visión homo/trans*fóbica, anti-negra, anti-musulmán, anti-mujeres, anti-ambientalista y pro-capitalista” (Weber 2017, 133), sino que dichas designaciones fueran sucedidas por la decisión del sitio de internet de la whitehouse.gov de eliminar la página dedicada a la discapacidad, a las poblaciones originarias, a los derechos civiles, a la comunidad LGBT, al cambio climático, entre muchas otras borraduras. La vacuidad de la circulación es el remanente de la borradura simbólica con la que el nacionalismo blanco reproduce a nivel comunicativo la violencia eliminatoria y excluyente que desata sobre las formas de trabajo racial y sexualmente diferenciadas.

En síntesis, el anticapitalismo romántico es el modo en que el fascismo contemporáneo organiza la vacuidad del capitalismo comunicativo, de tal suerte que: i) la desigualdad estructural ya no aparezca como un problema que deriva de la acumulación del capital y la transformación de los bienes públicos en propiedad privada mediante más intensas formas de subyugación del trabajo; ii) se vincule dicha falta de representación (“misrepresentación”) de la desigualdad social a la antinómica oposición entre la maldad de la abstracción y la justicia de lo concreto; iii) se diversifique la maldad abstracta ahora personificada por la gente negra, musulmana, asiática, latina, los pueblos originarios, etc., todos ellos sujetos a violencias intercambiables entre las lógicas de eliminación y de la exclusión que intensifican la devaluación de la vida al incluir la violencia misma en la lógica de la acumulación; iv) se reduzca la población capaz de encarnar la autenticidad de lo concreto, a aquella población “blanca, nacida en los Estados Unidos, anglo, cristiana, heteronormativa, cisnormativa, y corporalmente capacitada que ha sido preparada para respetar las formas masculinas del liderazgo autoritario blanco en lugar del ‘amañado’ proceso democrático” (Weber 2017, 132); y v) pueda así la intensificación de la acumulación capitalista, aparecer como la solución al problema que ella misma genera.

 

  1. Doblemente alienada es mi mejor intento por traducir el término “alien.” En el contexto del trabajo de Day, “alien” no se refiere simplemente al carácter migratorio del trabajo, sino que también hace referencia, por un lado, a la alienación del trabajo en el sentido estricto del término, pero también, por otro lado, al carácter forzado de la migración histórica. La insatisfacción de nombrar dicha posición subjetiva como “trabajo extranjero” o “trabajo alienado” me llevan a optar por “doblemente alienado” como la mejor forma de traducir el doble sentido de “alien” en este contexto.